Corona Cautiva (Corona Cautiva 12) Flynn
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Flynn

Kaia me sigue en completo silencio mientras la conduzco fuera de las celdas y de vuelta a la planta superior.

Frank merodea cerca, con el ceño fruncido y una mirada mucho menos indulgente que la mía.

—Frank, llévala arriba. Que se duche y se vista.

Los labios de Frank se contraen con dificultad y asiente. —Por aquí.

Cuando Kaia pasa a mi lado, sus ojos se clavan en los míos con la misma incredulidad que llevaba cuando abrí la puerta de su celda, pero no dice nada y sigue a Frank por el pasillo y sube a su habitación.

No es que la haya perdonado, exactamente. Si Angie no nos hubiese interrumpido, la determinación de Kaia no habría flaqueado a tiempo, y yo estaría criando malvas.

No voy a perdonarla por intentar quitarme de en medio y dejar a mi hija sin padre, pero en parte también la entiendo.

Con lo que Kaia sabe, yo soy el demonio en su vida.

La fuente de su dolor y la razón por la que su familia se desmoronó.

Eso resuena con el dolor en mi propio corazón, pero las acciones de Kaia muestran que no termina de entender que somos iguales.

Simplemente tenemos objetivos diferentes.

Dejar que Kaia quedara impune tras intentar matarme no fue mi primera idea.

Cuando desperté en la enfermería, lo único que quería era despellejarla viva y enviarla de vuelta a su tío pedazo a pedazo, pero mientras me recuperaba con Angie a mi lado fui calmando mis pensamientos y acabar con su vida dejó de ser mi prioridad.

En parte porque Antov ha dejado de responder a cualquier comunicación, lo que convierte a Kaia en mi único vínculo con la familia Yudkin.

Podría sacarle la información que necesito torturándola, pero no estoy del todo seguro de que lo sepa todo.

Y aun así, considero también la posibilidad muy real de que a Antov le dé igual su sobrina.

Si Kaia ya no le sirve, para mí deja de tener valor como ficha, y todo por lo que lucho se paraliza de golpe.

Después de que Kaia se duche, se vista y tome un poco de té, la conduzco hacia el ala oeste de la casa, la más tranquila, donde la otra razón por la que Kaia sigue viva está sentada abrazada a su jirafa.

La inocencia de Angie respecto a la situación hizo que buscase a Kaia constantemente, escribiendo su nombre y entregando papeles a todos los que se acercaban a ella.

Cree que Kaia me salvó la vida y no tengo valor para contarle la verdad.

Mantener a Angie a salvo y lejos del peligro siempre ha sido mi objetivo, y ahora que Kaia duda en su propia conciencia quiero reforzarle esa idea.

Si de verdad no es capaz de hacerle daño a un niño, pasar tiempo con Angie seguro que hará que esa culpa cale hondo y debilite lo que sea que mantenga los secretos de los Yudkin encerrados en esa cabecita suya.

—¿Tu bastón? —pregunta Kaia de repente al entrar en la sala de juegos.— ¿Es por…?

¿Por mi culpa? queda sin pronunciar, pero lo leo en sus ojos cuando nuestras miradas se cruzan.

—Sí —respondo—, aunque es temporal. Me agoto antes de lo que me gustaría, pero me niego a quedarme tumbado, así que opto por este apaño.

—¿Vas a recuperarte? —Sus dedos se crispan en el dobladillo de la camiseta mientras me observa, luchando con sus propios sentimientos.

—Sí —digo con firmeza—. Algunos dirían que me salvaste justo a tiempo. Pero te he traído aquí para que pidas perdón.

Los ojos grandes de Kaia saltan de mí a Angie, que se pone en pie al vernos.—¿Ella…?

—¿Lo sabe? —Fuerzo una sonrisa mirando de nuevo a mi hija.— Angie sabe que me puse muy enfermo muy rápido por tu comida y que se asustó. También sabe que llamaste para pedir ayuda, pero le he enseñado que aunque el resultado no sea intencionado, si haces daño a alguien, tienes que pedir per⁠⁠—.

No he terminado de hablar cuando Kaia ya se arrodilla delante de Angie.

— Angie, lo siento muchísimo. No consigo imaginarme lo aterrador que debió ser para ti encontrar a tu padre así.

Mi comida… Usé unos ingredientes muy malos en la sopa y tu padre se puso muy enfermo por mi culpa, lo siento de veras. Espero que algún día puedas perdonarme.

Es una disculpa más honesta de lo que esperaba, y por cómo le tiemblan las manos a Kaia, sé que lo siente de verdad.

Angie no habla, no lo hace desde que esa noche gritó buscándome, pero acerca la mano y toma la de Kaia entre las suyas.

Entonces, en silencio, empieza a tirar de ella hacia la mesa de plástico preparada para una fiesta de té.

Kaia me mira buscando permiso y yo asiento, apoyándome en el bastón mientras avanzo para unirme a ellas.

—¿Vais a hacer una fiesta de té? —pregunto mientras uso el bastón para dejarme caer sobre un nido de cojines.

Angie asiente rápido, aún aferrada a su jirafa con una mano.

Cinco tazas de té están dispuestas en torno a la mesa, una para cada juguete invitado y otra frente a una silla vacía.

La imagen despierta una punzada aguda en mi pecho, y me muerdo el interior de la mejilla para no perder mi sonrisa.

Angie corretea alrededor de la mesa, lanza lejos su panda, me da esa taza de té y, después, su serpiente de juguete para que Kaia también tenga una taza.

—Nunca he estado en una fiesta del té —dice Kaia en voz baja mientras se sienta junto a mí y sostiene la taza en alto—. No sé cómo debo comportarme.

—Solo sigue el juego —le respondo en un susurro—. Pero mejor no bebas el té. No tenemos ni idea de cuánto tiempo lleva el agua reposando en la tetera de juguete de Angie cuando empieza a servirnos, pero hacer como que jugamos convierte ese agua tibia en el mejor té que he probado nunca.

Los pasteles de plástico se transforman en los dulces más deliciosos, las verduras de mentira en las frutas más jugosas, y Angie se convierte en la anfitriona perfecta al rellenar nuestras tazas hasta que rebosan.

Escuchar su risa resquebraja el dolor de mi pecho y ya no tengo que forzar la sonrisa.

No se había reído en semanas y solo ese sonido delicado me hace temblar por dentro.

Seguir oyéndola hablar sigue siendo mi mayor objetivo, pero hasta que logre arreglar lo que rompí, me conformo con su risa.

Kaia también se mete perfectamente en su papel, interpretando a la invitada atenta e incluso consigue arrancar unas cuantas risitas de la propia Angie.

Verlas jugar juntas me provoca una extraña tensión en el pecho que no consigo descifrar.

Esta mujer intentó matarme, y probablemente aún conserva ese deseo, pero juega con Angie con tal entusiasmo que, a simple vista, podríamos pasar por amigos.

Una o dos veces, Kaia me lanza una mirada acompañada de esa leve sonrisa y el corazón se me eleva.

Hasta ahora, no la había visto sonreír. Y no es que pueda culparla.

Jugamos hasta que el agua de la tetera se ha reciclado tres veces y el cielo exterior ha oscurecido.

Angie intenta disimular sus bostezos escondiéndose tras su jirafa, pero pronto es imposible ignorar sus párpados caídos y el desinterés creciente.

—Vamos, cariño —digo mientras me pongo en pie con las piernas flojas por el cansancio—. Hora de dormir.

Angie sacude la cabeza rápidamente, haciendo que el pelo le cubra la cara, y lo utiliza para ocultar otro bostezo.

—¿No tienes sueño? —Vuelve a negar con la cabeza—. ¿Estás bostezando? —Sacude de nuevo la cabeza y esconde la cara en la tripa de su jirafa, aunque eso no logra apagar el chillido suave de su risa cuando las alzo a las dos en brazos.

—Despídete de Kaia —le indico, sosteniéndola sobre mi cadera.

Con otro bostezo, Angie saluda a Kaia con la mano libre, y Kaia le responde el gesto.

—Buenas noches, Angie.

No tardo nada en acostar a Angie. Su negativa a dormir dura hasta que la arropo y le doy un beso en la frente; después cae rendida al instante, aferrándose a su jirafa con fuerza bajo un brazo.

Momentos como este me inundan el pecho de cariño, porque puedo fingir, aunque sea solo por un instante, que todo es normal y todo está bien.

Pero como siempre, en cuanto lo pienso, la culpa me aplasta de inmediato como una losa.

Pronto —me digo mientras renqueo de vuelta al cuarto de juegos—. Pronto todo volverá a la normalidad.

Sorprendentemente, Kaia sigue en el cuarto recogiendo, y al oírme, levanta la cabeza.—¿Por qué has hecho esto?

Cojo mi bastón y me apoyo en él, frunciendo el ceño.—¿El qué?

—Tú... —Se vuelve hacia mí abrazando al panda—. Hace unas horas estaba encerrada en una celda bajo esta casa, temiendo por mi vida. Y ahora me haces jugar a las fiestas del té con tu hija. ¿Por qué? ¿Forma parte de algún juego retorcido?

—¿Qué juego? —Miro a mi alrededor—. Te pusiste delante de mí y dijiste que no podías matarme por Angie. Porque ella te interrumpió. Ella no lo sabe, y todos estos días que has estado desaparecida, preguntaba por ti. Así que te he traído aquí para que le pidas perdón.

—¿Eso es todo?

Enderezándome, paso la lengua por los dientes superiores.—No. Quería que vieras lo que casi llegaste a hacer. Que miraras a mi hija a los ojos y vieras el dolor que causaste.

—Yo... —El labio inferior de Kaia tiembla mientras mira al panda—. No lo entiendo. ¿Sientes culpa por las vidas que has quitado cuando miras a tu hija a los ojos?

Culpa, por supuesto, pero no por lo que Kaia piensa.

—Todo lo que hago —digo en tono tenso—, lo hago para mantenerla a salvo. Esa es la diferencia entre nosotros. Para mí, los niños son intocables.

Ella levanta la cabeza de golpe.—Te dije que lo sentía, y era verdad. Lo siento de verdad.

—No hablo de eso.

La confusión relampaguea en los ojos de Kaia y cambia de postura.—Hay algo que no me estás contando.

—Normalmente los enemigos no comparten secretos.

—No es eso... ¿Qué le pasó a Angie?

La pregunta más importante. Me quedo mirándola en silencio, luchando contra la oleada de recuerdos que brota cada vez que pienso en aquella noche terrible.

—Cuando la cogiste, la camiseta se le subió y vi una cicatriz en la espalda. Parecía muy reciente. —El pecho de Kaia sube al tomar aire—. Algo ha pasado, ¿verdad?

—Y luego me acusas de jugar —me burlo en voz baja. El hecho de que pueda estar ahí plantada y fingir que no tiene idea me amarga el humor, y la tentación de devolverla a las celdas crece como una ola.

—No estoy jugando a nada —replica Kaia—. Solo... intento entender.

—Es fácil. No voy a encerrarte porque has sido sincera y una parte de mí quiere creer que ya no eres capaz de hacerles daño a los niños. Pero si vuelves a hacerme daño de alguna manera, te mataré y tiraré tu cuerpo al lago, ¿entiendes?

—¿Ya no? —repite Kaia—. ¿A qué te refieres?

—¿Lo entiendes? —espeto, alzando el bastón y señalándola.

Los ojos de Kaia se agrandan y asiente rápidamente, aferrando el panda con ambas manos.

Satisfecho, me giro y me marcho, pero mientras subo las escaleras de vuelta a mi habitación, la expresión de confusión en sus ojos no me abandona.