Corona de cuervos (Corte de agua carmesí 3) 5
7%

5

La stoker y el nuevo vampiro se mueven a gran velocidad mientras las brujas nos teletransportamos al núcleo del eco. Mi corazón se detiene en un suspiro mientras mis manos conjuran un escudo. Lo hago como acto reflejo, dispuesta a proteger lo poco que queda del aquelarre por encima de todo.

—¡Socorro! —grita una de las sirvientas que se arrastra por el suelo con las piernas seccionadas—. ¡Ayudadme!

Pero es demasiado tarde, ni ella ni las otras diez mujeres al servicio de la corona han podido advertir a la bestia a tiempo.

Así es como funciona la naturaleza de los inmortales, el frenesí nos invade cuando estamos débiles o las emociones son demasiado fuerte para nosotros.

La pérdida de un familiar no tiene ni punto de comparación con perder al amor de tu vida.

Por suerte para las brujas, la magia es nuestra propia ancla y no necesitamos de nadie que nos haga recuperar la cordura.

En resumen, no podemos entrar en frenesí.

—¿Cómo ha podido perder el control tan rápido? —pregunta Edana sin dar crédito a lo que estamos viendo.

— Ha perdido a su ancla —explica Calista con la voz temblorosa.

— Entonces ¿Le cortamos la cabeza y le prendemos fuego? —las ideas de Seylah son tan retorcidas que casi temo tenerla cerca. Las otras le fulminan con la mirada y ella no duda en responder—. ¿Qué? Lo he leído en uno de esos libros para proteger la guarida.

—¡No! —protesto intentando encontrar una solución—. No tiene por qué morir nadie más.

Amari, la primogénita de la estirpe Ilia, una vampira obligada a cargar sola con la responsabilidad de un reino.

Ahí está ella, aún dominada por la bestia su belleza es eclipsante.

Sus ojos rojos centellean con rabia mientras sus uñas desgarran todo a su paso.

Seguramente no tendría nada en contra de las sirvientas, simplemente han sido las víctimas más cercanas cuando el frenesí la invadió.

Hay brazos y piernas desparramados por el suelo, por no hablar de la sangre impregnada en los armarios y las estanterías con la ropa blanca del hogar.

Una estancia donde todo ha perdido la pureza para llenarse de rojo.

La duquesa se mueve de un lado a otro a gran velocidad ensañándose con los cuerpos que va matando a su paso.

Después se fija en nosotras, muestra sus colmillos en señal de ataque y recubre su cuerpo con la piedra negra propia del don de los Cárpasot.

A diferencia de Seylah, que no ha mostrado ni un ápice de pena tras la muerte de su hermanastro, la duquesa Amari se ha perdido en la locura.

A nadie le sorprende la frialdad de la ocultista, para ella todas las emociones son completamente nuevas.

Es la causa de que Treznor Dynevor la llenara de poder.

Cuando un cuerpo se llena de magia hay otras cosas que se pierden en el proceso, en el caso de Seylah fue la capacidad humana de sentir.

Aunque eso no quita que llegue a ser una niña encantadora.

—No le hagáis daño, alzar los escudos y mantener la calma —ordeno como si hubiésemos regresado a la guerra—. Recordad que sigue siendo la portadora de la tiara de oro negro y rubíes, dañarla nos llevaría a la ejecución pública.

—¿Qué está pasando? —Enfi y Jasper aparecen detrás nuestro. Segundos después a la stoker se le escapa un grito de desesperación—. ¡Hermana!

La duquesa se abalanza sobre nosotras, no tenemos ningún temor pues sabemos que la magia nos protege lo suficiente como para convertir el ropero en una prisión.

Tampoco hay ninguna ventana, un hecho que facilita una estrategia de defensa.

Es entonces cuando las garras de la vampira resquebrajan nuestros hechizos protectores.

—¡No podremos retenerla mucho más! —grita Edana aterrada.

—¿Por qué es tan fuerte? —Jasper suena imponente, está desesperado por actuar, pero no sabe muy bien qué es lo que tiene que hacer.

—Nunca subestimes el poder de una madre —comento orgullosa de que Amari sea digna de su título.

—¡Eso es! —Enfi encuentra la solución a todos nuestros problemas—. Mis sobrinos, tienen que ser ellos los únicos que pueden frenarla.

—Muchas madres hacen de sus hijos sus propias anclas. —Calista es la voz de la sabiduría—. No hay amor más fuerte que ese.

—Traigamos a los niños.

Mis palabras son precedidas por el teletransporte de mis hermanas.

Ellas desaparecen mientras yo refuerzo el hechizo de defensa para retener a la duquesa en la estancia.

Pero la magia me debilita y me hace flaquear.

El exceso de poder me provoca un fuerte dolor de espalda y presión en las cervicales.

—No puedo… —consigo pronunciar a tiempo de que mis rodillas fallen.

No solo eso, mi cuerpo de anciana se fatiga y me obliga a dejar de utilizar la magia. Por mucho que me esfuerce, necesito descansar, reposar mi nueva naturaleza y asimilar el gran poder que me invade.

Cuando la barrera se disipa, la duquesa aprovecha la oportunidad para atacarme. Estoy lista para sufrir las consecuencias de mis actos cuando Jasper Gazzei se interpone entre su cuñada y la débil anciana. Un nuevo vampiro con una fuerza descomunal.

—¡Llévala a un lugar seguro! —grita él a tiempo de que Enfi me ayude a levantarme para sacarme de la zona de peligro.

Amari se sacude como un animal rabioso, parece una gata desquiciada que llena a su dueño de arañazos cuando este lo coge en brazos.

Entonces ocurre, mis hermanas aparecen con los tres bebés, estiran sus brazos para mostrárselo a la duquesa y el rojo de sus ojos se esfuma.

Al principio temo porque vaya a acabar también con su descendencia, pero los pequeños empiezan a reír al ver a su madre y esta recupera su cordura.

—Yo… —El arrepentimiento surge de sus labios cuando se da cuenta de todo lo que ha hecho. Antes de que pueda decir nada más, ella y su hermana se funden en un abrazo de amor puro.

—Ven, tenemos que hablar —comenta Enfi mientras cogen a los pequeños y se marchan a un lugar más tranquilo.

Jasper nos dedica una sonrisa, asiente con la cabeza y decide dejarlas a solas. El Aquelarre del Cuervo eliminamos la masacre con un chasquido de nuestros dedos. No tenemos tiempo para descansar, primero tenemos que realizar un funeral.