KAIA 2
Sus ojos están muy abiertos, mirando sin ver ni pestañear hacia un techo que amenaza con desplomarse bajo el peso de la lámpara de araña.
Si no fuera por la profunda herida que le atraviesa el abdomen, una estaca de madera, astilla del marco de una ventana, parecería estar en paz.
Como si la hubiese sorprendido en un instante de contemplación dichosa.
—Sus gafas—, digo ahogada por el humo cuando vuelve a descender. —Le hacen falta— ¡Vic, sus gafas—!
Justo cuando las distingo, hechas añicos, a pocos metros, el humo cae como un telón y ella desaparece de mi vista.
Vic, harto de mis demoras, me arrastra fuera del salón hacia el pasillo.
Justo a tiempo, porque ni un segundo después el techo por fin cede con un estruendo y un golpe de aire que casi me hace caer otra vez al suelo.
Anya está muerta.
No puede estar muerta.
Tenemos planes.
No puede estar muerta.
—¡Kaia!— El rostro descompuesto de Vic aparece ante el mío, borroso por las lágrimas que inundan mis ojos. Me sujeta la cara con una mano temblorosa y me sacude. —¡Kaia, espabila de una puta vez!
No puedo quedarme aquí.
Escapar.
Tengo que escapar.
—Estoy aquí—, consigo decir entrecortada, luchando contra el nudo que se me forma en el pecho por el dolor de la pérdida que se apodera de mi corazón. —¡Tenemos que irnos!
—¡No me digas! —Vic me agarra de la mano justo cuando otra explosión ensordecedora sacude el aire. Ambos nos agachamos y Vic, que me llevaba hacia la puerta principal, cambia de idea al escucharse una lluvia de disparos y no nos queda más remedio que subir las escaleras.
Las llamas se propagan como si la mansión Yudkin estuviera hecha de cerillas, el humo sale a raudales de las puertas y quienquiera que nos persigue lo hace como si no tuviera miedo a nada.
Al llegar a la planta de arriba, el corazón me late como un tambor desbocado y apenas logro respirar con el humo atascando mis pulmones y las lágrimas corriéndome por la cara. —¡Vic! No puedo… ¡no puedo respirar!
—¡Tienes que hacerlo! —A Vic siempre le ha faltado paciencia, pero ahora se nota aún más cuando se gira, me agarra por los hombros y me empuja contra la pared.
Antes de que consiga decir nada, su palma choca con fuerza contra mi mejilla y la cabeza se me va hacia un lado mientras un calor más intenso que el de las llamas subiendo por las escaleras me arde en la mandíbula.
Por doloroso que sea, el golpe me da el momento de claridad que necesitaba.
—¡Kaia! —Me agarra por la barbilla y me obliga a mirarle a los ojos oscuros, ojos inundados de dolor y furia bajo sus cejas espesas. —Kaia, tienes que salir de aquí, ¿lo entiendes? Tienes que salir y llegar hasta casa de Antov. Cuéntale lo que está pasando. Él enviará ayuda, ¿de acuerdo?
—¿Pero y tú? —jadeo mientras él me mete las llaves del coche en la mano—. ¿No vienes?
—Aquí tenemos hombres. No puedo abandonarlos. No lo haré. Tienes que ir con el Tío y él lo solucionará todo, te lo prometo.
—¿Qué le digo?
Vic empieza a alejarse, pero se detiene y se da la vuelta para mirarme.—Dile que son los Gallagher. ¡Ahora, corre! Toma el pasillo de atrás y sal corriendo. —Me suelta y se aleja, pero cuando desaparece por el pasillo otro escalofrío helado se apodera de mi mente.
—¡Vic! —grito por encima del rugido del incendio y el crujido de la madera ardiendo—. ¡Espera!
Vic regresa en un segundo, con los ojos aún más enfadados que antes.—¡Kaia, no hay tiempo para esto!
—No, escucha…
—¿Qué?
—¡La tía Kara! Vino a cenar y sigue aquí. ¡Tienes que encontrarla!
El rostro de Vic se tensa un instante, luego asiente y se inclina hacia mí.
Sus labios rozan mi frente sudorosa.—La encontraré. Vete, Kaia. Tienes que sobrevivir. Vete y pide ayuda.
Y con eso, desaparece, fundiéndose con el humo como si nunca hubiera estado aquí.
No puedo pensar en Kara, no puedo pensar en Anya ni siquiera en Vic. Tengo que concentrarme en salir de aquí.
El dolor queda en un segundo plano mientras mis pies descalzos golpean las lujosas alfombras que las llamas devoran y los suelos de madera ya calentados por el fuego.
Cada vez corro más rápido, pasando por dormitorios que no han sido tocados desde que murieron mis padres, habitaciones de invitados que no han visto a nadie en décadas y que ahora son devoradas por las llamas, y la biblioteca donde pasé la mayor parte de mi infancia.
Ninguno de esos libros tiene la menor esperanza.
El crujir y rugir de las llamas llena el aire mientras doblo la esquina, pasando los baños, el gimnasio de la planta de arriba, y recorro un último pasillo hacia la puerta de salida al fondo.
¡Corre! ¡No pares de correr!
No puedo detenerme.
A mi espalda, la madera se astilla y el cristal se hace añicos cuando la mansión, debilitada por las explosiones y las paredes desmoronándose, cede ante la gravedad y comienza a derrumbarse.
Llego a la última puerta, agarro el pomo y lo giro con un jadeo ahogado.
El humo que tapona mis pulmones sube de golpe al pecho, abrasándome la garganta mientras tropiezo en la fría escalera de piedra, lejos de las llamas y el fuego.
Al chocar contra la pared opuesta, la fría piedra es un alivio frente al calor abrasador de las llamas y el pánico que me invade la sangre, pero ese alivio dura poco.
Tengo que salir. Encontrar el coche de Vic.
En mi mano, las llaves que él me apretó tienen un par de dados plateados colgando: la señal de que son de su Porsche. Jamás ha dejado a nadie conducir su Porsche.
—Vamos —murmuro con voz ronca para mí misma—. Vete, Kaia. ¡Corre!
Mis pies descalzos resuenan contra los escalones de piedra mientras bajo corriendo la escalera, un rincón pensado para el servicio cuando la casa se construyó.
Mi pelo oscuro, empapado de humo y sudor, se pega a mi nuca como un chal agobiante, y mi pijama manchado ya no conserva ni rastro del rosa suave original.
Por un instante fugaz, me veo reflejada en el cristal de la puerta al fondo de la escalera y apenas me reconozco.
Luego las puertas se abren y salgo corriendo lo más rápido que puedo, atravesando la grava afilada de los caminos exteriores.
Cada piedra que se clava en las plantas de mis pies apenas alcanza la capa de pánico que me tiene bloqueada mientras recorro el lateral del edificio hacia la hilera de garajes, alejados unos metros de la entrada principal.
Tengo que llegar, meterme en el coche y…
De repente, una sombra oscura se cruza en mi camino y me estrello contra algo tan sólido que podría jurar que eran los propios ladrillos de la casa queriendo impedir mi huida.
Todo el aire se me escapa en un jadeo desgarrado y reboto hacia atrás por la fuerza del choque, cayendo dolorosamente sobre el coxis.
Me sobrevuela, un hombre tan alto y ancho que tapa la luna y las estrellas que apenas luchan por brillar entre las columnas de humo que emergen de mi hogar destruido.
En mi pánico, no retengo casi ningún rasgo suyo salvo su altura, sus enormes hombros y el brillo frío y malicioso de su mirada.
Solo sé que no le conozco.
¡Mierda!
¿Será un Gallagher? Seguro que sí.
Me levanto a trompicones, alzando los puños como si tuviera la menor posibilidad contra un tipo así, y a penas me da tiempo de tomar aire con el nombre de Vic en la punta de la lengua.
Pero antes de poder decir una palabra o lanzar un golpe para demostrarle a este desconocido que no me rendiré tan fácil, él levanta el brazo y me da un puñetazo en la cara con tanta fuerza que todo mi cuerpo se queda instantáneamente insensible.
Me hundo en la oscuridad con la destrucción de mi hogar sonando aún en mis oídos.