Corona de cuervos (Corte de agua carmesí 3) 4
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Pasado

El agotamiento me obligaba a ir dando tumbos en el interior del carruaje rúnico que los Paladines de la Banshee dispusieron para nosotras.

Por no mencionar el constante zarandeo del vehículo debido al inestable camino lleno de piedras y barro.

No tengo fuerzas para quejarme, intento mantenerme despierta, pero ese es un esfuerzo que me provoca tanta sed que temo volverme loca.

—Solo un poco más, hermanas —suplica Seylah, con su apariencia de niña, mientras se mueve de un lado hacia el otro para cuidar de nosotras.

No podemos negar la suerte que tenemos de contar con la ocultista de nuestro lado.

No me arrepiento de haber salvado su vida.

Ella ha deducido que la única manera para combatir el movimiento constante del carruaje es ignorar la gravedad.

Por ello acaba levitando para facilitar el trato que nos está dando.

Siento como posa uno de los viales de plasma sobre mis labios y lo vierte con cuidado de que no se eche a perder nada.

Sabe cuanta sangre necesito y se asegura de que beba más de la cuenta por si acaso.

Hace lo mismo con Calista y Edana, al principio utiliza sus propias manos, luego se da cuenta de que la telekinesis es mucho más práctica.

Sonrío al observar como los recipientes de cristal van yendo de un lado a otro como si tuvieran vida propia.

Las pociones acuden a nosotras completamente llenas y se marchan sin una sola gota de vitae.

—Tengo calor —pronuncia una de mis hermanas, su voz es un vendaval de tiempo descontrolado. Al principio suena con normalidad para después se torna el tono de una anciana.

—Tengo frío—dice la otra delatando el mismo efecto.

—Estamos envejeciendo —anuncio yo para descubrir la nueva melodía de mi voz.

—¿Qué puedo hacer, hermanas? —Seylah está desesperada por salvarnos, por primera vez desde que la conozco veo lágrimas en sus ojos.

—Nada, cielo. Es un efecto secundario por haber abusado de nuestro poder.

—El ritual de los féretros. —comenta Calista recordándonos la infinidad de herramientas que guarda nuestra guarida—. Pero eso nos hará desaparecer de Plaguen una temporada y el reino nos necesita.

—Aguantemos lo que podamos. —Edana se muestra positiva, cuando la miro me doy cuenta de que su cabello platino se ha tornado cano—. La tiara de oro negro y rubíes nos necesita.

—Va a ser un golpe duro —secundo sabiendo que las consecuencias de la guerra son inevitables.

El carruaje se detiene a las puertas de palacio, lady Amari y lady Alia están allí con los ojos abiertos de par en par buscando desesperadas a sus seres queridos.

Mis hermanas y yo salimos del vehículo ayudadas por bastones de madera que Seylah ha invocado para nosotras.

Caminamos torpes, cojas y con la cadera incontrolable.

Nos detenemos frente a ellas y esperamos a que lady Enfi y Jasper se acerquen.

Varios soldados cargan con un carro donde se mantienen apilados los cadáveres de aquellos que han caído, pero lady Amari solo se fija en uno.

Allí está lord Darius, su cuerpo carece de alma y su expresión muestra una sonrisa de orgullo.

En el momento en el que ella lo ve se mueve a una velocidad sobrehumana para asegurarse de que no lo está soñando.

—No… —murmura con un hilo de voz precedido por una cascada de lágrimas—… Illythia, no…

—¿Dónde están los Paladines de la Banshee? —pregunta lady Alia manteniendo la compostura—. ¿Y lord Estevian?

Lord Kayal, el otro stoker del norte, surge de la multitud para abrazarla. Enfi se encarga de consolar a su hermana mientras los gritos de dolor se propagan como la peor de las tormentas. El cielo acompaña a las duquesas en su sufrimiento derramando las primeras gotas de lluvia.

—Preparad la ceremonia. —ordena la hija de los Shayk haciendo gala de una compostura fría como el hielo—. Encomendaremos sus almas a santa Illythia.

—¡Mi amor! —Los alaridos de lady Amari atraviesan la ruta escarpada hasta la zona alta de la ciudad. Incluso las aves emprenden el vuelo para intentar consolarla, pero nadie puede.

Los soldados se ponen en marcha mientras lady Enfi y Jasper intentan calmarla.

El mundo funciona así y el tiempo no se detiene para darnos un respiro, todo debe de seguir su curso.

El Aquelarre del Cuervo encabezamos la marcha hacia palacio mientras la multitud nos sigue en una procesión de almas quebradas.

Justo en el momento en el que la guardia va a abrirnos las puertas alguien nos adelanta a la velocidad de la luz.

No nos hace falta mirarla para saber que ha sido la propia duquesa Amari la que busca la soledad para refugiarse en su propio dolor.

Nadie la sigue porque nadie se atreve a hacerlo.

Mis hermanas y yo estamos a punto de acceder a los pasadizos que nos conducen a las catacumbas cuando sentimos una punzada en el pecho.

El eco es un poder del que, a pesar de haber sido entrenadas para soportarlo, siempre consigue sobresaltarnos.

Un poder que nuestras antepasadas diseñaron para asegurarse de que nadie moría en secreto dentro de los límites del castillo.

El radar mágico que evita que la corona de oro negro y rubíes sea atacada en secreto.

—¿Nos atacan? —pronuncia Seylah a través de nuestros pensamientos.

— Algo peor… —secundo percibiendo las vidas de todos los que están en la Corte de la Noche. Me detengo frente a lady Enfi y el nuevo Jasper para que mi voz surja como la advertencia de una profecía—. La duquesa Amari ha entrado en frenesí.