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Presente
El trayecto se lleva a cabo en silencio, tanto la duquesa como yo nos mantenemos observando el gentío de las calles de nuestro hogar.
Plaguen vuelve a ser una luz en mitad de la noche eterna.
Los barrios altos han recuperado el glamur de sus prendas de alta costura.
A pesar de que se note la ausencia de algunos lores y ladies, en especial la afamada lady Angélika, eso no impide que vuelvan las invitaciones a las grandes fiestas.
Los barrios bajos, en cambio, tienen un aroma a pan recién horneado y comidas de cazuela.
La crisis del frenesí ha unido a la gente menos pudiente, aunque lo que hace sonreír a Amari es ver como los niños juegan sin la preocupación constante de sus padres.
—Es aquí. —comenta ella revisando el pedazo de papel que mantiene arrugado entre sus dedos—. La primera petición oficial para el Aquelarre del Cuervo.
La familia Conrad viven en una casa tan pequeña que consigue que los pasillos sean prácticamente inexistentes.
Rod, el padre, nos hace una reverencia instantes antes de invitarnos al interior de su hogar.
El olor a humedad es inevitable, cuanto más cerca estamos del puerto, más intenso es el perfume de la salina.
Hay tres platos usados sobre la mesa del salón, dos camas en la única habitación disponible y un pequeño altar a Illythia en una de las esquinas de la cocina.
—Antes de que mi mujer falleciera vendíamos nuestras hortalizas en el mercado, pero toda esta locura ha hecho que la tierra se eche a perder y los fertilizantes no sirvan para nada.
—explica él con la voz queda mientras nos conduce a la parte trasera—.
Esta era nuestra única fuente de ingresos y me temo que, sin el legado de mi familia, acabaremos sin recursos antes de la primavera.
Tal y como explica, los Conrad disponen de un jardín que cumple la funcionalidad de huerto.
Sin duda es mucho más grande que el tamaño de la casa, una gran estampa si realmente todo estuviera repleto de hortalizas nocturnas, pero no es así.
La tierra está levantada, los tallos secos y el olor a muerte es tan desagradable que ni siquiera hay animales robando los pocos tomates que ruedan por el suelo.
—Haremos lo que esté en nuestra mano, Rod —pronuncio con simpatía mientras él me suplica con la mirada.
—Quiero demostrarles a mis hijos que puedo sacarles adelante.
—No sé preocupe, todo saldrá bien. —La duquesa Amari le da una bolsa con monedas de oro—. Utilice esto para conseguir el alimento que necesite, del resto se encargarán las brujas.
Doy un paso al frente sin importar mancharme los botines de barro, extiendo mi mano y dejo que varias mariposas de fuego revoloteen por todo el jardín.
En cuanto entran en contacto con la mala hierba y los tallos secos se esfuman para empezar a arder.
El espectáculo es hermoso, agradable y esperanzador.
Antes de que las llamas se descontrolen me encargo de apagarlas.
Después llegan las figuras de sombras, una amalgama de manos de gran tamaño que se encargan de aplanar la tierra y crear los surcos necesarios para la nueva siembra.
—Gracias, gracias, de verdad —Rod se acerca a mí para agarrar mis manos y hacerme reverencias reiteradas.
—Ponga las semillas que tenga. —hablo animada, con el velo negro no puede verme sonreír, por ello tengo que transmitir todo a través de mi voz.
Meto una de mis manos en la bolsa que cuelga de mi hombro y saco una poción de purificación—.
Rocíe unas pocas gotas en la tierra durante tres días, luego vendrá mi hermana pequeña para acelerar el proceso de germinación con astalmancia.
—Gracias, gracias, …
En el rostro petrificado de la duquesa se dibuja una pequeña sonrisa, la sombra de lo que una vez fue. Ella me mira y asiente con la cabeza orgullosa, después me agita la mano para que continuemos.
Así es como transcurre el día, visitamos a diferentes familias para ayudarles en todo lo que sea posible.
Hay casos sencillos que se pueden tratar con diferentes pócimas, como los Aert que dicen tener a las ovejas enfermas, o los Cevián que no han podido evitar que la humedad eche a perder las telas de su sastrería.
Otros tienen que esperar a que lleguen mis hermanas, en especial la familia Brunter que necesitan la terapia de Calista para poder recuperar las ganas de seguir adelante.
Es entonces cuando ocurre, estamos saliendo de la última visita de la jornada cuando percibo una extraña sensación.
Amari se sube al carruaje con elegancia y, cuando me dispongo a seguirla, mis ojos se clavan en algo que cae del cielo.
Al principio no le doy demasiada importancia, es una pluma que bien podría pertenecer a algunas de las aves que habitan la noche eterna de Valhía.
Pero después me percato de que tiene cierto brillo morado, un color que delata el influjo de la magia más pura y ancestral.
—Discúlpeme un momento, mi señora —me dirijo a la duquesa y aguardo su permiso para poder alejarme de ella.
—Claro.
Me esfumo en un parpadeo para aparecer en el aire, junto a la pluma, y cogerla entre mis manos.
Mis párpados se abren de par en par mientras una mezcla de sensaciones invade mi cuerpo.
Aparezco de nuevo en el suelo. Al principio es como un calambre, una chispa divertida que cosquillea en la punta de mis dedos.
Pero justo cuando pienso que no va a ir a más, mi mente viaja a un lugar desconocido:
Estoy sobre una montaña de frondoso verde.
Por primera vez en mi vida estoy viendo la frontera del Midna, la línea que separa el día de la noche eterna.
No, es mucho más que eso, estoy caminando bajo la luz del sol sin ningún temor a morir.
No estoy sola, me rodean mis hermanas y una multitud de brujas desconocidas cubiertas por el velo negro que oculta sus rostros.
Ninguna me mira pues están ocupadas con algo que se mueve en la inmensidad del cielo.
Cuando sigo el curso de sus miradas me encuentro con una figura alada, una criatura que creía propio de los cuentos, un ángel.
Pero no es la representación de algo benévolo, al contrario, es maligno y destructivo.
Entonces me doy cuenta de que el aquelarre se ha restablecido, tal y como Edana vio en su visión del féretro.
Todas las brujas alzan las manos para cubrir la isla, en la que nos encontramos, con el escudo más poderoso que jamás hemos conjurado.
Siento algo en mi hombro, cuando me giro para observarlo, me percato de la presencia de un cuervo de ojos rojos, el mismo animal que apareció en mis sueños.
Y tal como ocurrió en ellos, aquí también pronuncia mi nombre:
—Kathleen.
—¿Qué significa? —las dudas afloran en mi piel mientras contemplo la belleza de la pluma que descansa entre mis dedos.
Es larga, ligeramente curva, no solo contiene los esfuerzos de un largo vuelo, es algo más.
En la negrura de su forma descubro constelaciones moradas, como si el firmamento del mundo se hubiera quedado tatuado en ella.
La guardo como el tesoro más valioso, aunque a falta de entender su valor, siento que es un misterio que debo desentrañar. Una señal de la propia diosa Illythia.
Cuando regreso al carruaje decido no comentarle nada a la duquesa. Su cabeza está demasiado ocupada como para presentarle las piezas de un puzle incompleto. Ni siquiera sé si esto es lo suficientemente importante como para correr la voz entre mis hermanas.
—Lo has hecho muy bien, gracias —Amari me saca de mis pensamientos mientras intenta sonreír, pero no puede.
La alegría no deja de combatir contra el dolor de la pérdida reciente, una guerra constante donde el ganador se muestra impasible.
—Gracias, mi señora.
—¿Cómo te llamas? —A pesar de que esa sea una pregunta prohibida, no puedo olvidar que ella es la nueva duquesa y eso está por encima de cualquiera de las leyes que se han escrito en la antigüedad.
—Kathleen Strauss, mi señora.
—Te recuerdo, Kathleen. Salvaste al Tritón de Plaguen cuando todo se vino abajo.
—El carruaje se detiene frente al palacio.
El ambiente es agradable, más tranquilo que en los últimos días—.
Me gustaría que conocieras a la aya que cuida de mis hijos.
La he entrevistado yo misma, creo que no es una amenaza.
Ella también ha ayudado a la corona. Además, los niños están a salvo, pero necesito saber que no trabaja para los resquicios de la Orden de los Condenados.
Una nunca sabe cuándo una aliada se puede tornar una enemiga. ¿Te importaría hablar con ella?
—Para nada, mi deber es servir a la corona de oro negro y rubíes.
—Sígueme, Kathleen. Estará en el cuarto de juegos.