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Las horas pasan y no encuentro nada acerca de la pluma mágica.
Me mantengo sentada en el centro de la biblioteca mientras los libros vuelan de un lado a otro susurrándome la información que necesito.
La lectura mental es otro de los grandes talentos que nos enseñaron las brujas madres, el poder de leer sin necesidad de perder el tiempo en hacerlo.
Aunque es agotador y se pierde el placer de la lectura, para grandes búsquedas es de lo más eficaz.
Aunque yo escucho los susurros del papel, lo que se introduce bajo mi piel son las letras de tinta. Metros y metros de texto que van y vienen dándome la información que les exijo.
—Nada. —Unos se van colocando en sus estanterías mientras otros revolotean en mis manos, como si realmente estuvieran vivos—.
Nada…nada y nada… No puede ser así, tengo que estar haciendo algo mal.
—Miro a la pluma que levita frente a mí e intento encontrar alguna pista que me ayude a encontrar una respuesta—. ¿Qué ocultas, amiga mía?
Dejo que la biblioteca retome la normalidad antes de tomar la pluma entre mis manos y estudio las constelaciones que la magia pura ha dibujado en ella. El brillo morado se mueve constantemente, cuanto más tiempo la observo más hipnotizada me deja.
—¿Qué es lo que quieres de mí?
Me siento como una loca. Mis largos años de estudio me han llevado a la conclusión de que las cosas pasan por una razón, más que eso, los objetos mágicos aparecen delante de aquellas que pueden descifrarlos.
—¿Y si absorbo el poder?
Lentamente, y sin esperanza de que ocurra algo diferente, estiro mi dedo índice con la intención de alimentarme de la magia que fluye en el interior de la pluma.
De alguna manera es como si mi cuerpo pudiera respirar la esencia de las cosas místicas.
Así es como ocurre, poco a poco el brillo morado va atravesando los poros de mi piel, pero no ocurre nada, de nuevo en un callejón sin salida.
—Espera… —Siento un ligero picor en mi garganta. En el momento en el que muevo los labios para hablar la magia surge de ellos como el humo de un caldero en ebullición—. ¿Y ahora qué?
La esencia adquiere una forma gaseosa y completamente visible, empiezo a cantar sin decir realmente nada.
El humo se aglomera formando una nube llena de estrellas.
Es entonces cuando me doy cuenta de que las propias constelaciones forman un dibujo claro, una forma recta que apunta directamente al cielo.
—Torre Salamandra… —comento sin ningún tipo de duda, en el momento en el que lo hago, la pluma vuelve a absorber la magia a gran velocidad—. El sueño, el cuervo y ahora la pluma. ¿A dónde quieres llegar?
Dejo que mis pensamientos fluyan bajo la calidez de las termas interiores de la guarida.
Una estancia cuadrada llena de agua purificada con hierbas mágicas y hechizos de calor.
Estar desnuda, sola y relajada me ayuda a pensar.
Por mucho que quiera irme de Plaguen, no puedo marcharme sin más.
No así, no con el Aquelarre del Cuervo con más tareas de las que podemos completar.
La preocupación se apodera de mí cuando pienso que desaparecer puede ser un gran problema.
No puedo hacer lo que hizo Estevian Ilia, todo sería fácil si mi muerte fuera una mentira creíble, pero es complicado.
Estoy flotando sobre el agua, boca arriba, cuando escucho un suave murmullo en el interior de mi cabeza:
— Ya he vuelto. —La voz de Seylah me hace sonreír, ella tiene el poder de aparecer cuando más lo necesito—. ¿Vas a tardar mucho? Necesito quitarme el olor a campo.
— Puedes entrar conmigo, como en los viejos tiempos.
—¿Qué? No, ya no soy una niña.
—Maldita adolescencia… ya termino.
En cuanto salgo de las termas me encuentro a la más pequeña del aquelarre cubierta de ramas y hojas. Ella me agita la mano exigiendo que me mueva rápido para dejarla pasar. Descubro que tenía razón cuando percibo el aroma molesto de su niebla .
—¿Qué haces aquí? —pronuncio lejos de la telepatía.
—Cali y Edana me dijeron que volviera a Plaguen por si necesitabas ayuda, que ellas se encargaban de la reconstrucción de Makabria —Se sacude el barro de la túnica y se quita los botines.
—¿Has venido andando?
—Levitando.
—¿Por qué no has esperado al carruaje? Sabes que tenemos el privilegio de tener un cochero para el aquelarre, ¿verdad?
—Odio esos vehículos, me mareo y hacen que me sienta prisionera. —Antes de que podamos continuar la conversación ella se encierra en las termas y empieza a lavarse. Es ahí cuando su voz vuelve a sonar en mi cabeza—. Dime que tu día ha sido más divertido que el mío.
— La duquesa ha vuelto a abrir las peticiones del pueblo.
—¡¿Has estado visitando a gente por toda Plaguen?! —Y no sé si suena entusiasmada o asustada.
— Sí, de hecho, una de las familias va a necesitar de tu astalmancia en unos días.
—¿De verdad?
—Claro.
Seylah grita de emoción, de alguna manera le gusta sentirse valorada, como a todas nosotras.
Lo cierto es que no ha vuelto a explotar en luz solar desde que le di la pulsera rúnica, quizá ya no sea un peligro para la sociedad vampírica del Continente de la Banshee.
Una parte de mí quiere mantenerla encerrada, no para protegerla, si no para proteger al resto de ella.
Pero la otra, la otra parte de mi ser desea considerarla una miembro más del aquelarre, más que eso, quiero que sea feliz.
— Creo que podrías ser de mucha utilidad para las familias más necesitadas. ¿Te gustaría acudir en la siguiente visita?
—¡¿Lo dices enserio, Kath?! —De repente aparece frente a mí completamente desnuda y con los pelos cubriendo su rostro. No puedo evitar pegar un brinco, da verdadero miedo—. ¿Puedo ayudar a los demás?
—Dímelo tú ¿Vas a volver a explotar en luz solar?
—No, por Illythia que no. —Señala la pulsera de plata que se mantiene en su muñeca izquierda—. El grillete de poder me está ayudando mucho ¿No te acuerdas?
—Entonces mañana serás tú la que haga las peticiones.
—¡Gracias, hermana! —Se abalanza sobre mis brazos—. ¿Volverás a Makabria para avanzar con la reconstrucción?
Me quedo en silencio, la miro y sonrío con suavidad.
Sería mucho más fácil explicarle que me tengo que ir, que tengo cosas que hacer.
Pero el Aquelarre del Cuervo se caracteriza por la sinceridad y la transparencia entre sus miembros.
Si pretendo que Seylah no se sienta despreciada y con el mismo valor que el resto, tengo que confiar plenamente en ella.
—Ven, tengo una cosa que enseñarte.
Nos teletransportamos a la biblioteca, en el momento en el que lo hacemos nuestros cuerpos se recubren por la niebla vistiéndonos por completo. La humedad de nuestros cabellos ha desaparecido dando paso a los peinados más cómodos para nosotras.
—Encontré esto cayendo del cielo —Dejo que toque la pluma sin ningún tipo de temor.
—¡Cómo mola! Pero, ¿Qué es?
—No lo sé, pero mira. —Absorbo su magia pura y dejo que fluya por mi cuerpo hasta la garganta. Después sigo hablando y el humo vuelve a formar la misma imagen que me mostró—. Todo apunta a que las respuestas están en Torre Salamandra, había pensado en irme, pero no quería dejar al aquelarre tirado…
—No, no, no… tienes que ir Kath. Nosotras tres nos encargaremos del resto. —Me sorprende la madurez con la que afronta la situación—. Yo te acompañaría, pero Kiki se vuelve insoportable cuando me alejo mucho tiempo de ella.
—¿La gata? ¿Dónde está?
Intento encontrar al animal por algún lado, incluso miro al techo con la idea de que la mascota de Seylah haya aprendido a volar o algo por el estilo. Cuando se trata de ella me espero cualquier cosa.
—En la pecera ¿Dónde iba a estar? Si se piensa que esa es su casa.
Nos reímos con la complicidad de dos vampiras que han sido unidas por el destino.
El Aquelarre del Cuervo es algo más que la potencia militar más poderosa de la Corte de la Noche.
Es una familia y no hay nada que pueda romper el vínculo que nos une.
En lo profundo de mi corazón espero que aquellas, que desertaron cuando las brujas madres fueron asesinadas, regresen algún día extrañando el calor de sus hermanas.
—Nos veremos pronto. —Me despido de ella segura de que hago lo correcto—. Intenta no crecer más, por favor.
—No, gracias, estoy bien así. —Se jacta Seylah jugando con uno de sus mechones oscuros—. Te mantendré informada, Kath.
—No esperaba menos de ti.