9
Me teletransporto lo más lejos posible de la Corte de la Noche.
Cuando aparezco por las calles más céntricas de Plaguen mi vestimenta ha cambiado de nuevo.
Ya no hay rastro de la niebla o cualquier indicativo de que soy una de las brujas supervivientes del Aquelarre del Cuervo.
Nada que pueda delatarme como miembro de la Tríada que lidera los resquicios de la potencia militar del reino.
Al contrario, llevo puesta una camisa granate que realza mi escote y unos pantalones de cuero negro.
Estoy rodeando la Plaza de Ilythia, el punto en el que los distritos altos y bajos convergen entorno a la estatua de nuestra diosa.
Mis ojos están clavados en el cartel de madera adornado por una herradura de bronce.
El Corcel Chillón es un establo de monturas de alquiler conocido por tener los caballos mejor entrenados para rutas largas.
Con el puerto cerrado, y el ferri que comunica Plaguen con Torre Salamandra parado, no tengo otra opción de viaje.
Volar nunca ha sido una posibilidad, si quiero evitar que los extraños sepan de mi verdadera naturaleza, tengo que fingir que soy una vampira corriente.
Estoy a punto de entrar en el establecimiento cuando me percato de que Yleth Paquin está allí.
Solo nos separa una corta distancia delimitada por la propia estatua.
Está observando los diferentes tejidos que lleva entre sus manos cuando alza la mirada y se queda completamente perpleja.
Al igual que yo no esperaba encontrármela aquí, ella no se imaginaba ver a una bruja del aquelarre sin su hábito de oficio.
—¿Otra vez huyendo de tus responsabilidades? —Su lengua afilada no tarda en hacer uso de su mejor arma: el sarcasmo—. ¿No has aprendido nada en todo este tiempo?
—¿Puedes dejar de perseguirme? Me tienes harta.
—¿Yo? ¿Perseguirte a ti? ¿No será que sigues queriendo ser yo, no? —Se pone la mano en el pecho como si mis palabras le hubieran hecho algún tipo de daño.
—¿Quién iba a querer ser una bruja resignada al fracaso? ¿Ya te has cansado de ser la niñera de los stokers?
—¿Se supone que eso me ha tenido que ofender? Eres patética, Kathleen Strauss.
La ira me invade por dentro con cada segundo que paso junto a Yleth.
Tenerla cerca significa acrecentar la llama que ansía arder para calcinarlo todo.
Soy como un volcán que se sacude amenazando con entrar en erupción.
Lo peor de todo, es que necesito hacerlo, soltar todo este poder y darle la libertad que necesita.
—¿Enserio vas a atacarme? —Sus ojos azules se abren de par en par mientras sus pies dan un paso atrás.
—¿Yo? No, no mereces la…
Justo cuando pretendo acabar la frase la magia surge de los poros de mi piel.
Al principio es una sacudida, una brisa suave que juega con el rojo de mis rizos.
Pero luego se descontrola. De repente las puertas y las ventanas de las casas y negocios cercanos se cierran de golpe.
Mi brazo se estira solo mientras mis dedos señalan a Yleth con la esperanza de pedirla que se aleje, pero todo sale del revés.
Mi poder la empuja haciéndola volar por los aires a gran velocidad.
De un momento a otro impacta contra las manos en plegaria de la estatua de Illythia.
—¡Lo siento! —Estoy a punto de ir a ayudarla cuando algo me inmoviliza, un látigo de agua que rodea todo mi cuerpo—. Yleth, no quiero pelear. Te lo digo de verdad.
—¡¿Cómo te atreves a utilizar tus hechizos contra mí?!
Ella se incorpora ignorando la gravedad y levita hacia mí mientras su cabello salmón se agita imitando el movimiento de unos tentáculos.
Las primeras gotas de lluvia azotan la Plaza de Illythia trayendo consigo una tormenta que se centra solo en nosotras.
Observo el suelo seco a pocos metros de mí, por lo que entiendo que es la nolmancia de Yleth la que está haciendo todo esto.
—¡No quiero pelear! —grito, pero su látigo de agua se introduce por el interior de mi boca para enmudecerme.
Entonces me golpea, no utiliza hechizos para hacerlo, al contrario, me propina varios tortazos dejando que el sonido resuene en la inmensidad de la ciudad.
Si ella tenía algún tipo de frustración, ahora la está descargando conmigo.
Sus mejillas están ligeramente sonrojadas, me empieza a gritar, pero yo ya no puedo oírla.
La rabia de Yleth está provocando algo extraño en mi mente, está empujándola a un lugar desconocido, como si la magia quisiera decirme algo.
—Golpéame… más… fuerte —pronuncio entre tosidos.
—¡¿Qué?! ¡Estás loca! —Y parece que funciona, porque se lo toma como una provocación.
Su mano se rodea de un fino hechizo protector, un escudo de nolmancia con la capacidad de potenciar sus golpes. Cierro los ojos, me preparo para recibir el impacto y, justo antes de que pueda sentir el dolor, me abraza una visión:
El pasado acude a mí como un huracán atemporal y devastador. Las brujas madres están situadas en el centro de la sala de reuniones. No hay nadie que lleve la niebla por lo que podemos vernos las caras sin ningún tipo de problema.
La más alta es Anya, que lleva una trenza larga y dorada, y destaca por un rostro amable y redondeado. Es tan dulce que casi parece que nos va a sacar una horneada de galletas para todas las presentes.
Minrash, en cambio, es la de rasgos más afilados y expresión más seria, su mirada es un témpano de hielo y su moño oscuro parece estar peinado con barro y arcilla.
Por último, en medio de las dos, Daidra, de caderas anchas y baja estatura. Su cabello es azul brillante, tiene gafas grandes y redondeadas, y delata el continuo esfuerzo que está haciendo para no por perderse en la biblioteca y retomar la lectura de algunos de sus libros.
Todas son tan diferentes que sería impensable verlas trabajar en equipo, pero ahí están, liderando a más de veinte vampiras ignorantes de su verdadero potencial. Verlas de nuevo me acaricia el corazón, verlas vivas es un deseo que nunca se cumplirá:
—Tal y como comentamos ayer, hoy anunciaremos a las prefectas de cada bruja madre. —comenta Minrash, portavoz de nuestras líderes—. Os pediríamos que cuando seáis nombradas nos acompañéis a nuestros despachos para informaros del nuevo calendario de estudio.
—Que nervios, ¿verdad? —me susurra una versión más joven e inmadura de Yleth Paquin. Su mano se mantiene entrelazada con la mía.
—Tranquila, cielo. Te van a escoger, eres buenísima en el combate y tu alquimia es insuperable.
—La Kathleen del pasado se preocupa de apartar el cabello de la cara de su amiga—.
Ya verás cómo eres la primera en ser nombrada.
Las madres siempre han dicho que la magia te tiene un gran cometido reservado.
—No sé si quiero… —Su voz es un murmullo lleno de dudas—. Si nos eligen a una de las dos no nos veremos a menudo.
—Solo durante las horas de descanso. —Una sonrisa picaresca se dibuja en mi rostro. Me aseguro de que nadie me escuche para poder añadir—. Y si no siempre podemos huir a las calles de la ciudad. Conozco una posada que tiene el mejor vino.
—Sshhh, Kath… —se queja ella completamente sonrojada—. Nos van a escuchar. —Después me clava su mirada. Una cascada de color azul que amenaza con desbordarse si las emociones son demasiado fuertes—. Yo creo que renunciaría…
—Yo seguro que sí. Paso de tantas responsabilidades. —suspiro, envuelvo su mano con las mías y pronuncio decidida—. Si me escogen como prefecta te delegaré el cargo, prometido.
De repente se escucha el fuerte graznido de un cuervo. La Kathleen del pasado le mira extrañado, no, soy yo la que está siendo consciente de que ese animal nunca estuvo ahí.
Sus ojos centellean de un brillante color rojo mientras agita sus alas para llamar mi atención. La visión se desvanece como el vapor de agua.
—¿Qué es eso? —Yleth está a punto de golpearme de nuevo cuando señala la pluma que sale despedida desde mi bolsillo. Brilla más que antes, las constelaciones se han borrado para dar paso a una intensa luz morada —. ¿Qué estás escondiendo?
El poder recorre mi piel en forma de corriente eléctrica.
Deshago el látigo de agua que me mantenía presa, lo disipo con una suave chispa de mi fuego.
La bruja se queda perpleja al confirmar que no la he contrarrestado antes porque no he querido.
Estoy a punto de recoger la pluma cuando esta se fragmenta dando paso a un portal de gran tamaño.
—Esto no puede estar pasando… —Justo cuando me encuentro con sus ojos azules, el desconcierto se apodera de nosotras—. ¡Corre Yleth! ¡Corre!
Pero es demasiado tarde, el agujero mágico nos absorbe con tanta intensidad que no podemos hacer otra cosa que agarrarnos por inercia. Jamás me hubiera imaginado que la una recurriría a la otra cuando nos encontráramos en apuros.
—¡No me sueltes, Kath! ¡Por favor! —Me suplica dejando a un lado el sarcasmo y el orgullo.
—¡Nunca!