Capítulo 8. Entre el amor y el morbo
El chat de los tres llevaba toda la semana activo, y yo lo leía como se lee un expediente.
«Yo llevo la música», Bruno.
«NO. Tú no. La última vez nos hiciste oír corridos tres horas. Yo llevo la música», Valeria.
«Está bien, mandona. Tú la música, yo el trago», Bruno.
Lo miré crecer en la pantalla, mensaje a mensaje, como quien ve subir el agua sin moverse.
La última vez. Dos palabras que daban por hecho otras veces, otra carretera, otra música compartida que a mí no me constaba. Y ahí ya no me molesté en fabricar la coartada; había una hielera que se había prestado y no había vuelto, y con eso me bastaba.
Pero lo que de verdad me ocupó esa semana no fue lo que decían. Fue el reloj.
Porque yo estaba en ese grupo. Ese es el detalle que hay que entender, el que vuelve todo esto peor que si me hubieran dejado fuera: yo estaba adentro, con mi nombre y mi foto de perfil, leyendo en tiempo real cómo dos personas se ponían de acuerdo.
Y me puse a medir. Cuánto tardaba ella en contestarle a él.
Cuánto tardaba en contestarme a mí. Cuántas veces uno reaccionaba al mensaje del otro con esa carita mínima que no es una respuesta, pero es una caricia.
Él le contestaba en promedio en dos minutos. A mí, cuando yo escribía algo, había un silencio educado de veinte o treinta y después alguien decía «jajaja sí» o «va».
No es que me ignoraran. Al contrario. Cuando yo escribía, los dos me contestaban, con cariño, con emojis, con esa amabilidad exacta que se le tiene al que hay que incluir.
Y esa fue la lección de la semana, la que me sirvió los veinte años siguientes: que a uno no lo sacan del grupo.
A uno lo dejan adentro y le contestan bien.
Y entonces, un renglón después de la discusión de la música entró otro mensaje. Para mí, dentro del grupo, a la vista de los tres:
«Mi Gael, no se te olvide el cargador, que siempre se te olvida».
Lo leí tres veces.
Mientras coordinaba con Bruno la música y el trago de un viaje en el que los tres sabíamos lo que iba a pasar, encontraba el hueco para acordarse de mi cargador. Para llamarme suyo. Y no era falso.
Esa era la trituradora: que no era falso.
Las dos cosas cabían en el mismo minuto, en la misma mujer, y ninguna de las dos era una actuación.
Yo llevaba meses buscando la grieta por la que se le viera la mentira, y esa semana entendí que no iba a encontrarla, porque no había mentira.
Había dos verdades, una encima de otra, y las dos me tocaban a mí.
Bruno me escribió aparte: «qué bueno que te animaste, hermano, te hacía falta despejarte».
Y lo decía en serio. El verdugo invitándome al patíbulo con la mejor intención, y yo agradeciéndoselo con un emoji.
◆ ◆ ◆
La foto de la cabaña la estudié un martes.
La había mandado él la noche del sábado y llevaba tres días en mi teléfono. Las ventanas ya las había contado esa misma noche, en la cama, a oscuras: tres, todas del mismo lado. Lo que hice el martes fue lo otro. Lo peor.
Me puse a repartirlas.
La abrí con el dedo y la agrandé, y me pasé cuarenta minutos —cuarenta, lo sé porque tenía una cita a las once— trabajándola como se trabaja un mapa.
Una construcción de madera con techo de dos aguas.
Una terraza al frente con dos sillas y una mesa.
El mar detrás, gris, en una foto de agencia de hace diez años.
Si las tres ventanas son de recámaras, hay tres cuartos y no hay problema, pero nadie renta una cabaña de tres cuartos para tres personas y menos «una barata». Si una es de la sala y otra del baño, quedan dos recámaras. Dos recámaras y tres personas.
Y después de eso no supe nada más, porque en una fachada no se ve cómo está repartido lo de adentro.
No sabía si esos dos cuartos daban a un pasillo o si estaban pegados.
No sabía de qué grosor era la madera. Estuve cuarenta minutos delante de una foto para acabar con menos certezas que al principio, que es exactamente lo que hace un hombre cuando lo que busca no es información.
Yo estaba en un pasillo y gente pasando, haciendo cuentas de camas.
Y hubo un momento, mientras agrandaba la foto con dos dedos para ver si detrás del vidrio se distinguía algo, en que me vi desde fuera.
Un muchacho de veintidós años, apoyado en una pared, estudiando la fachada de una casa que no conocía para calcular cuántas paredes lo iban a separar de su novia y su mejor amigo.
Cerré el teléfono.
Y esa tarde, en el chat, escribí la única cosa que salió de mí en toda la semana y que no fuera un «va» o un «jajaja»:
«¿Cuántos cuartos tiene?»
Bruno tardó veinte minutos —los conté, cómo no— y contestó: «dos, pero uno tiene dos camas. Cabemos de sobra».
Cabemos de sobra.
Me quedé leyendo esas tres palabras un rato largo.
Bruno no estaba insinuando nada; era un dato de logística, de esos que él daba con una llaneza absoluta.
Y sin embargo ahí estaba, en mi mano, la arquitectura del fin de semana: dos cuartos, tres personas, y una distribución que nadie iba a decidir por escrito.
No pregunté más. No hacía falta. Y me di cuenta, guardando el teléfono, de que llevaba tres días trabajando sobre esa foto con una concentración que no le había dedicado a ningún examen.
◆ ◆ ◆
El jueves Valeria salió con sus amigas y yo me quedé solo en la casa, con la maleta abierta sobre la cama, a medio hacer, como una pregunta que no me atrevía a contestar.
Cancelar era facilísimo. Una gripe inventada, una entrega de la facultad. Valeria iría igual, claro, con Bruno, pero yo no estaría ahí para verlo, y a lo mejor era justo eso lo que cualquier hombre cuerdo querría: no estar ahí para verlo.
Y lo intenté. Tengo que contarlo, porque es la medida exacta de lo que me estaba pasando.
Abrí el chat y empecé a escribir la huida: «Oigan, creo que mejor me bajo del viaje, me cayó un problema y—».
Lo escribí hasta ahí. Me quedé mirando el cursor parpadear después del guion, esperando la excusa que mi cabeza fabricaba sin esfuerzo.
Tenía la salida escrita. Tenía el dedo encima.
Bastaba completar la mentira y quedarme en casa, a salvo, ciego, entero.
Y lo borré. Letra por letra. Borré mi propia vía de escape con el mismo dedo con que la había escrito.
Ya llevaba cuatro borrados en esta historia —los dos reclamos de la noche de la pasta, el «¿estás despierto?» a Bruno, y ahora este—, y era el primero que borraba en contra de mí mismo. Los otros tres los borré para no molestar. Este lo borré para no salvarme.
Y aquí está lo que esa noche no quise mirar: no lo borré por ella, ni por miedo a que sospecharan, ni siquiera por cobardía de quedarme fuera del grupo.
Lo borré porque no quería bajarme del viaje.
Una parte de mí, la que mandaba esa noche sin que yo le hubiera dado el mando, no quería la salvación que la otra tecleaba.
Cerré la maleta a medio hacer. Seguí doblando camisetas para un viaje del que, descubría con espanto, ya no quería escapar.
◆ ◆ ◆
Esa misma noche, todavía solo, apagué la luz y me hice por fin la pregunta que llevaba meses rodeando.
¿Por qué no he cortado?
Cualquiera, desde fuera, la contesta en un segundo: porque eres un cobarde, Gael, porque le tienes más miedo a la soledad que a la humillación.
Y durante meses esa fue mi respuesta. La del miedo.
El miedo no es vergonzoso; el miedo a perder a quien amas hasta da ternura.
Si yo callaba por miedo, yo seguía siendo el bueno de la historia.
Pero esa noche la respuesta del miedo no me alcanzó. Porque si fuera solo miedo a perderla, ¿por qué acababa de borrar, con mi propio dedo, el mensaje que me sacaba del coche? El miedo explica que uno aguante. No explica que uno acerque la mano a la flama.
Tenía que haber otra cosa.
Y voy a ser exacto, porque llevo demasiadas páginas siéndolo a medias: no era la primera vez.
Ya había pasado la noche de la pasta fría, en esta misma cama, con esta misma casa vacía.
Aquella vez me levanté después y anduve quince minutos por la casa buscando con quién enojarme, y para el fin de semana ya me había convencido de que no había ocurrido.
Lo que cambió esa noche no fue lo que hice.
Fue que no me preparé la coartada.
En vez de espantar la imaginación, no le puse la correa.
Dejé que se fuera hacia el fin de semana —una casa de madera, tres ventanas del mismo lado, dos cuartos que yo no sabía cómo estaban puestos, tres personas de las cuales dos se buscaban— y no encendí la luz grande para espantar al intruso.
Me quedé a oscuras y la dejé dibujar, con una curiosidad nueva y terrible, como quien se asoma a un borde no para saltar, sino solo para medir, por una vez, qué tan hondo es.
Afuera, el zumbido del refrigerador era el único sonido que no dependía de mí.
Adentro, en el espacio vacío de mi cabeza, la casa empezó a levantarse con una precisión de arquitecto: tablas de pino sin pintar, olor a resina y a tierra mojada, tres ventanas en la misma pared mirando al mar, ninguna hacia el camino.
Dos puertas. Una al final del pasillo, la otra al lado de la entrada.
No sabía quién dormiría en cuál, pero mi cabeza sí lo sabía: la del fondo era para ellos, la de la entrada para mí, y la pared que las separaba era delgada, tan delgada que podía contar las vetas de la madera con los dedos si ponía la mano.
Y esta vez, cuando el cuerpo llegó, no le discutí.
Apagué la luz antes de acostarme, pero la oscuridad no era vacío: era el escenario que yo mismo había montado.
La maleta abierta sobre la cama a mi lado —media llena de camisetas dobladas, el neceser, los zapatos para el camino— era el único objeto real en la habitación, y la tenía a la vista, recordándome que esta noche no era un accidente.
Era una preparación. El viaje empezaba en mi cabeza antes de empezar en la carretera, y yo, tendido boca arriba, ya no cerraba los ojos para escapar de la imagen: los cerraba para verla mejor.