Flynn
El cristal cruje bajo mi pie, el último cuadro que queda en la pared cuelga de un solo gancho roto y varias páginas de libros desgarrados revolotean suavemente mientras el viento se cuela por la ventana rota.
Permanezco en medio del desastre en el que se ha convertido mi despacho, con los dos puños palpitando de dolor.
Incapaz de descargar mi furia contra Kaia o contra mí mismo, la he desatado en mi despacho y lo he destrozado todo.
Mi silla está fuera, en el césped, esquivada por las patrullas nocturnas, mi escritorio hecho astillas y todo lo que podía romperse ha acabado hecho trizas bajo mis puños.
Pero no es suficiente.
¿Qué clase de padre soy? No he podido proteger a Eva y casi pierdo a Angie por culpa de la misma maldita familia.
Debería haber matado a Kaia aquella noche que asaltamos la mansión Yudkin. Debería haber acabado con ella y punto, pero, en cambio, algo me detuvo.
Dejé que una serpiente entrara en el jardín y mi hija casi lo paga con su vida.
Cada bocanada que sale de mí me rasga la garganta como un viento abrasador sobre brasas ardientes.
Cada músculo está tan tenso que temo que si me muevo me romperé como una estatua, mientras la rabia hierve en mi interior y el corazón me retumba en los oídos tan fuerte que apenas escucho nada más.
La imagen de Angie en aquel barco, con Kaia tan cerca de arrancármela, me perseguirá el resto de mi vida, igual que la última vez que vi a Eva.
Eva.
La presa se rompe y las piernas me fallan, haciéndome desplomar sobre el suelo lleno de escombros.
No noto el cristal arañándome el tobillo o la pierna, ni me doy cuenta de los restos de mi mesa de centro clavándose en mi muslo mientras permanezco sentado.
Por un instante que parece eterno, me permito abrazar la desesperación más absoluta y la derrota que me atormentan a diario.
Desde que nacieron mis mellizos, todo lo que he hecho ha sido por ellos. Para darles un hogar seguro, protección para toda la vida y un lugar en el mundo donde no pudiera alcanzarlos el daño.
Mi fracaso me revuelve el estómago y mientras las lágrimas me corren por las mejillas, mi mente tropieza una y otra vez con los mismos pensamientos.
Kaia da más problemas de los que merece y debí matarla. Sigo queriendo hacerlo.
La única razón por la que sigue respirando es porque Angie, por algún motivo, es mejor persona de lo que yo nunca seré, pero ella no comprende la gravedad de la presencia de Kaia aquí.
Es mi único as bajo la manga para recuperar a mi hija de manos de un hombre al que parece no importarle nada.
Mis hombres han destrozado sus negocios, la guerra se extiende por todo Nueva York entre nuestras dos familias, y la endeble confianza que existe depende únicamente de un honor que ni siquiera creo que Antov tenga.
¿Y Vic?
Exprimir a mis médicos para mantenerle con vida, sin tener ni idea de cómo estaba Eva, me estaba matando por dentro.
Estos pensamientos giran sin control una y otra vez mientras el vacío en mi pecho se abre tanto que amenaza con tragarme entero.
Por primera vez en mi vida, no sé qué hacer. Antov tiene lo más valioso que existe para mí y cualquier ataque directo contra él es una sentencia de muerte para ella.
Todos mis intentos de infiltrarme en sus círculos más cercanos y descubrir dónde demonios la esconde han acabado con asesinos muertos, y cada intento es más arriesgado que el anterior.
Dejo caer la cabeza hacia delante y me entierro el rostro entre las manos mientras mi mente me tortura con mis últimos momentos con Eva.
Todo lo que debería haber hecho de otra manera: actuar más deprisa, reaccionar antes, ser más fuerte. Entonces nada de esto habría ocurrido.
—¿Flynn? —La voz de Frank flota desde el umbral y levanto la cabeza lentamente.
Está allí de pie, con Angie acurrucada en sus brazos y ambos miran el despacho destrozado con los ojos abiertos de par en par, conmocionados.
—¿Por qué la has traído aquí? —farfullo, secándome la cara apresuradamente.
—Ha insistido —responde Frank en voz baja.
—Deberías haberle dicho que no.
—No, Flynn. No lo entiendes. Ha insistido.
Nuestras miradas se cruzan y luego bajo la vista hacia Angie, que se retuerce para salir de los brazos de Frank y empieza a caminar despacito hacia mí.
—¿Papá?
El sonido de su voz es como un cuchillo en el pecho, y pierdo todo control sobre mis lágrimas.
Se agolpan y estallan cuando Angie echa a correr, salta y se lanza a mis brazos.
Al chocar conmigo, rompe también a llorar y se aferra a mis hombros con sus diminutos puños.
—¡Papá, lo s-siento!
No soy capaz de hablar.
El dolor se hincha en mi pecho, ocupando tanto espacio que incluso mis respiraciones se reducen a un jadeo.
La abrazo con ambas manos, apretándola con fuerza, y hundo mi rostro en su pelo, empapándolo con mis lágrimas.
—El médico le ha dado el alta —explica Frank, intentando despejarse la voz con una tos—. Está completamente bien.
—¡Lo siento! —lloriquea Angie de nuevo—. ¡Lo siento!
—Cariño, ¡no! —consigo articular—. No te disculpes. Ni se te ocurra. ¡No tienes nada de lo que sentirte culpable!
—¡Lo siento! —repita sollozando una y otra vez, su cuerpecito temblando por la fuerza de sus lágrimas, pero no dejo de abrazarla.
No puedo creer que vuelva a oír su voz, aunque me duele más aún que una situación así sea la que la haya hecho hablar.
Decirle que no tiene que disculparse no parece funcionar, así que, tras sorberme las lágrimas como puedo, consigo separarme suavemente de su abrazo para poder tomarle la carita entre las manos.
—Angie, cielo. ¿Por qué dices que lo sientes?
—¡Porque! —llora abiertamente, sollozando entre palabra y palabra—. ¡Me fui c-con Kaia y te enfadé!
—No estaba enfadado contigo, pequeña. Ni un poquito.
—¡P-pero sí estabas enfadado con Kaia!
—Kaia... —Su nombre me quema los labios—. Ha hecho algo muy malo. Te llevó.
—¡S-Sólo íbamos al lago! —sus pequeños puños se alzan y se frotan los ojos mientras tose con fuerza.
—No debía llevarte a ningún sitio, Angie. Es muy peligroso y me hizo... —Las palabras se atascan en mi garganta y salen débiles—. Me hizo tener miedo de perderte también.
—P-pero Kaia es buena. No me daba miedo. Es buena conmigo y y-yo... —Otro sollozo profundo y húmedo se le escapa mientras niega con la cabeza—. Me g-gusta porque echo de menos a Eva.
El grito de Angie me atraviesa y la vuelvo a apretar contra mi pecho, atrapado entre el alivio absoluto de que haya recuperado la voz y la más honda desesperación por verla sufrir, sin poder ayudarla.
Compartimos el mismo dolor, y me mata pensar que su duelo se parezca siquiera un poco al mío.
—Te estaba robando, Angie. No podía perderte igual que perdí a Eva. Y estoy haciendo todo lo posible por recuperar a Eva, te lo prometo, pero lo que hizo Kaia... —No hay palabras seguras para explicarle hasta qué punto fue una locura que intentara huir con mi hija.
—Pero, papá...
Angie me mira con esos ojos enormes llenos de lágrimas, y me golpea pensar que Eva, esté donde esté, podría estar igual, sin nadie que la consuele.
Se me revuelven las entrañas y la náusea me invade.
—Papá, no se debe hacer daño a la gente. Dijiste que ya no eres un hombre malo y Kaia es mi amiga. Estábamos pintando j-juntas y lo siento. Lo siento, papá.
Al hundirse de nuevo contra mi pecho, llorando desconsoladamente por una culpa que no le corresponde, siento que el corazón se me parte.
En la puerta, Frank se tapa la boca con la mano mientras se agacha, seguramente luchando con el mismo dolor que nosotros.
Nuestras miradas se encuentran y pasa entre nosotros una conversación muda y dolorida.
Angie tiene razón.
Nunca oculté que fui un hombre malo por culpa del mundo en que vivimos, pero a mis dos niñas les repetí una y otra vez que ya no era así.
No hacía daño a la gente, ayudaba y solo daba miedo cuando me enfrentaba a los verdaderos malos del mundo.
Que Angie me viese lanzarme sobre Kaia para tirarla del embarcadero al agua destroza la imagen que he construido con tanto cuidado todos estos años, y me duele el alma porque, en el fondo, bajo todo el dolor, la tristeza y la rabia, sé que tiene razón.
Acabar con Kaia no me aliviará y su desesperado intento de sobrevivir era hasta esperable.
—Papá lo siente —susurro débilmente a Angie, que esconde la cara en mi cuello. No aparto la vista de Frank, que asiente despacio—. Papá es que... no tiene ni idea de qué hacer.