Capítulo 8. Entre el amor y el morbo #2
Y la imagen vino completa esta vez. No a fragmentos.
No a destellos. Vino como una película que yo había ensayado sin saberlo, y en ella Valeria estaba en el cuarto del fondo, con la espalda contra la pared de tablas, desnuda, con el pelo suelto, y Bruno estaba frente a ella, arrodillado en el suelo de madera, con las manos en sus muslos, subiendo, abriendo, y la boca de él encontraba su vagina antes de que yo pudiera apartar la mirada.
No la aparté. La sostuve, como se sostiene un vaso que se sabe frágil, y vi sus dedos enredados en el pelo de él, vi su cadera moviéndose contra su boca con un ritmo que yo conocía pero que ahora, vista desde este ángulo, se me antojaba distinto: más urgente, más rendida, más llena de esa entrega que a mí solo me llegaba como pago.
Y entonces él se levantó, la giró contra la tabla, y entró en ella desde atrás, con una lentitud que era casi insolente, como si no tuviera prisa, como si pudiera permitirse el lujo de saborear cada centímetro porque sabía que ella no se iba a ir.
Yo, desde el cuarto de al lado, con la mano en la pared de madera sintiendo las vibraciones de la tabla, veía el arco de su espalda, veía los dedos de él en sus caderas, veía la cabeza de ella caer hacia atrás y su boca abrirse en un gemido que atravesaba la pared—esa pared delgada que yo podía contar con los dedos— y llegaba a mí como un calor que no era mío pero que yo respiraba igual.
Mi mano derecha ya estaba donde sabía que iba a estar.
No recuerdo haberla movido; recuerdo el roce de la tela del pantalón contra mi palma, la urgencia del cierre que se abría solo, la presión de mis dedos alrededor de mi sexo mientras la imagen no se detenía.
La casa de madera tenía tres ventanas, y por ninguna entraba la luz, pero yo veía todo: las uñas de ella clavadas en la madera, el sudor en su espalda, la boca de él en su hombro, y el sonido —ese sonido que mi cabeza inventaba con un realismo que me daba miedo— de la tabla golpeando contra el marco cada vez que él se movía dentro de ella.
No le discutí al cuerpo. No puse música, no me levanté a beber agua, no hice el gesto de luchar que ya no necesitaba hacer.
Me dejé ir con la imagen, moviendo la mano al ritmo del golpe de la tabla, sintiendo cómo el calor se acumulaba en mi vientre mientras ellos se movían más rápido, más hondo, con esa urgencia que yo había visto nacer en los descansos de las escaleras y en las miradas que se cruzaban por encima de las copas.
El orgasmo llegó no como una explosión, sino como una marea: lento al principio, empujándome desde adentro, y luego todo junto, caliente, con el nombre de ella en mi boca y los dedos de Bruno en su cintura en mi retina.
Y cuando la imagen se apagó —cuando la tabla dejó de golpear y la respiración de ella se fue con el viento que no soplaba en esta casa—, no me moví.
Me quedé tendido con el semen en el estómago y la mano todavía húmeda, mirando el techo que no era el de la cabaña, y no sentí nada.
No vergüenza. No alivio. No culpa. Solo el silencio de una casa donde no había nadie más que yo, y el zumbido del refrigerador, y la maleta abierta sobre la cama con sus camisetas dobladas esperando el viaje.
Encendí la luz, por fin. Pero ya era tarde: no iluminó a un hombre engañado y triste. Iluminó a otro. A uno que acababa de quedarse, a propósito, en el lugar exacto de su herida, porque la herida no solo dolía.
Y lo más grave no fue lo que sentí mientras la imagen ardía. Fue lo que sentí cuando se apagó.
Nada.
Me levanté, me limpié con la camiseta que había doblado para el viaje —la que iba a llevar el fin de semana, la que ahora usaba para borrar el rastro de mi propia mano— y la tiré al borde de la maleta sin saber si quería llevármela o dejarla aquí, como un testigo que no necesitaba ver.
Toda mi vida me había creído el sensible, el bueno, el que sufre.
Esa noche la fotografía se rajó. Entendí que el amor que le tenía a Valeria y el morbo de imaginarla con otro no eran rivales.
Salían de la misma raíz, y la raíz era ella.
La amaba tanto que perderla me destruía; y esa destrucción, justo porque la amaba tanto, era la que me encendía.
No podía arrancarme una sin la otra.
Y cuando ella llegó, a la una y media, con el pelo distinto y oliendo a lo que ya olía siempre, la abracé desde atrás en la cocina y le pregunté si se había divertido, y no sentí ni un gramo de lo que había sentido las otras veces. La quise. Nada más. La quise sin pelearme con nada.
El viaje ya había empezado. Y yo, sentado en el borde de la cama con la maleta a los pies, era el pasajero y el mapa al mismo tiempo, sin saber todavía que lo que había construido esa noche no se iba a quedar en mi cabeza. Se iba a volver real. Y esa, la verdadera caída, no había empezado todavía.
Esa noche dormí bien. Es lo que más me cuesta escribir de todo el capítulo.
◆ ◆ ◆
Al día siguiente me llamó mi madre.
Llamaba siempre, con esa puntualidad de reloj que la regía desde que tengo memoria, y tenía un radar para mis bajones que ninguna distancia desactivaba.
—Te oigo raro —dijo a las tres frases—. ¿Estás bien con Valeria?
Y ahí sentí la tentación de la verdad como no la había sentido con nadie.
Mi madre era la única persona que, si yo le contaba, no me iba a aconsejar que aguantara.
Con ella no había riesgo de que me dijera «hablen las cosas» ni «dale tiempo».
Ella iba a decir «déjala, esa muchacha no te conviene, vente para acá», y me lo iba a decir con una violencia inmediata y limpia, y probablemente iba a tomar un camión al día siguiente.
Tenía la frase armada en la garganta: mamá, creo que Valeria me engaña con Bruno. Diez palabras y se acababa mi soledad.
Y ahí está lo que descubrí en esa llamada, y que es lo que de verdad me da vergüenza de ese día: que no callé por proteger a Valeria, ni por vergüenza, ni por no preocupar a mi madre.
Callé porque mi madre me habría sacado de ahí.
Ella era la única persona con fuerza suficiente para meterse en mi vida y desarmarla, y yo, esa mañana, no quería que me la desarmaran. Quería mi viaje. Diez palabras me habrían salvado y por eso no las dije.
—Estoy bien, mamá —dije—. De hecho nos vamos un fin a la playa. Con Bruno y con ella. A despejarnos.
Hubo un silencio del otro lado.
—¿Con Bruno? —dijo, despacio—. Ten cuidado, mijo.
—¿Cuidado de qué? —pregunté, y mi propia voz me sonó a desafío y a súplica a la vez, como si una parte de mí le rogara que terminara la frase, que dijera en voz alta lo que yo no podía.
Y mi madre, que en toda su vida no se calló una sola opinión, se calló esa.
—De nada. Del sol. Ponte bloqueador, que te quemas como tu padre.
Colgamos.
Me quedé con el teléfono en la mano, habiendo tenido a la única persona que me habría rescatado al otro lado de la línea, y habiéndole dado, con una sonrisa en la voz, exactamente la versión que me dejaba seguir hundiéndome.
Y con una pregunta nueva que no me he podido quitar en veinte años: qué vio ella. Qué había visto mi madre en Bruno, alguna tarde, en algún cumpleaños de la escuela, para que le saliera «ten cuidado» antes de poder frenarlo. Nunca se lo pregunté. Tuve veinte años para preguntárselo.
Lo que ella celebraría como mi mejoría era el primer síntoma de mi enfermedad. La paz que la tranquilizaba era la del que se rinde.
◆ ◆ ◆
El viernes en la mañana Valeria compartió la playlist en el grupo.
«Ya quedó. Prohibido quejarse», escribió, y adjuntó la liga.
La abrí sentado en el coche, en el estacionamiento, sin bajarme, con la entrega del viernes en el asiento de al lado y treinta minutos para llegar tarde.
Cuarenta y dos canciones. Estuve media hora bajando con el pulgar, leyendo títulos, y fue una experiencia rarísima: era como entrar a un cuarto de ella que yo no conocía y que además estaba amueblado.
De las cuarenta y dos, yo conocía nueve.
Nueve. Las nuestras: las que sonaban en la casa mientras cocinábamos, las que ella ponía cuando limpiaba, las tres o cuatro que se habían vuelto un chiste privado entre nosotros. Estaban ahí, dispersas, en el orden en que las había ido poniendo.
Y había otras treinta y tres.
No supe de dónde salían. No eran de esa clase de música que uno descubre solo; era música que se pasa, que alguien te enseña, que te queda pegada después de un viaje en carretera.
Y no puedo probar nada de eso, igual que no puedo probar nada en toda esta historia.
Pero yo había vivido dos años con esa mujer y sabía perfectamente qué escuchaba.
Y en el lugar veintiocho, entre dos que no conocía, había una que le di play sin ninguna razón.
Cuatro compases. Cuatro me bastaron.
Era la que ella iba tarareando bajito la noche que salimos de La Cava, caminando de la mano hacia el coche, con el pelo suelto y el vestido rojo.
Aquella noche no la reconocí; solo pensé, con estas palabras exactas, que era una canción que no era nuestra.
No sabía cuál era. Solo sabía que no era mía.
Y ahí estaba, meses después, en el número veintiocho de una lista para un viaje a la playa, y yo por fin sabía de qué lista había salido.
Le escribí en el grupo: «buena selección».
Contestó en menos de un minuto, con un corazón.
◆ ◆ ◆
El viernes en la tarde me escribió Sofía.
No habíamos vuelto a hablar desde la noche de la pasta fría, y su nombre en la pantalla me apretó algo en el estómago antes de abrirlo.
«Oye. ¿Es cierto que se van los tres a la playa?»
Los tres. En cursiva, aunque no llevara cursiva.
Contesté que sí, que salíamos el sábado temprano, que qué padre, ¿no? Puse un emoji de ola. Me odié mientras lo ponía.
Se quedó escribiendo un rato. Vi el «escribiendo…» aparecer y desaparecer cuatro veces. Cuatro. Sofía, del otro lado de la ciudad, redactando y borrando exactamente como Valeria en la banca, exactamente como yo la noche de la pasta. Los tres, cada uno en su casa, con el mismo pulgar.
Al final llegó esto:
«Nada. Que se la pasen bien.»