Capítulo 7. El dolor secreto
No le dije a Valeria que Bruno venía.
El mensaje lo tenía desde la noche del martes —«¿andas en tu casa el sábado?
Voy un rato»— y le había contestado que sí en dos segundos, sin pensarlo, con el pulgar más rápido que la cabeza.
Después me quedé viendo esas dos palabras mías, «va, cáele», y en algún momento entre el miércoles y el jueves tomé la única decisión activa de todo aquel momento.
No se lo iba a decir.
Escribirlo así, seco, lo vuelve casi ridículo.
Un hombre que no le avisa a su novia que va a venir su mejor amigo.
Pero yo sabía perfectamente lo que estaba haciendo, y lo hice con una frialdad que todavía me sorprende, porque no era propia de mí: monté una trampa.
No para atraparla haciendo algo. Para verle la cara.
Llevaba semanas juntando objetos en un cajón y no me habían servido de nada, porque los objetos no tienen cara.
Una blusa no reacciona. Un encendedor no se sobresalta.
Yo necesitaba, aunque no me lo confesara con esas palabras, medio segundo de reacción humana, y solo había una manera de conseguirlo: que el timbre sonara sin aviso.
El sábado me levanté temprano, hice el café, recogí la sala.
A la una compré botana como quien no quiere la cosa.
A las dos me senté a leer al lado de ella con el corazón bombeándome en las orejas.
Valeria estaba en el sillón con los pies sobre mis piernas, leyendo de verdad, ajena, tranquila, con el pelo recogido con una pluma.
A las cuatro y media tocaron la puerta.
Y ella no se sorprendió.
Eso es todo lo que yo quería saber y lo supe en menos de un segundo.
Lo que hizo un cuerpo que no espera visita habría sido otra cosa: un respingo, un «¿quién será?
», una mirada de sorpresa hacia mí. Lo que hizo el suyo fue quitar los pies de mis piernas, sentarse derecha y pasarse la mano por el pelo, en ese orden, antes de que yo hubiera llegado a la puerta.
No fue el sobresalto de quien no esperaba a nadie. Fue el acomodo de quien se prepara. Un cuerpo que ya sabía que esa puerta podía sonar cualquier tarde.
Me levanté a abrir con las piernas flojas y con una sensación rarísima en el pecho, que tardé años en poder nombrar y que era, aunque suene imposible, satisfacción. La satisfacción del que arma un experimento y le sale.
Y en cuanto abrí la puerta se me olvidó todo.
◆ ◆ ◆
Bruno llegó con cervezas bajo el brazo y esa manera suya de entrar a las casas como si todas fueran un poco la suya.
—Pasaba por aquí —dijo, que era mentira, y era una mentira que los dos sabíamos, porque yo tenía su mensaje en el teléfono desde el martes.
Pero lo dijo hacia adentro, hacia la sala, y no hacia mí.
Bruno decía «pasaba por aquí» en todas las casas a las que llegaba; era una costumbre suya, no un cálculo.
Y esa costumbre, esa tarde, hizo sola el trabajo de una coartada, sin que él tuviera que fabricar ninguna y sin que a ella le hiciera falta pedírsela.
Así funcionaba siempre: Bruno no mentía por nadie. Sus mentiras de siempre servían igual.
Lo abracé. Me levantó un palmo del suelo, como siempre, y olí su perfume, la madera quemada con su fondo animal, ya tatuada en mí de tanto olerla donde no debía. Y por un segundo no fui un hombre traicionado, sino un muchacho de quince años a salvo bajo la sombra de su amigo.
Esa es la crueldad de mi historia: que yo a Bruno lo quería. Si lo hubiera odiado habría sido más fácil. Se puede vivir odiando; el odio da rumbo. Lo que no se puede es querer y saber al mismo tiempo, las dos cosas con la misma fuerza, sin que algo se rompa por dentro, despacio, sin ruido.
Nos sentamos los tres. Destapamos las cervezas. Y empezó una de esas tardes que, vistas desde fuera, eran la estampa de la juventud feliz, y vistas desde dentro de mí eran un velorio en el que solo yo sabía quién había muerto.
◆ ◆ ◆
La marca la vi a la media hora, cuando Bruno se quitó la sudadera porque hacía calor.
Al pasársela por la cabeza se le despeinó el pelo y quedó, por un instante, el cuello expuesto. Y ahí estaba. En un lado del cuello, hacia la base, sobre el músculo: tres líneas paralelas, finas, rojizas, ya un poco cicatrizadas.
Un rasguño. La clase de marca que no se hace uno solo, ni con una rama, ni afeitándose; la clase de marca que deja una mano en un momento en que las manos no miden lo que hacen.
No pude dejar de mirarla. Y ese es el detalle que me delata: que mi reacción no fue de furia, no me levanté, no grité, no rompí la cerveza contra la pared.
Me quedé mirando esas tres líneas con una fijeza enferma, leyéndolas como se lee una sentencia, mientras por fuera asentía a algo que él contaba y me reía en el momento correcto.
Y noté, además, que Bruno no las tapaba.
Que se había quitado la sudadera en mi sala, delante de mí, con eso en el cuello, y que no se acomodó el cuello de la camiseta ni se pasó la mano por ahí ni una sola vez en toda la tarde.
No lo hizo por descaro. Estoy casi seguro de que no lo hizo por nada: se le había olvidado.
A un hombre como Bruno un rasguño en el cuello se le olvida, igual que se le olvidaría, más tarde esa misma tarde, el nombre de una chica en un jardín.
Lo que a mí me iba a costar seis meses de vida a él ni siquiera le había ocupado un pensamiento por la mañana, frente al espejo.
Conocía esa mano. La había tenido esa misma tarde a treinta centímetros de mi cara, sosteniendo un libro, con las uñas que yo le había visto pintarse de rojo el viernes, antes de salir, en el baño, canturreando, sin imaginar —¿o imaginando perfectamente? — para qué noche se las pintaba.
Una blusa se explica, y un perfume se explica, y hasta un encendedor se explica. Pero un rasguño en el cuello de Bruno y unas uñas rojas en la mano de Valeria son las dos mitades de una misma frase, y yo, que vivía de armar frases, no pude evitar leerla entera.
◆ ◆ ◆
Y entonces volvió Valeria de la cocina con más cervezas, y vi la sonrisa.
Al entrar a la sala sus ojos fueron hacia Bruno —no hacia mí, que la esperaba; hacia él— y se le encendió en la cara una sonrisa que yo conocía perfectamente, porque me la había dedicado ella a mí, hacía más de dos años, en una biblioteca.
Una sonrisa de más, demasiado rápida, demasiado plena para un amigo del novio, que se le escapó antes de poder medirla y que ella apagó medio segundo después al darse cuenta.
Pero yo vi el primer fogonazo. Y vi, sobre todo, cómo los ojos de ella bajaron un instante, sin querer, al cuello de él, a las tres líneas, y cómo algo le cruzó la cara antes de que sirviera las cervezas con una voz perfectamente normal.
Porque una mujer mira distinto la huella que dejó por descuido que la que dejó por deseo. Y esa mirada de Valeria al cuello de Bruno no era de descuido. Era la de quien reconoce su firma en una obra y, por un segundo, antes de la culpa, se gusta a sí misma en ella.
Ahí se cerró el círculo. La marca y la sonrisa, las dos mitades, encajaron delante de mí con un clic que solo yo oí.
Y junto con la puñalada se removió, abajo, puntual, la brasa.
Mirar esas tres líneas, imaginar la mano que las hizo, no solo me partía: me encendía ese rincón clausurado de mí.
Ese era mi dolor secreto, el que no podía contarle a nadie: no solo que ellos dos, sino que yo, mirándolos, sintiera lo que no tenía ningún derecho a sentir.
—¿De qué tanto se ríen? —dijo Valeria, repartiendo las cervezas.
—De nada —dije, sonriendo—. Cosas viejas. No entenderías.
Y esa frase, que dije para tapar, fue la única mentira de la tarde que me dolió al decirla. Porque era exactamente al revés. El que no entendía nada era yo.
◆ ◆ ◆
Lo más cruel de esa tarde no fue la marca ni la sonrisa. Fue lo bien que la pasamos.
Porque la pasamos bien. De verdad. Bruno sacó una vieja foto de la escuela que tenía en el teléfono —salíamos los dos de uniforme, él al centro con el brazo levantado y yo flaquito y serio en una esquina, medio fuera de cuadro, como salía siempre— y nos reímos hasta que me dolió la cara.
—Es que mírate —decía Valeria, acercando la pantalla—. Eres exactamente igual. La misma cara de «alguien acaba de decir algo incorrecto y yo lo sé».
—Es que alguien acababa de decir algo incorrecto.
—Ya sé. Por eso.
Bruno me pasó el brazo por el hombro y le contó a Valeria, otra vez, la historia del día que me defendió en el receso. La contó bien, como contaba todo, con la pausa en el sitio exacto.
—Este flaco, míralo —decía, sacudiéndome con cariño—. Parece que no rompe un plato y es el más cabrón de todos. Le debo media escuela. Si yo pasé fue por el cerebro de Gael. —Y después bajó la voz, hacia Valeria, como quien revela un secreto—: A este hombre cuídamelo, ¿eh? No hay otro igual.
«Cuídamelo.»
La misma palabra que me había dicho a mí en una banqueta meses atrás —«cuídamela»—, ahora invertida, dicha a ella sobre mí, los dos turnándose para encargarse el uno al otro como si yo fuera un bien precioso y frágil que se hereda.
No lo dijo con maldad. Lo dijo con amor. Esa es la trampa que nadie entiende: que su amor de verdad por mí convivía, sin estorbarse, con lo que le hacía a Valeria de noche. Tuve que mirar a otro lado para que no se me notara que se me llenaban los ojos.
Valeria se rio y le dio un empujón en el brazo.
—Es que tú cuentas todo como si te acabara de pasar hoy —le dijo—. Yo llevaba dos años oyendo esa historia y me la sabía distinta. Más chiquita.
Lo dijo sin ninguna intención. Sin compararme, sin nombrarme, sin ponerme en ningún lado de la frase; hablaba de él, de su manera de contar, con la admiración técnica con que se comenta un truco de cartas.
Ni siquiera se acordó de que la historia que ella se sabía «más chiquita» se la había contado yo.