Cornudo inconsciente (El hombre de mis mujeres 1) Capítulo 9. La primera herida #4
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Capítulo 9. La primera herida #4

Se metió despacio, fría de la madrugada, oliendo a él. Se acomodó contra mi espalda y me pasó un brazo por encima, buscándome en sueños, o fingiendo que en sueños.

Yo tenía los ojos abiertos en la oscuridad y no me moví.

La dejé abrazarme. No le reproché la hora, no me aparté, no hice nada, porque hacer algo era empezar el fin, y yo había decidido, una hora antes, en esa misma cama, que no iba a empezar el fin.

Y hubo, en el peso tibio de ese brazo, en el cuerpo cansado de lo que acababa de hacer apretándose contra el mío, una cosa que me cuesta escribir: que no sentí solo el cuchillo. Sentí también, abajo, la excitación reconociéndola, reconociendo de dónde venía ese cansancio, y encendiéndose despacio.

Le retuve el brazo contra el pecho.

Y no supe si la retenía por amor, por miedo, o porque el cuerpo que volvía a mí de hacer aquello me encendía de un modo que hasta esa madrugada solo había existido en mi cabeza, en una casa vacía, con la puerta cerrada.

Lo había imaginado, sí. Llevaba semanas imaginándolo.

Lo que no había imaginado nunca era que fuera a ser verdad y que la verdad se sintiera así.

Nos quedamos los dos despiertos y quietos un rato largo, cada uno fingiéndole el sueño al otro.

Sé que ella también estaba despierta porque su respiración no cambió nunca de ritmo, y una mujer dormida cambia de ritmo.

Estuvimos así hasta que la ventana se puso gris: dos personas abrazadas en dos camas juntas, con los ojos abiertos, mintiéndose con la respiración.

◆ ◆ ◆

La mañana siguiente hubo café y fruta y toallas tendidas, y yo participé en todo eso con el cuerpo, que es lo que hay que hacer.

Bruno hizo café y salió a la terraza sin camiseta a estirarse frente al mar, enorme y descansado. «Qué bien se duerme aquí, ¿no? Yo dormí como rey.»

Lo dijo sin doble sentido. Estoy seguro. Bruno no hacía dobles sentidos: decía las cosas y las cosas, en su boca, tenían un solo piso. Es de las cosas que más me han costado de todo esto: que la frase que más me dolió en veinte años fuera una frase sin intención.

Y las tres líneas del sábado pasado, ya casi borradas, tenían compañía: dos marcas nuevas, más abajo, más frescas, que ninguno mencionó y que los tres vimos.

Vi a Valeria verla. Vi cómo apartó los ojos, rápido, con un rubor que no era de vergüenza ante mí sino de algo más íntimo: la incomodidad de quien se topa a la luz del día con la letra de su propia mano.

Nadie dijo nada. Esa fue la conversación más sincera de todo el viaje: tres personas mirando, en silencio, una marca, entendiéndolo todo, y los tres sirviéndose fruta.

Y en algún momento de esa mañana Valeria se acercó a mí en la cocina, por atrás, y me abrazó, y apoyó la frente entre mis omóplatos, y se quedó así. Sin decir nada. Diez segundos, quince. Yo seguí lavando un plato.

Ninguno de los dos dijo una palabra, y esos quince segundos fueron lo más parecido a una confesión y a un perdón que hubo en todo el viaje.

◆ ◆ ◆

Recogimos la casa, cargamos el coche.

Pasé una última vez por el cuarto de las dos camas juntas a recoger mi maleta y me quedé un segundo mirando ese muro liso, barato, inocente, que no sabía lo que me había hecho. Le puse la mano encima, con la palma abierta, como quien toca el vidrio de una vitrina.

Las dos camisetas seguían donde las había dejado a las cuatro de la mañana, hechas bola entre las sábanas. Las doblé otra vez, lo mejor que pude, que no es como las doblaba ella, y las metí hasta el fondo.

Durante las tres horas de regreso miré otra vez sus dos nucas recortadas contra el parabrisas, la grande y la rubia, y ya no eran las mismas del sábado, o yo ya no era el mismo que las miraba.

Algo se había quedado en esa casa junto al mar. Una primera piel: la del hombre que todavía no sabía.

Valeria, adelante, puso una canción suave —una de las nueve, una de las mías— y me buscó la mano hacia atrás, entre los asientos, sin mirarme.

Se la tomé. Por supuesto que se la tomé.

Y contra toda razón, con la mano de esa mujer en la mía, se me aflojó el pecho.

Y esa calma falsa bajándome por el pecho mientras le sostenía la mano a la mujer que acababa de oír con otro fue la prueba final de que el viaje me había cambiado para siempre: porque ya no era solo su sonrisa la que me calmaba el mundo.

Empezaba a calmármelo, también, saber mi lugar.

◆ ◆ ◆

Bruno nos dejó en la puerta del edificio ya de noche. Bajó las maletas, nos abrazó a los dos a la vez y nos levantó un palmo del suelo, igual que la primera noche, en otra banqueta, hacía una vida.

—Estuvo increíble —dijo—. Hay que repetirlo.

—Hay que repetirlo —contesté.

Lo dije yo. Otra vez lo dije yo, y esta vez ya sin ninguna de las coartadas que me habían servido todos esos meses: sin no saber, sin dudar, sin poder decirme después que había sido un malentendido.

Se subió al coche y arrancó, y Valeria y yo nos quedamos en la banqueta con las maletas a los pies, quemados de sol, en silencio, mirando cómo se iba.

Y ella, sin voltear a verme, todavía mirando la esquina por donde había desaparecido el coche, dijo una sola cosa:

—Gracias por venir.