Cornudo inconsciente (El hombre de mis mujeres 1) Capítulo 8. Entre el amor y el morbo #3
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Capítulo 8. Entre el amor y el morbo #3

Y treinta segundos después, otro:

«Cualquier cosa me hablas, Gael. Lo que sea. A la hora que sea.»

Me quedé viendo esos dos mensajes en la banqueta, afuera de la facultad, con la gente pasando.

Eso no se le escribe a un amigo que se va de vacaciones. Eso se le escribe a alguien que va a entrar a un quirófano.

Y no le contesté. No le pregunté qué sabía, ni por qué había borrado cuatro veces, ni de qué cualquier cosa estaba hablando. Le puse un pulgar arriba.

Un pulgar arriba. Es el gesto más pequeño que tengo y lo usé para cerrarle la puerta a la última persona que intentó abrirla.

Y me quedé pensando en algo que hasta esa tarde no había ordenado bien. En esos meses, tres personas distintas intentaron detenerme, cada una con lo que tenía a la mano.

Valeria, con una taza fría entre las manos y un «¿qué harías si yo hiciera algo malo?» que era una puerta abierta de par en par.

Mi madre, con un «ten cuidado» dicho despacio, que era todo lo que su prudencia le permitía decir por teléfono.

Y Sofía, con dos mensajes y cuatro borrados, desde una casa que no conozco.

Tres personas. Tres avisos. Y a las tres les contesté lo mismo con distintas palabras: que no se preocuparan, que todo estaba bien.

Nadie me empujó a ese coche. Lo que hay que entender, y lo que me costó veinte años entender, es que hicieron falta tres personas para no lograr sacarme.

◆ ◆ ◆

Valeria llegó de la facultad al anochecer, con una energía de niña en víspera de vacaciones, y se tiró en la cama encima de mi maleta a medio hacer y empezó a sacarme las cosas para criticarlas.

—¿Vas a llevar esto a la playa? —dijo, levantando una camisa de botones—. Gael, vamos al mar, no a una junta. Lleva lo que te haga feliz.

—Me hace feliz la camisa de botones. Es cómoda.

—Eres un viejito —dijo, riéndose, doblándola y metiéndola al fondo—. Un viejito hermoso. ¿Bloqueador llevas? No, claro que no, te vas a quemar como camarón y yo te voy a tener que embarrar crema toda la noche.

Lo dijo riéndose, una broma doméstica, y a mí «toda la noche» se me clavó, porque pensé en las noches de esa playa y en cuántas iba ella, en realidad, a pasar embarrándole crema a quién.

La miré doblar mis camisetas mejor de lo que las doblaba yo, tararear su playlist, llenar el cuarto de ella.

Y me pasó una cosa rarísima, que no me había pasado en meses: que estuve contento.

No fingí estarlo. Lo estuve. Un rato entero, quince o veinte minutos, con ella tirada en mi cama criticándome la ropa, fui un hombre de veintidós años a punto de irse al mar con su novia.

Es importante que quede escrito, porque si no, no se entiende nada.

Esto no era una tortura de veinticuatro horas al día.

Había ratos buenos. Había ratos buenísimos.

Y esos ratos eran, además, lo que sostenía todo lo demás: si hubiera sido solo dolor, cualquiera se va.

Nadie aguanta meses de puro dolor. Lo que nadie aguanta tampoco, y por eso uno se queda, es perder los quince minutos de una mujer riéndose encima de tu maleta.

Y entonces se detuvo, con una camiseta a medio doblar en las manos, y miró por la ventana, y dijo, en otra voz:

—Va a ser un buen fin, ¿verdad? Lo necesito. Necesito reírme. Necesito… —se quedó un segundo callada, midiendo si lo decía— que pase algo. Que algo se mueva.

No me miró al decirlo. Lo dijo hacia el vidrio, como se dicen las verdades grandes. Y luego se asustó de su propia frase y la tapó deprisa:

—Sol, digo. Necesito sol. —Y se rio, y siguió doblando.

Que pase algo. Que algo se mueva.

Lo dejó caer y lo recogió, pero los dos lo oímos. Había en esa frase, otra vez, algo que pedía permiso para algo.

La dejé pasar. Ya era experto en dejar pasar sombras. Pero esta vez —y esto es lo nuevo, y es lo que hace de este capítulo la bisagra que es— no la dejé pasar solo por miedo.

La dejé pasar también porque una parte de mí, la del sótano, quería lo mismo que ella. Quería que pasara algo. Quería que algo se moviera.

Por primera vez su deseo turbio y el mío iban, sin decirlo, en la misma dirección. Y me pregunto todavía, veinte años después, si ella lo supo esa tarde. Si al decir «que algo se mueva» hacia el vidrio, sin mirarme, no me estaba consultando.

◆ ◆ ◆

Terminé de hacer la maleta yo solo, ya de noche, con ella dormida del otro lado de la cama.

Metí el bloqueador que ella había dado por hecho que no llevaba. Saqué la camisa de botones del fondo y la volví a meter, en un acto de rebeldía secreta del tamaño exacto de mi carácter: desobedecerla en una camisa, a sus espaldas, cuando no me atrevía a desobedecerla en nada que importara.

Y al subir el cierre me detuve sobre las dos camisetas que sus manos habían dejado mejor dobladas que las mías, ahí en el fondo, como dos pequeñas pruebas de cariño real metidas dentro del equipaje de mi propia perdición.

No las moví. Quería llevármelas así, dobladas por ella, al lugar donde sabía que iba a romperme: para tener, cuando me rompiera, algo suyo y limpio entre las manos.

Cerré la maleta como quien cierra una decisión que en realidad ya estaba tomada.

Iba a ir a la playa. Lo supe con una calma rara, la del que deja de pelear contra la corriente y se entrega a que lo lleve.

No iba a cancelar, no iba a confrontar, no iba a salvarme.

Iba a meterme en ese coche por mi propia voluntad, con mi maleta hecha por mis manos, y todo lo que pasara ese fin de semana lo habría, en algún sentido vergonzoso, elegido yo.

Bruno no me arrastraba. Valeria no me arrastraba. Yo caminaba, despacio y con los ojos abiertos, hacia el lugar donde más me iba a doler, porque había descubierto que ese dolor, en mí, ya era inseparable de algo que se parecía demasiado al deseo.

Si sonríe, el mundo se calma, me dije a oscuras. Pero la frase ya no significaba lo mismo. Le había crecido un fondo turbio, una segunda voz por debajo.

Prefiero no saber, recé. Y por primera vez no supe ya si prefería no saber lo que ella haría, o lo que yo estaba empezando a desear que hiciera.

A las once y cuarto de la noche vibró el teléfono en el buró. Los dos, el mío y el de ella, al mismo tiempo, porque era el grupo.

Era Bruno.

«Mañana 6. No se duerman.»

Y debajo, un minuto después, otro mensaje que no venía al caso y que nadie le había pedido:

«Va a estar bueno el fin. Se los prometo.»

Valeria no despertó. La pantalla de su lado se encendió, iluminó su cara dormida cinco segundos y se apagó sola, sin que ella lo tocara.

Yo me quedé con la mía en la mano hasta que se apagó también.

Faltaban siete horas para el mar.