Capítulo 5. El vacío #3
Apagué la luz y me metí a la cama a oscuras. No quería que me viera despierto esperando; o, más cierto, no quería que me viera la cara, no fuera a leerme lo que había pasado en esta casa mientras ella no estaba. Fingí dormir.
La oí soltar los zapatos, la bolsa. La oí tomar agua en la cocina. Y después la oí no moverse.
Eso es lo que más se me quedó de esa noche, más que el pelo o el olor: que se sentó en la orilla de la cama, de espaldas a mí, y se quedó ahí sentada un rato largo sin hacer absolutamente nada.
No la oí desvestirse, no oí el teléfono, no la oí acostarse.
Yo contaba su respiración con los ojos cerrados.
Cuatro minutos, cinco. Una mujer que vuelve contenta de una noche buena no se sienta cinco minutos en el filo de una cama a oscuras.
Después se movió, se cambió, se metió con cuidado de no despertarme, con una delicadeza que en otro momento me habría parecido amor y que esa noche me supo a otra cosa. Y llegó el olor: a noche y a humo y, debajo, madera quemada con un fondo animal que ya no necesitaba nombrar.
—¿Estás despierto? —susurró.
No contesté enseguida.
Y en ese silencio que dejé crecer ocurrió la última cosa de la noche, la más definitiva.
No le pregunté dónde había estado. No le reclamé las tres horas, ni el teléfono muerto, ni el olor.
Pero mi silencio ya no era el silencio asustado de las otras veces, el del que calla para no perderla.
Era un silencio nuevo, denso, porque mientras callaba la imaginaba otra vez, y esa imaginación volvía a rozar la brasa, y yo, horrorizado, callaba también para que ella no notara que callar había empezado, esa noche, a tener para mí un sabor que no me atrevía a confesar.
—Estoy despierto —dije al fin, con la voz más neutra que pude—. ¿Te divertiste?
—Mucho —murmuró, acomodándose contra mi espalda—. Perdón por la hora. Se me fue el tiempo. Ya sabes cómo soy.
—Ya sé cómo eres —dije.
Y era verdad y no era verdad, como todo, aquella noche. Sabía cómo era ella. Lo que acababa de descubrir, lo que me quitaría el sueño los años por venir, era cómo era yo.
Se acomodó mejor, me pasó el brazo por encima y dijo, contra mi espalda, con la voz ya deshaciéndose:
—Gracias por lo de hoy.
Y se durmió.
Me quedé con esas cinco palabras encima como se queda uno con un peso en el pecho.
Gracias por lo de hoy. No por la cena, que no cenamos.
No por esperarla, porque yo le había hecho creer que no la esperaba.
Solo quedaba una cosa de ese día por la que darme las gracias, y era la de las cinco de la tarde, en la cocina, con el trapo al hombro.
Ve. Sales poco últimamente.
Yo le había dado la tarde. Ella me la estaba agradeciendo. Y las dos cosas eran, técnicamente, actos de amor.
◆ ◆ ◆
No dormí. La sentí dormirse a ella en minutos, con esa facilidad suya para entregarse al sueño igual que se entregaba a todo, su cuerpo tibio contra el mío, presente y ajena al mismo tiempo.
El vacío, había creído yo hasta esa noche, era el hueco que ella dejaba cuando no estaba.
Pero esa madrugada entendí algo peor: que el vacío ya no estaba del todo vacío.
En el fondo de esa ausencia había empezado a crecer algo que no era solo dolor, una presencia oscura y cálida que ocupaba el lugar de ella cuando ella no estaba, y que —esto era lo intolerable— no me daba solo miedo.
También, Dios me perdone, me hacía compañía.
Esa era la trampa, la que tardaría años en cerrarse del todo pero que se armó entera esa noche, en silencio: que si su ausencia me encendía, entonces su ausencia ya no era solo lo que yo temía. Era, también, en un rincón que apenas me atrevía a rozar, algo que una parte de mí podía llegar a buscar.
Y un hombre que empieza a sacarle algo a su propia herida es un hombre que ha dejado de querer curarse.
Afuera empezó a aclarar. A esa luz gris miré a Valeria dormida: la boca entreabierta, una mano abierta sobre la almohada como una niña.
Tan inocente dormida, tan culpable despierta, o las dos cosas a la vez, que ya no sabía.
Lo que sí sabía, con la única certeza nueva y horrible de la noche, era que el culpable de algo, esa madrugada, también era yo.
Si sonríe, el mundo se calma, me dije, esperando que el conjuro funcionara.
Sonrió, dormida. Y por primera vez no me bastó, porque el desorden de esa noche ya no era el de afuera, no era el de ella, no se arreglaba con que sonriera.
El desorden estaba ahora dentro, en un sótano, y allá abajo no llegaba ninguna de sus sonrisas.
Algo se había encendido que ya no iba a apagarse. Lo tapé con ceniza. Recé para que estuviera apagado por la mañana.
No lo estaba.
Y a las siete, con ella todavía dormida y la casa oliendo a vela apagada, hice la primera cosa deliberada de toda esta historia.
No fue hablar. No fue preguntar. Me levanté sin hacer ruido, fui al baño, y desde el baño, sentado en la orilla de la tina con la puerta cerrada, empecé a hacer una lista mental de todo lo que había visto en esas semanas y no había querido leer.
Al que se conforma con no saber le queda una salida decente, que es no buscar. Yo esa mañana la cerré también. Empecé a buscar.