Cornudo inconsciente (El hombre de mis mujeres 1) Capítulo 9. La primera herida
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Capítulo 9. La primera herida

Salimos un sábado, muy temprano, con el cielo sin decidirse todavía entre la noche y el día.

Bruno manejaba. Valeria de copiloto, con los pies en el tablero y su playlist a todo volumen. Yo atrás.

No hubo discusión sobre los lugares. Bruno se sentó al volante porque el coche era suyo y el mundo también; Valeria adelante, porque adelante es donde va la vida; y yo me acomodé atrás, con las maletas, en el sitio desde el que se mira.

Que ya para entonces era mi sitio en todo, no solo en el coche.

Las tres horas de carretera fueron, vistas desde fuera, perfectas. Cantamos. Paramos por comida en un puesto del camino y Bruno insistió en pagar todo, «ustedes son mis invitados», con esa generosidad ancha que volvía imposible reprocharle nada.

Y sonó la música.

Cuarenta y dos canciones y tres horas de carretera. Yo iba atrás, con la ventana abierta y la cabeza contra el vidrio, haciendo la única cosa que sé hacer, que es llevar la cuenta.

Las nueve canciones mías las reconocí desde el primer acorde. Y en las nueve pasó lo mismo: Valeria se giraba hacia atrás, me buscaba los ojos y cantaba conmigo, feliz, señalándome con el dedo en la parte que sabíamos los dos.

En las otras treinta y tres no se giraba.

En las otras treinta y tres cantaban ellos, adelante, los dos a la vez, sin ponerse de acuerdo, entrando en el mismo compás y equivocándose en la misma letra.

Y una de esas veces Bruno adivinó la siguiente canción antes de que empezara, por los dos primeros segundos, y ella gritó «¡NO PUEDE SER!

» y le pegó en el hombro riéndose, y yo, desde atrás, entendí que no estaban adivinando una canción: estaban recordando una tarde.

Y cuando llegó la número veintiocho no dije nada.

No hacía falta: yo ya la había reconocido tres días antes, sentado en un estacionamiento, con cuatro compases.

Lo que hice esa vez fue mirar por la ventana el paisaje seco de la carretera y aprendérmela entera, compás por compás, para poder reconocerla el resto de mi vida en cualquier bar, en cualquier taxi, sin aviso.

Y en una recta larga antes de llegar, Valeria estiró el brazo hacia atrás sin voltearse y me buscó la rodilla, me la apretó —«aquí estás, no te olvido»—, mientras con la otra mano subía el volumen de una canción que celebraba con Bruno.

Una mano para mí, atrás. La cara entera para adelante.

Esa, entendí mirando su brazo tendido hacia el asiento trasero, iba a ser para siempre mi posición exacta: el que recibe el cariño por encima del hombro mientras la mirada va hacia otro. Le tomé la mano. Se la apreté de vuelta. Acepté el reparto, agradecido hasta de la mano que me daba de espaldas.

◆ ◆ ◆

La cabaña era pequeña y barata, como había prometido Bruno: dos recámaras, un baño, una terraza al frente con dos sillas y una mesa, y el mar por detrás, a treinta pasos de la puerta de atrás.

Yo me había pasado media semana con la fachada en el teléfono, contando ventanas, y no me había servido de nada, porque las dos cosas que importaban de esa casa no se veían desde afuera y las entendí en los primeros treinta segundos, con esa puntería que tengo para detectar justo lo que más va a dañarme.

Las dos recámaras compartían una pared.

Una sola, delgada, de material económico, de las que no detienen ni una conversación en voz baja. Sin pasillo en medio, sin clóset de por medio, sin nada. Toqué la madera al pasar, disimulando, como quien acaricia un mueble. Cedía bajo el dedo.

—Ustedes el cuarto de la ventana grande —repartió Bruno, dueño de la casa como era dueño de todo—. Yo el de junto.

El de junto.

Lo dijo sin malicia, repartiendo cuartos como cartas, y no había otra manera de repartirlos: en una cabaña de dos recámaras y tres personas, esa es la única distribución posible.

Nadie eligió nada. Esa es la parte que hay que entender de todo lo que pasó ese fin de semana: nadie eligió nada, nunca, y aun así todo ocurrió exactamente como tenía que ocurrir.

Y la segunda cosa la vi al entrar al cuarto de la ventana grande. El nuestro tenía dos camas individuales, separadas por un buró. El de Bruno, el de junto, tenía una matrimonial; se veía desde la puerta, ancha, con su colcha de flores.

Ese era el cuarto de dos camas que él me había puesto por escrito el martes —«dos, pero uno tiene dos camas, cabemos de sobra»— y yo lo había leído toda la semana como una promesa de que había espacio. Era eso, exactamente. Había espacio. Solo que el espacio estaba de nuestro lado.

Valeria y yo juntamos las camas esa tarde, sin decir nada, cada uno de un lado, empujando. Quedó una raya en medio, un canal de dos dedos por donde se metía la sábana, y esa raya estuvo ahí las dos noches, debajo de nosotros, exactamente igual que la pared.

Y Valeria no hizo la broma obvia, no propuso otra cosa, no se rio de la casualidad. Recibió la geografía de esa cabaña con un silencio demasiado liso, el silencio de quien ya había pensado en esa pared antes que yo. Empezó a deshacer la maleta tarareando.

Yo me quedé un segundo de pie en la salita, mirando ese muro como se mira el filo de un cuchillo que todavía no ha cortado.

◆ ◆ ◆

El día fue hermoso, y eso fue lo más cruel de todo.

Porque la pasamos bien. De verdad. Nos metimos al mar los tres, nos revolcaron las olas, Valeria gritaba de risa cada vez que una la tumbaba.

Comimos pescado con limón en una palapa y Bruno brindó «por esta amistad que no se acaba nunca», y a mí se me hizo un nudo, porque lo decía en serio, porque para él la amistad y lo otro no se peleaban en ningún tribunal interno.

Hubo un rato en que me senté solo en la orilla a mirarlos.

Bruno cargaba a Valeria sobre los hombros para que ella saltara a las olas, y ella, allá arriba, reía con todo el cuerpo, los muslos apretados contra el cuello de él, las manos en su pelo mojado, y caían los dos al agua y salían abrazados de la risa.

No hacían nada que un amigo no pueda hacer con la novia de otro en una playa. Y hacían, a la vez, todo.

Los miré desde la arena con el sol en la nuca y sentí las dos cosas de siempre, juntas: el cuchillo de verlos tan a gusto en el cuerpo del otro, y, debajo, una dureza en mi pene, que esta vez no esperó la oscuridad.

Se atrevió a salir a la luz del mediodía, frente al mar, mientras yo fingía tomar sol, con gente alrededor y una señora vendiendo mangos a diez metros.

Esa fue la primera vez que mi erección no necesitó la noche. Debí asustarme más de lo que me asusté.

Me metí al agua a los diez minutos, con una excusa que nadie me pidió, y estuve un rato flotando boca abajo, esperando a que se me pasara.

Y mientras esperaba pensé una cosa que ya no se me quitó: que si eso me pasaba a plena luz, con testigos, entonces ya no era una avería nocturna. Ya era yo, a cualquier hora.

◆ ◆ ◆

Después Valeria se quedó dormida sobre mi pecho en una hamaca, salada y tibia, y yo le acaricié el pelo lleno de arena y la quise con toda la mitad limpia de mí, sin una sombra, mientras el mar respiraba enfrente.

Y entonces abrió los ojos —yo la creía dormida—, me miró desde abajo un rato largo, y se le llenaron de lágrimas sin motivo aparente, ahí, en pleno paraíso. No dijo nada. Me apretó la mano que le acariciaba el pelo, se la llevó a los labios, la besó.

—¿Qué tienes? —le susurré.

—Nada. Que te quiero. Que a veces te quiero tanto que me da miedo. —Y se acurrucó más fuerte contra mí, como quien se agarra de un poste en una corriente.

Y ahí estuvo, otra vez, la puerta.

La tercera en pocas semanas, contando la de la taza fría y la del encendedor. Y esta vez ni siquiera hacía falta preguntar nada: bastaba con quedarme callado y esperar, porque una mujer que llora sin motivo en una hamaca está a dos segundos de decir por qué.

Dije: «Yo también te quiero, tonta.» Le besé la frente. Y cambié de tema.

No le pregunté de qué tenía miedo. Pero la conocía ya como se conoce un idioma materno, y supe que lloraba de lo mismo que yo callaba.

Que ella también estaba partida. Que esa escapada que para mí era tortura, para ella era un campo de batalla: quería al de la hamaca y deseaba al de los clavados, y no sabía cómo se vive con las dos cosas sin lastimar a nadie.

No era una mujer frívola pasándola bien a mi costa. Era alguien ahogándose en silencio a un metro de otro que se ahogaba en el suyo, los dos en la misma hamaca, sin poder salvarse porque cada uno era, para el otro, parte de lo que lo hundía.

Esa es la parte de esta historia que no sé cómo contar: que no fue un infierno de principio a fin. El infierno venía justo envuelto en esos ratos de cielo, porque eran esos ratos los que me hacían quedarme. El dolor puro se huye. Es la mezcla la que ata.

◆ ◆ ◆

La grieta llegó al atardecer.

Fui a la cabaña por más cervezas, y cuando volví a la playa ya no estaban. Ninguno de los dos. La toalla de Valeria tendida, las chanclas de Bruno en la arena, pero ellos no.

—Fueron a caminar por allá, a ver las rocas —me dijo la señora de la palapa, señalando un recodo donde la playa se perdía. Y añadió, con la mejor intención del mundo, con esa amabilidad de la gente que trabaja frente al mar—: Ándele, alcáncelos, todavía hay luz.

Le dije que sí, que ahorita.

Me senté en la arena con las tres cervezas calentándose entre las manos y esperé. Cincuenta minutos. El sol bajó. El cielo se puso naranja y después morado y después casi negro, y yo seguí ahí, solo, mirando el punto del horizonte por donde se habían ido y por donde no volvían.

No fui a buscarlos.

Y quiero ser preciso sobre por qué, porque esa hora en la arena es el capítulo entero en pequeño. Buscarlos era arriesgarme a encontrarlos, y encontrarlos era saber. Pero además —y esto es lo nuevo, y esto es lo que me da vergüenza escribir— si los alcanzaba, se acababa.

Se acababa la espera.