Cornudo inconsciente (El hombre de mis mujeres 1) Capítulo 6. Evidencias veladas
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Capítulo 6. Evidencias veladas

Busqué durante dos semanas. Encontré cinco cosas. No hice nada con ninguna.

Eso es todo el capítulo y podría acabarlo aquí, pero entonces no se entendería lo peor, que no es lo que encontré sino en qué me convertí buscándolo.

Un hombre que registra la ropa sucia de su novia ya no es un novio.

Es otra cosa. Y esa otra cosa, además, no busca la verdad: busca el punto exacto donde poder parar de buscar sin sentirse cobarde.

Yo nunca encontré ese punto. Por eso encontré cinco.

◆ ◆ ◆

Una blusa fue lo primero.

Un domingo, juntando la ropa para lavar, encontré una suya, blanca, del revés, con las costuras hacia afuera y la etiqueta colgando, como se quita una prenda con prisa.

Le faltaba el botón de más abajo, arrancado, con dos hilitos reventados todavía en la tela.

La olí —ya me había vuelto un animal que olfatea— y solo olía a ella.

Casi me alivió.

Y ahí está el primer síntoma de lo que me estaba pasando, y quiero dejarlo escrito antes de seguir: que yo, esa mañana, con la blusa en las manos, estaba trabajando.

Con método. Le di la vuelta, revisé el otro puño, miré si faltaba algún otro botón, puse la tela contra la luz de la ventana para ver si los hilos estaban cortados o reventados.

Reventados. Y el botón no estaba en ningún lado: ni en la bolsa de la ropa, ni en el piso del cuarto, ni en el fondo de la lavadora.

Un botón que se cae en tu casa aparece en tu casa. Ese no apareció nunca.

La doblé con un cuidado ridículo y la metí al fondo del cajón de abajo, el de las cosas que no se usan, donde ya no tuviera que verla.

Y seguí con mi domingo. Tendí lo demás, barrí, hice como que leía.

Pero cada cierto rato volvía al cajón, lo abría unos centímetros, miraba la blusa ahí al fondo y lo cerraba otra vez.

Me pasé la tarde inventándole coartadas a un botón: se enganchó en la mochila, se cayó en la calle, la prisa de la mañana. Y esa fue la cosa que no quise mirar: que un hombre que fabrica defensas tan rápido es porque ya cree en la culpa. Uno no le inventa excusas a lo que cree inocente.

Esa noche dejé la blusa doblada de un modo particular, con la manga hacia fuera, para saber si alguien abría el cajón.

Nadie lo abrió nunca. Yo sí, once veces en dos semanas. Las conté, porque llevaba la cuenta de todo.

◆ ◆ ◆

El código del teléfono celular lo vi un martes, en el reflejo de la ventana de la cocina.

Ella estaba sentada a la mesa, de espaldas a mí, y yo lavaba los trastes.

Afuera ya era de noche y el vidrio, con la luz de adentro, funcionaba como un espejo malo pero suficiente.

Pasé detrás de ella a dejar un plato en la mesa —esto lo hice sin ninguna intención, y no me sirve de nada, porque lo que hice después fue con toda la intención del mundo— y en el reflejo vi su pulgar bajar sobre el teclado.

No leí los números. Leí las posiciones: arriba a la izquierda, en medio, abajo a la derecha, en medio otra vez. Cuatro golpes. Los traduje esa misma noche, con el teclado de mi propio teléfono debajo de la sábana, y me salieron cuatro números.

No los reconocí. Ese fue el primer golpe, y llegó antes que la idea de usarlos.

Al día siguiente, en la biblioteca, con el libro abierto en una página que no leí, hice una cosa de la que no me enorgullezco y que retrata mejor que nada en qué me había convertido: agarré una hoja en blanco y me puse a descifrarlos.

Probé fecha. Los dos primeros como día y los dos últimos como mes: el segundo par pasaba de doce, así que no era una fecha.

Al revés tampoco. Probé su cumpleaños al derecho y al revés, el mío, el día en que empezamos, el número de su casa, el de la mía, los últimos cuatro de su teléfono, los últimos cuatro del mío.

Probé, y esto lo escribo con la cara caliente, la fecha del jueves de La Cava.

Nada. Ninguna combinación daba en nada.

Me quedé con la hoja delante, tachada entera, en una biblioteca llena de gente estudiando, y entendí que eso era peor que cualquier resultado.

Si hubiera sido una fecha, yo habría tenido algo: un día, un hilo, una pregunta.

Cuatro números que no son nada no se pueden interrogar. Solo se pueden usar.

Doblé la hoja en cuatro y la tiré en el bote de la salida, y en el camino a la casa me di cuenta de que acababa de pasar dos horas de mi vida haciendo trabajo de archivo sobre mi propia novia.

Y aquí es donde el asunto cambia de naturaleza, y quiero que quede claro, porque es la diferencia entre las primeras semanas y todo lo que vino después.

Antes había una pared. Una pared no te pone a prueba: te limita, y uno puede vivir tranquilo con un límite y hasta sentirse decente.

A partir de ese martes ya no hubo pared.

Hubo una puerta y hubo una llave en mi bolsillo, y cada día que pasaba sin abrirla era un día en que yo elegía.

Y lo que se elige a diario se acaba pareciendo mucho a lo que uno es.

La letra la vi dos días después, en la cena, cuando el teléfono le vibró boca arriba junto al plato y ella tardó medio segundo de más en voltearlo. Medio segundo alcanza para leer una línea. Arriba de todas las conversaciones había una que no tenía nombre.

Tenía una letra.

Podía ser cualquiera. Bárbara, Beatriz, Brenda.

Hice la lista de bes inocentes como un rosario, tirado en la cama, con los cuatro números dándome vueltas al mismo tiempo.

Y noté lo escalofriante: que en mi lista nunca metía la suya.

Saltaba por encima de su nombre con cuidado de funámbulo, porque nombrarlo, aunque fuera para descartarlo, lo habría hecho real.

Una mujer que no esconde nada no le pone una letra a un contacto. Y una mujer que le pone una letra a un contacto no lo hace por si alguien mira: lo hace porque ya sabe quién va a mirar.

◆ ◆ ◆

La tarde siguiente se metió a bañar y dejó el teléfono sobre la cama, boca abajo.

La regadera corriendo del otro lado de la pared. El aparato a un brazo de distancia. Y los cuatro números en mi cabeza, calientes, listos, repasados toda la noche anterior como quien afila algo.

Lo tomé. Lo confieso con la cara ardiendo: lo levanté, sentí su peso, le vi mi propio reflejo en la pantalla negra. Lo desperté con el pulgar, salió el teclado, marqué el primer número y me detuve ahí, con una casilla llena y tres vacías.

Tres números más. Treinta segundos y lo sabría todo: quién era la letra, dónde estuvo, con quién, desde cuándo.

Me quedé así, el pulgar en el aire, oyendo la regadera, oyéndome el corazón.

Y hay una cosa que necesito escribir aquí con exactitud, porque durante años me la conté al revés. No me detuvo la decencia. Me detuve porque hice, en dos segundos, una cuenta de comerciante: calculé lo que ganaba y lo que perdía, y perdía más.

La verdad oída de lejos, intuida, olida, todavía deja un resquicio para la duda que me salva.

La verdad leída con todas sus letras cierra el resquicio para siempre.

Y yo vivía en ese resquicio. Era mi única casa.

Además —y esto es lo que ningún hombre confiesa— si leía, tendría que actuar.

La verdad obliga. Un hombre que lee un mensaje y no hace nada, ya no puede seguir diciéndose que no hace nada porque no sabe.

Borré la casilla. Solté el teléfono exactamente como estaba, boca abajo, alineado con el borde de la cama, y salí del cuarto con las manos temblando. No de la culpa de haber estado a punto de espiar.

Del alivio cobarde de no haberlo hecho.

Volví a la cocina y me puse a picar una cebolla que no hacía falta picar.

Ella salió del baño con la toalla en la cabeza, me abrazó por atrás y me preguntó qué estaba haciendo.

Le dije que la cena. Se quedó abrazada a mi espalda un rato, tibia y mojada, mientras yo picaba una cebolla que no iba a usar, con la mano firme y los cuatro números todavía dándome vueltas.

Nunca me sentí más lejos de nadie.

◆ ◆ ◆

La siguiente prueba ya no estuvo en la ropa ni en la pantalla. Estuvo en ella.

Volvió una noche, no tan tarde, de salir «con sus amigas».

Y esta vez no fue el rastro tenue de la chamarra, ni el fondo debajo del humo de un bar.

Al abrazarla en la puerta, al hundir la cara en su cuello como hacía siempre, lo sentí completo: madera quemada con su fondo oscuro y animal, en la piel, en el hueco del cuello, en el pelo.

Impregnada. El perfume de Bruno —porque ya no podía fingir que no sabía de quién era ese olor, lo conocía desde adolescente— en el cuello de mi novia que venía de estar «con sus amigas».

Y después ocurrió lo que de verdad me quitó el piso, que no fue el olor.

No dijo nada.

Ni «perdón por la hora», ni «se me fue el tiempo», ni «ya sabes cómo soy», ninguna de las tres monedas con las que me venía pagando desde hacía meses. Se quitó los zapatos, se lavó los dientes, se metió a la cama y se durmió en cuatro minutos.

Una coartada, por mala que sea, es un gesto de respeto: significa que todavía hay alguien enfrente al que hay que convencer.

Esa noche no me convenció de nada porque ya no le hizo falta.

Y una mujer deja de dar explicaciones cuando ha decidido, en algún lugar de sí misma, que el otro no va a pedirlas.

Yo no las pedí. Confirmé su cálculo.

◆ ◆ ◆

Pero antes de eso, en la puerta, cuando todavía la tenía abrazada y el olor me estaba entrando, pasó lo que más me cuesta escribir.

Junto a la puñalada se removió, abajo, la brasa.

Estaba abrazándola, oliendo en su cuello a otro hombre, con el corazón hecho pedazos, y algo oscuro y caliente se desperezó en ese lugar de mí que yo había jurado clausurar la noche de la pasta fría.