Capítulo 9. La primera herida #2
Y noté, con un escalofrío, que la espera ya no me dolía igual que antes. Que se le había mezclado algo de la brasa: que mientras los imaginaba allá en las rocas, en la última luz, una parte de mí no solo sufría. Esperar se me había vuelto, sin que yo lo decidiera, una forma del otro apetito.
Cincuenta minutos en una playa a oscuras, con tres cervezas calentándose en las manos, mirando un recodo. Alguien que me hubiera visto desde lejos habría visto a un hombre plantado. Y habría estado equivocado a medias: yo no estaba plantado. Yo estaba trabajando.
Volvieron de noche, riéndose, despeinados por el viento, con esa electricidad de la gente que viene de estar a solas. «Perdón, nos perdimos viendo el atardecer», dijo Valeria, y me besó, y olía a mar y, debajo, a madera quemada.
Repartí las cervezas tibias.
Y supe, con el estómago hecho un nudo, que esa noche, del otro lado de la pared delgada, iba a pasar algo. Y que yo había aceptado dormir a quince centímetros de que pasara.
◆ ◆ ◆
Cenamos en la terraza, con el mar negro sonando a nuestras espaldas. Había dos sillas y una mesa; yo cené sentado en la hielera volteada, y lo hice por gusto, porque me ofrecí, porque me pareció más cómodo, porque a esas alturas ya me sentaba en cualquier parte con tal de que nadie se levantara.
Y a cierta hora, cuando el silencio entre canción y canción empezó a cargarse, hice lo que mejor sé hacer: me retiré.
Me puse de pie, dije que estaba muerto, que el sol me había acabado, que se quedaran ellos. Lo dije yo. Nadie me echó. Nadie insinuó nada. Me ofrecí, con mis propias palabras, a irme a la cama y dejarlos solos en la terraza, con el mar y las cervezas y la noche entera por delante.
—¿Seguro, mi amor? Ahorita voy —dijo Valeria.
—Sí, sí. Quédense.
Y hubo un segundo, uno solo, en que ella me sostuvo la mirada un instante de más. No sé qué había en ese instante. Con los años he decidido que era una última pregunta, y que la pregunta era: ¿de verdad?
Le di un beso. A Bruno una palmada en el hombro. Y me fui a acostar al cuarto de la pared delgada habiendo arreglado, con mi propia mano, hasta el último detalle de la escena.
Les dejé la terraza. Les dejé la noche. La regla de mi vida entera cabe en ese gesto: no es que Bruno me quitara nada. Es que yo, cada vez, le dejaba la mesa puesta y me retiraba a oír.
◆ ◆ ◆
Valeria vino a la cama a la media hora.
La oí entrar, quitarse las chanclas, meterse del otro lado del canal de las dos camas juntas.
Yo me hice el dormido. Ella se quedó un rato boca arriba, sin tocarme, respirando de una manera que no era la de dormir.
Y en algún momento de esa media hora los dos estuvimos ahí, despiertos, cada uno esperando a que el otro se durmiera primero.
Gané yo. Es la única cosa que gané ese fin de semana y la peor de todas.
La sentí levantarse. La sentí quedarse sentada en la orilla un momento —los mismos diez segundos de siempre, los de la azotea y la cocina y el pasillo de Mauricio—, y después la sentí salir descalza y cerrar la puerta con un cuidado que dolía más que un portazo.
Y me quedé quieto.
Aquí tengo que escribir algo con exactitud, porque me lo he contado al revés mucho tiempo.
Yo todavía podía no saber nada. Ella podía estar en el baño, en la terraza, en la cocina tomando agua.
Cualquier hombre se habría levantado a los cinco minutos.
Ir a ver era lo normal, era lo fácil, eran cuatro pasos.
No me levanté.
Me quedé boca arriba en la oscuridad, con los ojos abiertos, sin moverme, y esperé.
Voy a escribirlo, porque si no lo escribo esto no sirve de nada.
Esperé para oír. Me quedé quieto en esa cama con toda la intención del mundo, conteniendo la respiración para que no me estorbara, girando la cabeza sobre la almohada hacia el lado de la pared.
No fue una desgracia que me cayó encima. Fue un puesto.
La pared empezó a hablar.
Primero fue nada: el mar, un mosquito, la madera de la casa acomodándose, el zumbido de un foco que no estaba. Después, del otro lado, un ruido de resorte. Un solo ruido, seco, el de un peso que se sienta en el borde de una cama.
Silencio.
Y después dos voces bajas que no decían palabras, o que decían palabras que la pared se comía, y de las dos yo solo reconocía una, y la reconocía perfectamente, porque llevaba dos años oyéndola a treinta centímetros de mi cara.
La voz de ella. Un murmullo que no llegaba a ser frase, una vocal arrastrada, una risa cortada que la madera convertía en un rumor de papel.
Y la otra voz —la de él— era un grave que vibraba en la tabla, que no tenía letras, solo una frecuencia que se filtraba por las vetas del pino y me llegaba a la nuca como un zumbido.
No entendía una palabra. No necesitaba entender.
La pared me las comía todas, y yo, boca arriba, con los dedos de una mano clavados en la sábana y los dedos de la otra apretando mi propia muñeca para no moverme, oía lo que la tabla no podía tragar.
El resorte volvió a sonar. Esta vez no fue un peso que se sienta.
Fue un peso que se recuesta —lento, dos resortes distintos, primero uno, después el otro— y el crujido de la madera del marco al recibir una carga doble.
Un cuerpo más, que se acomoda sobre otro, y el sonido de la tela de la sábana estirándose, y luego el del colchón que se hunde en dos puntos distintos, primero en uno y luego en el otro, pero más cerca, siempre más cerca del centro.
Y afine aún más mi oído. Y entonces después de unos minutos las primeras palabras que la pared no pudo tragarse del todo:
—¿Así? —dijo él. Una sola palabra, pero la madera la dejó pasar entera, y yo la oí clara, tan clara como si estuviera sentado al lado de la cama.
Y ella respondió con un jadeo que no era una palabra pero que yo conocía.
Un sonido que había oído cientos de veces en nuestra cama, pero que ahora, filtrado por 15 centímetros de pino, sonaba distinto: más profundo, más rendido, como si la tabla le hubiera quitado el disimulo y dejado solo la verdad.
—Mmm... así —dijo ella, esta vez con voz, y las dos sílabas se colaron por las vetas como agua—. No... no pares.
El cabezal golpeó la pared. Un golpe seco, suave, como quien se acerca para probar.
Después otro. Y otro. Y el ritmo empezó a formarse: uno, dos, tres, pausa; uno, dos, tres, pausa.
La madera crujía, el resorte cantaba en dos tiempos distintos, y yo, boca arriba con la cabeza girada hacia la tabla, podía contar los golpes como quien cuenta los latidos de su propio corazón porque el suyo ya no los sentía.
—Toda —dijo él, y la voz grave se filtraba con un eco que no era de la habitación, sino de la garganta—. Quiero oírte toda.
Y ella lo hizo. Un gemido largo «Mmmmh… ahh…
», que subió desde algún lugar profundo y atravesó la madera como si la tabla fuera un diafragma, y yo sentí ese sonido en el esternón, en los dientes, en la nuca pegada a la almohada.
Era un gemido que yo no le había oído nunca —o que le había oído pero nunca así, nunca con esa entrega, nunca con esa ausencia de control— y mientras lo oía, mi mano izquierda, la que no sabía qué hacer con los dedos, apretaba la sábana hasta arrugarla toda.
—Así, «Ah…» —jadeó ella, y su voz se partía en dos, la primera sílaba y la segunda separadas por un golpe de la pared—. Así... más... más fuerte...
—¿Así? —preguntó él, y en su voz había una sonrisa que yo no podía ver pero que la madera transmitía como una vibración.
La respiración de ella se rompió en una risa cortada, un jadeo que era risa y era gemido al mismo tiempo, y yo oí cómo se movía —cómo su cuerpo se ajustaba contra él—, porque el sonido de la sábana se estiró, el resorte crujió en un ángulo distinto, y el cabezal golpeó con más fuerza, más ritmo, más de esa cadencia que yo podía seguir con los ojos cerrados.
Uno, dos, tres, golpe; uno, dos, tres, golpe.
Y entre golpe y golpe, el chasquido húmedo de su cuerpo contra el de él, un sonido que la pared no podía filtrar porque no era una palabra, era solo el roce de la piel mojada contra la piel mojada, y yo sabía lo que significaba porque yo también lo había oído en mi propia cama, pero nunca así, nunca a través de una pared, nunca con esa certeza de que no era para mí.
—No me sueltes —dijo ella, y las tres palabras llegaron enteras, claras, como si la madera hubiera decidido que ese mensaje tenía que pasarme—. No pares ahora.
Y él no paró. El ritmo se hizo más rápido, más corto, más urgente, y el cabezal golpeaba la pared con una insistencia que hacía vibrar la tabla entera, que sacudía el marco de la cama donde yo estaba, y yo sentía cada golpe en la columna, en los huesos, en la parte de mí que ya no sabía si seguía siendo mía.
La respiración de él se volvió un resoplido grave, un jadeo ronco «Ghh…
» que se filtraba con cada embestida, y ella respondía con gemidos cortos que se cortaban a sí mismos, que se rompían en el aire como vidrio.
—Ah... ah... sí... —el jadeo de ella era un ritmo dentro del ritmo, una respiración que no podía seguir entera porque el golpe de él se la robaba—. Sí... ahí... ahí...
—Dilo —dijo él, y su voz era un gruñido, un reclamo que no pedía sino que exigía—. Dime qué quieres.
—Tú —respondió ella, y la palabra atravesó la tabla con una claridad que me dejó sin aire—. Quiero... tú... no... no pares... no pares...
El ritmo se rompió entonces. El cabezal dejó de golpear la pared con cadencia y se volvió un golpe continuo, desordenado, una embestida sin pausa que hacía temblar toda la casa, y en medio de ese temblor, oí el jadeo de él —largo, profundo, como un animal que suelta el aliento «Nngh…
» — y el de ella, que era un grito contenido «Ohhh…
sí…», una nota que subía y se quebraba y se deshacía en un gemido que no podía ser más de una persona.
Y en ese gemido, en la forma en que se rompía, yo reconocí la parte de ella que nunca me había mostrado del todo.