Cornudo inconsciente (El hombre de mis mujeres 1) Capítulo 7. El dolor secreto #3
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Capítulo 7. El dolor secreto #3

Y los dos supimos, sin decirlo, que ninguno de los dos estaba hablando de la tarde.

Después se puso a recoger las botellas y se le cayó una, que no se rompió pero rodó hasta la pata del sillón, y ella se agachó a buscarla y tardó en levantarse. Yo la vi desde la cocina, en cuclillas junto al sillón, con la botella ya en la mano y sin levantarse. Cinco segundos. Diez.

Y me acordé de la cocina de la carne asada, y del pasillo de casa de Mauricio donde ensayó una sonrisa frente al espejo, y del filo de la cama la noche de la pasta fría.

Le pasaba en algún momento de la noche, siempre en un rincón donde creía que no había nadie, y a mí me había tocado verla cuatro veces.

Podría haber cruzado la sala. Eran seis pasos. Podría haberme puesto en cuclillas al lado de ella, con las botellas y todo, y decirle: ya, dilo.

Me quedé en la cocina lavando un vaso que estaba limpio, hasta que ella se levantó sola.

◆ ◆ ◆

Esa noche fue particularmente tierna conmigo, particularmente mía, con esa intensidad culpable que yo ya había aprendido a reconocer y a no nombrar: la ternura que era también una disculpa.

Me buscó en la oscuridad con una necesidad que no parecía deseo sino otra cosa, expiación quizá, como si entregándoseme entera pudiera saldar lo que me debía sin tener que nombrarlo.

Y yo la recibí. Sabiendo de dónde venía esa entrega, sabiendo que era un pago, y cobrándolo igual.

No encendí la luz. No hizo falta. Su cuerpo llegó antes que sus palabras —las que no iba a decir—, y sentí sus manos en mi pecho, sus dedos abriendo el botón de mi camisa con una lentitud que no era seducción sino ceremonia, el gesto de quien se desnuda a sí misma antes de desnudar a otro.

No me besó como quien pide, sino como quien entrega: con una boca que se abría para que yo entrara, con un ritmo que marcaba ella, como si cada caricia fuera una moneda que dejaba caer en mi palma abierta.

Su rodilla se deslizó entre las mías, su pelvis presionó la mía, y en el arco de su espalda sentí la rendición de quien ya ha decidido que esta noche no es para ella.

—Tranquila —dije, sin saber por qué—. Estoy aquí.

Era mentira. Lo sabía mientras lo decía.

Porque mi mano izquierda recorría su cadera con una familiaridad que ya no era íntima, sino mecánica —la de quien conoce el camino, pero ya no se pierde en él—, y mi cabeza ya no estaba en la habitación.

Estaba en otra parte, en un cuarto con una ventana alta, contando paredes que todavía no había construido del todo.

Ella se movió sobre mí con una urgencia que no era la suya: era la de alguien que quería terminar rápido la tarea, la de quien paga y no quiere quedarse a deber.

Sus dedos viajaron por mi espalda y se clavaron en mi nuca, y en esa presión sentí que no era para sostenerme a mí —era para sostenerse ella, para no caerse del lugar al que se había subido sola.

Mis manos bajaron por sus costillas, encontraron el borde de su ropa interior y la deslizaron hacia abajo en la penumbra.

Su piel estaba caliente, húmeda, abierta para mí, pero no tenía la humedad del deseo propio —era la humedad de la entrega, del cuerpo que se ofrece porque debe, no porque quiere.

La penetré con una lentitud que no era ternura, era espera: esperaba que ella se moviera, que hiciera algo que me dijera que esto no era solo un pago.

Pero ella no se movió. Solo se abrió más, como quien no quiere dejar espacio para las preguntas, y sus brazos me rodearon el cuello y me sostuvieron contra su pecho mientras yo bombeaba dentro de ella con un ritmo que no era mío —era el ritmo que ella marcaba, el ritmo de quien quiere que esto termine pronto y bien, para poder dormir sin haber tenido que confesar nada.

Yo, mientras tanto, me había ido. No del todo —sentía su calor, su respiración, sus dedos en mi espalda— pero una parte de mí estaba en otro lado, en una cabaña que no tenía ventanas o las tenía todas del mismo lado, contando metros cuadrados, midiendo distancias.

Me preguntaba si allí, en ese cuarto que aún no existía, ella se movía igual.

Si su entrega era la misma. Si la humedad que yo sentía ahora era la misma que sentiría otro, con esa misma mano en la nuca, con esas mismas uñas que ella había pintado la víspera, para otra noche, para otro hombre.

Esa idea, esa sola idea, me empujó más hondo.

Y en el instante en que sentí que el cuerpo me pedía acelerar —que el calor se concentraba y la respiración se me rompía—, ella se tensó a mi alrededor y se quedó quieta, con un gemido que no era de placer sino de cumplimiento, como si hubiera aprobado un examen.

Su orgasmo no llegó con gritos ni espasmos; llegó como un suspiro, como quien firma un documento y lo cierra.

Y yo, un segundo después, me corrí dentro de ella sintiendo que no estaba acabando un acto de amor, sino cerrando un trato.

Me dejé querer. Y mientras la tenía —esto ya lo sabía hacer, ya era un experto— una parte de mí estaba con ella y otra en la cabaña, contando cuartos, sin saber distinguir, en lo oscuro, cuánto de lo que sentía era amor por ella y cuánto era ya el otro apetito, el del sótano, calentándose con lo que venía.

Después de terminar, ella no se apartó. Se quedó sobre mí con la respiración todavía rota, su peso contra mi pecho, y su mano derecha viajó de mi hombro a mi nuca con una lentitud que no tenía prisa.

La dejó ahí, descansando, con los dedos abiertos sobre mi cuello, y yo sentí el roce de sus uñas —uñas rojas, pintadas la víspera, para una fiesta donde yo no había estado—, ese contacto tan leve como una línea de tiza.

Y en ese silencio, quieto, inmóvil, con su mano sobre mi nuca y su aliento en mi oído, no pensé en ella.

Pensé en el cuello de Bruno. En las tres líneas que ella le había dejado la última vez, con esas mismas uñas, en un cuarto que no era este.

Y supe que esa imagen no me había llegado por error: era el verdadero pago de la noche, la moneda que yo había estado esperando sin saberlo.

Ella me había dado su cuerpo para saldar la deuda, pero lo que yo había cobrado era esa certeza: que esas uñas, ahora en mi nuca, ya habían estado en otro lado, y que el calor que ellas me daban no venía de su dedo sino de las huellas que habían dejado atrás.

El reloj marcaba las dos. Ella se durmió en mi pecho con la mano aún en mi nuca, y yo me quedé despierto sintiendo el peso de su cuerpo —que ya no pesaba como antes— y las uñas rojas contra mi piel, como una firma que no era del todo mía.

En la oscuridad, mientras ella respiraba hondo y yo contaba las vigas del techo como antes había contado las paredes de la cabaña, entendí que no había sido reconciliación.

No había sido ternura. Había sido una transacción, y yo la había aceptado sin preguntar el precio, porque el precio, esa noche, era exactamente lo que quería pagar.

Me dormí con ella en brazos, demasiado cansado hasta para el dolor.

Solo me quedó, en la duermevela, el dolor secreto en sus dos capas, una encima de otra como dos mantas que no abrigan: la de saber que la mano que me abrazaba había rasguñado el cuello de mi amigo, y la otra, más honda, más impronunciable, la de que ese saber, en la oscuridad, no solo me doliera.

Si sonríe, el mundo se calma. Sonreía dormida, contra mi pecho, y el mundo no se calmó, pero hizo silencio, que es distinto. Prefiero no saber, me dije por costumbre, aunque ya lo sabía todo.

◆ ◆ ◆

A las dos de la mañana me despertó el teléfono vibrando sobre el buró.

Era Bruno. Había creado un grupo con los tres y había mandado un solo mensaje, una foto tomada de una pantalla, la cabaña: una construcción de madera con techo de dos aguas, una terraza y el mar detrás, gris, en una foto de agencia de hace diez años.

Debajo, tres palabras:

«Ya la aparté.»

Me quedé viendo esa foto un rato largo, con Valeria dormida a mi lado y la pantalla iluminándome la cara en lo oscuro. Conté las ventanas. Eran tres, todas del mismo lado.

Y arriba, donde va el nombre del grupo, Bruno había escrito: Los tres.