Cornudo inconsciente (El hombre de mis mujeres 1) Capítulo 7. El dolor secreto #2
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Capítulo 7. El dolor secreto #2

Yo sí me acordé. Yo la había contado veinte veces en dos años, en la cama, de noche, cuando ella me pedía que le contara cosas de mi vida.

Y en mi boca esa historia era un dato: pasó esto, después esto, y por eso somos amigos.

Bruno no contaba datos. Bruno contaba la tarde entera, el olor del patio, lo que dijo cada quien, y al final aparecía yo, mejorado, convertido en un personaje que valía la pena.

Es lo mismo que hice yo el primer mes: servirle a mi novia un Bruno irresistible, capítulo a capítulo. La única diferencia es que él, con la misma materia prima, me sabía servir a mí.

◆ ◆ ◆

A las siete Bruno se levantó a traer más cervezas.

Escribo esa frase y parece que no dice nada. Se levantó a traer más. Un amigo que se levanta en casa de otro amigo, cosa que hace cualquiera.

Fue a la cocina sin preguntar dónde estaba nada.

Abrió el refrigerador —el nuestro, que tiene la puerta dura y hay que jalarla de abajo— y la jaló de abajo.

Sacó tres. Abrió el segundo cajón, el de la izquierda, sacó el destapador y volvió destapando las tres en el camino, con esa manera suya de hacerlo con el filo de la mesa que a mí me da miedo por la mesa.

Nadie le dijo dónde estaba el destapador.

Yo tardé cuatro meses en aprenderme esta cocina. Cuatro meses de abrir cajones equivocados, porque Valeria la había acomodado antes de que yo llegara y porque a mí me da pena preguntar dos veces la misma cosa. Todavía hoy, si me apuran, dudo entre el segundo y el tercero.

Bruno no dudó.

Me pasé dos días buscándole una explicación decente y encontré una buena: la carne asada.

Bruno se había quedado a recoger, había secado los platos con ella en esa cocina, y un hombre que seca platos aprende dónde va cada cosa.

Claro. Perfecto. Me duró hasta el jueves, cuando me acordé de que para secar platos no hace falta abrir el segundo cajón de la izquierda, y de que las cervezas de esa noche venían destapadas de arriba.

Y aquí está lo que de verdad se me quedó: que no fue un descuido suyo.

Un hombre que quiere disimular no abre el cajón correcto a la primera; abre uno, se equivoca, se ríe, pregunta.

Bruno no disimuló porque ni siquiera se le ocurrió que hubiera algo que disimular.

Para él, saber dónde está el destapador de mi casa era una información sin importancia, del mismo tamaño que saber que la puerta del refrigerador se jala de abajo.

Puso las tres cervezas en la mesa y siguió contando lo que estaba contando.

Yo me quedé con la mía en la mano, fría, mirando el segundo cajón de la izquierda.

Valeria le quitó el teléfono, riéndose, y pasó a otra foto: Bruno a los diecisiete, cargando a una muchacha en la espalda en un jardín.

Era Marian.

La reconocí antes de que la pantalla terminara de cargarla: el pelo, la manera de echar la cabeza atrás, el jardín de aquella fiesta.

Marian, a la que yo le pasé apuntes un curso entero, a la que fui a buscar con una frase ensayada durante semanas y a la que encontré riéndose contra una pared con él.

—¿Y esta quién es? —preguntó Valeria, con un filo pequeñísimo de celos que a mí, en otro contexto, me habría dado risa, y que ahí me dio vértigo: que ella tuviera derecho a celar el pasado de Bruno.

—Ni me acuerdo —dijo él, encogiéndose de hombros—. Una de tantas.

Y no mentía. Esa es la parte que hay que entender: no estaba escondiéndomela ni protegiéndose. De verdad no se acordaba. La tarde que a mí me reordenó la adolescencia entera, a él se le había caído del bolsillo sin darse cuenta, como se le había caído el rasguño del cuello.

«Una de tantas.»

Miré a Valeria guardar en algún lado de sí misma ese «una de tantas», y le vi hacer, en un segundo, el mismo trabajo que yo llevaba semanas haciendo: la cara se le quedó quieta, se rio con medio segundo de retraso y bajó la vista a la pantalla como quien archiva algo en un cajón para no mirarlo hoy.

Y pensé, con una claridad fría: ella sabe que es una de tantas. Lo sabe y aun así.

Esa es la fuerza de Bruno, la que yo nunca tendré: que las mujeres prefieran ser una más de su lista que la única de la mía.

Y hay otra cosa que entendí esa tarde y que me acompañó los veinte años siguientes. Bruno no era un villano frotándose las manos. Probablemente ni siquiera se había puesto a pensar en el daño; para él las cosas pasaban y ya, sin la maquinaria de culpa que a mí me trituraba.

Bruno no me estaba quitando a Valeria. Bruno estaba ocupando un lugar, y el lugar estaba vacío porque yo no lo llenaba, porque yo era el que callaba, el que devolvía encendedores, el que cerraba la puerta cuando ella intentaba confesar.

Un hombre así no necesita un enemigo. Le basta con alguien que se haga a un lado con buenos modales.

◆ ◆ ◆

Cuando ya oscurecía, Bruno propuso algo.

—Oigan, ¿y si nos vamos los tres un fin a la playa? —dijo, estirándose en el sillón, dueño del mundo—. Yo manejo. Conozco un lugar barato, una cabaña frente al mar. Se la pasan encerrados como dos viejitos.

Valeria se incorporó de golpe, con los ojos brillantes.

—Sí, por favor, sí —dijo, y la alegría con que lo dijo fue otra puñalada, porque era la alegría de quien no puede creer su suerte—. Gael, di que sí. Llevo tiempo sin ver el mar. Porfa.

Y ahí, en los segundos antes de mirarme, los vi planear. Fue brevísimo, pero lo vi: cómo armaban el viaje entre los dos, por encima de mí, como dos socios que ya saben cómo se hace.

—Salimos el viernes en la tarde —dijo Bruno.

—El viernes no, mejor el sábado temprano, que Gael entrega el viernes.

—Cierto. ¿Llevas tu hielera, la grande?

—La grande la tienes tú. Te la presté.

—Ah, verdad.

Y siguieron.

Yo me quedé tres frases atrás, en una hielera.

El préstamo no sé cuándo fue. Pero era un asunto con nombre propio, dicho al aire con la naturalidad de lo que los dos daban por sabido, y llevaba dentro una hielera que había ido de una casa a la otra y no había vuelto.

Eso es lo que nadie entiende de esta clase de dolor: que no llega por lo grande.

Yo podía sostener el rasguño. El rasguño era sexo, y el sexo, por horrible que sea, ocurre en una noche y se acaba.

Una hielera prestada no ocurre en una noche.

Una hielera prestada es logística. Es dos personas que se hablan entre semana para cosas de nada, que se guardan objetos, que tienen pendientes menores el uno con el otro. Es una vida.

Y ni siquiera se dieron cuenta de que lo habían dicho. Eso fue lo peor. No hubo un parpadeo, ni un cambio de tema apresurado, ni una mirada de reojo hacia mí. La frase pasó por la mesa como pasan las frases que no significan nada, y siguió la conversación, porque para ellos dos no significaba nada.

Estuve a punto de preguntar. «¿Cuál préstamo?

» Dos palabras, otra vez dos palabras. Y me di cuenta, con el vaso a medio camino de la boca, de que si preguntaba iban a contestarme.

Iban a contestarme con toda naturalidad, iban a decirme «fue tal fin, no te dije porque no venía al caso», y esa respuesta iba a ser probablemente cierta, y con ella yo iba a quedarme sin nada.

Ese es el problema de preguntar cuando ya no hay dudas: que las respuestas te quitan las pruebas.

Y hablaban de mí en tercera persona —«que Gael entrega el viernes»— con un cuidado que parecía amor y que era también la prueba de lo que ya eran: yo no era el tercero de la conversación. Era la variable que había que acomodar.

Y los dos me miraron. Porque el voto que faltaba era el mío.

◆ ◆ ◆

Tenía el «no» en la boca.

Tenía hasta el derecho al «no»: no, Bruno, no voy a meterme en un coche con ustedes dos y dormir bajo el mismo techo, no soy tan idiota. Lo tuve.

Y otra vez calculé lo que costaba cada respuesta.

Decir que no era confesar que sabía. Era abrir, por fin, la conversación que llevaba meses cerrando con caricias.

Y había algo más, más chico y más humillante: si decía que no, ellos iban a ir de todos modos, tarde o temprano, a algún lado, y yo no iba a estar.

La única manera de que no ocurriera sin mí era que ocurriera conmigo.

Pero hubo algo más esa tarde, y tengo que confesarlo porque es el verdadero giro del capítulo. No solo el miedo me empujó al «sí».

También, por debajo, una curiosidad.

Una atracción enferma hacia el borde mismo del precipicio.

Una parte de mí —pequeña, negada— no quería decir que no porque, en algún rincón que apenas me dejaba mirar, quería ir.

Quería estar cerca de eso que me destruía.

La brasa que llevaba semanas encendiéndose a solas, con la pura imaginación, había olfateado de pronto un combustible real: dos días, una cabaña, ellos dos y yo.

Y me oí calcular. Esto es lo que me da vergüenza y por eso lo dejo escrito: mientras ellos discutían horarios, yo ya estaba pensando en la cabaña. Cuántos cuartos tendría. Dónde dormiría cada uno. Si habría una pared en medio o dos.

Un hombre que va a decir que no, no cuenta las paredes.

—Va —dije—. La playa suena bien.

Lo dije yo. Que quede claro: el viaje no lo organizó Bruno. Lo aprobé yo. Con mi voz, con mi boca, con mi cobardía y mi curiosidad hechas sonrisa. Bruno solo abrió una puerta; el que dio el paso al otro lado fui yo.

Valeria brincó del sillón y me abrazó por el cuello, y me besó en la boca delante de él, con un beso alegre y ruidoso de agradecimiento. Fue el beso más generoso que me dio en meses y fue, también, la propina.

Esa tarde le cedí a Bruno no solo un lugar: le cedí un fin de semana entero, y le puse moño.

◆ ◆ ◆

Se fue tarde. Me abrazó en la puerta, me revolvió el pelo como cuando éramos adolescentes, «te quiero, Gael, qué bueno verte», y se fue escaleras abajo, enorme y ligero, sin cargar nada, mientras yo me quedaba en el umbral cargándolo todo.

Valeria cerró la puerta y se quedó ahí, de espaldas a mí, con la mano todavía en la perilla y la frente casi tocando la madera. Cinco segundos, seis. Después se dio la vuelta y traía la cara puesta.

—Qué buena tarde —dijo.

—Muy buena.