Capítulo 9. La primera herida #3
No sé cuánto duró. Media hora, veinte minutos, una noche entera; el tiempo esa madrugada dejó de tener unidades. Inmediatamente después vino el silencio, el peso que se hunde en el colchón sin moverse, la respiración que se va calmando desde el otro lado.
Me tapé los oídos con la almohada. El sonido volvía ya, o quizá ya solo estaba dentro de mi cabeza, que es de donde nunca más iba a salir.
Me hice un ovillo del lado frío del canal.
La pared, ahora, era solo madera otra vez, pero esa madera guardaba el calor de lo que había escuchado, y yo podía sentirlo a través de la sábana, a través de mi propia piel, como una marca que no se veía pero que se quedaba.
Y en algún momento, sin pensarlo, estiré la mano al piso, saqué de la maleta abierta las dos camisetas que ella había doblado el viernes y me quedé con ellas apretadas contra el pecho, como un niño con una cobija.
Las había traído para eso. Las había traído sin saber que las había traído para eso.
Una de ellas todavía olía a ella —no a perfume, no a jabón, a ella, a su olor de estar quieta— y enterré la nariz en la tela mientras los golpes que ya no se oían seguían vibrando en mi pecho.
La otra camiseta no olía a nada. La apreté igual.
Y algo, dentro de mí, despacio y sin ruido, terminó de romperse.
No fue el amor. No sé si el amor se rompe así.
Fue la idea de que yo, en el centro de esta noche, podía ser el que oía y no el que era oído.
Fue la certeza de que había elegido ese lado de la pared porque quería oír, y que la parte de mí que no podía dejar de escuchar era la misma que había imaginado el cuarto, la misma que había pintado las uñas rojas en la oscuridad, la misma que ya no necesitaba imágenes porque el sonido era suficiente.
No me rompió el dolor. Me rompió el haber esperado para oír, y el haber seguido oyendo cuando ya sabía que no iba a parar.
◆ ◆ ◆
Esa fue la primera herida. La de verdad.
No la sospecha, no la evidencia velada que aún se podía negar. La certeza desnuda, sin un solo resquicio por donde meter una coartada, entrando por una pared que no me protegía de nada.
El hombre que todavía no sabía dejó de no saber esa madrugada. Y no hubo, para eso, ninguna conversación, ninguna confesión, ninguna prueba en la mano. Hubo una pared de material barato y un hombre acostado del lado equivocado, y con eso alcanzó.
Y lo más terrible, lo que confieso temblando: que ni siquiera en el fondo del dolor la brasa se apagó del todo.
Estaba abajo, lejísimos, asquerosa, latiendo bajo la herida como late un pulso bajo una venda ensangrentada.
No me venció esa noche; la venció el dolor, que era inmenso, que era casi todo.
Pero estaba. Yo lloraba con toda el alma y, debajo del llanto, en un sótano al que el llanto no llegaba, algo escuchaba.
Y que escuchara, ahí, en ese momento, fue parte de lo que se me rompió: no solo el amor, no solo la amistad. Se me rompió la última idea limpia que me quedaba de mí, la de ser, al menos, un hombre que en su peor noche solo sufría.
◆ ◆ ◆
Lloré en silencio mucho rato, con la cara en la almohada para que la pared, que dejaba pasar todo hacia mí, no dejara pasar nada de mí hacia ellos.
Es una simetría que se me quedó grabada y que explica el resto de mi vida: esa pared funcionaba en un solo sentido. Todo de allá para acá. Nada de acá para allá.
Y entendí, ahí, hecho pedazos, lo que de verdad me condenaba.
Un hombre quebrado se levanta, hace su maleta, se va caminando a la carretera si hace falta.
La certeza, en cualquier otro, habría sido el final.
Y yo hice el ejercicio completo, con honestidad, tirado en esa cama: me imaginé levantándome, vistiéndome, saliendo por la puerta de la casa a las cuatro de la mañana.
Llegué hasta ahí. Me vi caminando por la carretera con la maleta, con el mar sonando a mi izquierda.
Y después me pregunté ¿y luego qué?, y del otro lado de esa pregunta no había nada.
La sola idea de dejarla —de los días sin su risa, del cuarto cerrado de mi vida sin la ventana que ella había abierto— me dio más terror que todo lo que acababa de oír.
No fue que no tuviera fuerzas para irme. Es que no quería.
Puestas las dos vidas en la balanza —la de la dignidad solitaria y la de la compañía humillada—, la primera pesó menos. La elegí en esa cama, con la cara empapada, mientras los oía.
Yo no perdí esa noche. Yo escogí.
Y por debajo, sin querer mirarlo, estaba la otra razón: que para entonces el dolor y el deseo ya eran, en mí, una sola raíz, y que arrancarme a Valeria habría sido arrancarme también esa parte nueva y oscura que solo existía gracias a esto.
Me sequé la cara con la sábana. Me acomodé del lado de siempre. Y me puse a esperarla, que era lo último que me quedaba por hacer esa noche y lo único que sabía hacer bien.
◆ ◆ ◆
Valeria volvió a la cama poco antes del amanecer.
La oí llegar por partes: la puerta del otro cuarto, un pie descalzo en la madera, el chorro corto del lavabo. Se lavó algo. No sé qué; el agua no distingue. Ese detalle me lo quedé para siempre, no sé por qué: que se detuvo a lavarse antes de venir.