Cornudo inconsciente (El hombre de mis mujeres 1) Capítulo 5. El vacío #2
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Capítulo 5. El vacío #2

Antes me habría dicho que luché. Sería más cómodo escribirlo así, y durante años me lo escribí así.

La verdad es otra, y ya no tengo edad para maquillarla: hice el gesto de luchar.

Puse música y no la oí. Abrí un libro y leí la misma línea diez veces sin que entrara.

Me serví más vino, que es lo contrario de luchar.

Y en algún punto entre una cosa y otra dejé de hacer el gesto.

La imaginación de un hombre que espera a oscuras no obedece a su dueño. Es un animal con voluntad propia, y esa noche se levantó, olfateó el aire y se fue, sola, hacia el único lugar del que yo quería apartarla.

Empezó a construir, y construía con un cuidado de escenógrafo que a mí me daba pánico.

Primero el cuarto: uno que no era este, más grande, con una ventana más alta.

Después la ropa, que la puso doblada sobre una silla, porque hasta en eso mi cabeza fue detallista.

Después el sonido de la calle entrando, que era distinto del sonido de nuestra calle.

Y ahí me pasó lo que no esperaba.

A Bruno no tuve que inventarlo. A Bruno lo conocía; lo tenía completo desde adolescente, con sus hombros y su manera de arremangarse y su voz. Mi cabeza lo puso en ese cuarto sin ningún esfuerzo, como quien pone un mueble que ya tiene.

A ella sí tuve que inventarla.

Y la mujer que mi cabeza puso en ese cuarto no era la que dormía conmigo.

Tenía la cara de Valeria y el pelo de Valeria y era, con toda claridad, Valeria, pero hacía cosas que yo no le había visto hacer nunca, y hacía sobre todo una: se abandonaba de una manera que conmigo no.

En mi propia imaginación —en la mía, montada por mí, en mi casa, con mi vino— la mujer con la que llevaba dos años estaba siendo alguien que yo no conocía.

Eso fue lo peor. No la escena. El casting.

Y el cuerpo llegó antes que el juicio.

Ya no estaba de pie junto a la ventana. No recordaba haberme movido, pero la cama estaba debajo de mí, la mitad fría de ella era un yermo que yo había cruzado sin darme cuenta, y mi mano derecha ya no era mía.

No la había mandado yo, pero estaba allí, apretando la tela del pantalón contra una erección que me dolía, y mis dedos se movían solos, buscando el cierre, el borde, la humedad de mi propia piel.

La imagen del cuarto que no era este se había vuelto más nítida, más caliente, y en ella Valeria se reía —no conmigo, no para mí, sino para él, con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta, los brazos enredados en su cuello—.

Y yo estaba viéndolos desde la esquina, desde el lugar del que no podía apartar los ojos, sintiendo que la sangre se me iba toda a un sitio y que el resto del cuerpo se quedaba vacío.

No podía dejar de mirar. No quería dejar de mirar.

La mano se movió más rápido, y el roce de mi palma contra el borde de la ropa interior era un sonido que no debía existir en una casa donde no había nadie, y sin embargo no podía pararlo.

La mujer de mi imaginación se deslizaba sobre él, lenta, con esa cadencia que yo nunca había logrado que ella tuviera, y sus dedos se clavaban en su espalda mientras él la penetraba con una firmeza que yo no tenía.

Vi las manos de Bruno en sus caderas, vi la curva de su espalda arqueándose bajo el peso de él, vi su boca abierta en un gemido que yo no había oído nunca porque ella nunca había gemido así conmigo.

Y la imagen no me dolía —no como antes—; me calentaba.

Me llenaba de un fuego denso que no pedía explicaciones, que solo exigía que siguiera viendo, que mis dedos no se detuvieran, que mi pelvis se moviera contra mi propia mano con la urgencia de quien ya no sabe distinguir lo que mira de lo que le pasa.

Me corrí en la oscuridad con la imagen completa: la ventana alta, la ropa doblada sobre la silla, los brazos de Bruno sosteniendo a Valeria contra la pared, y ella abandonándose de una manera que yo no había visto nunca y que mi cabeza, de algún modo, había sabido inventar porque la necesitaba.

El calor del semen contra mi estómago fue el primer aviso, la primera señal de que el cuerpo ya había terminado, y la vergüenza llegó después, como una ola fría que no esperaba.

Ese es el orden, y lo escribo en el orden en que ocurrió porque mentir sobre el orden sería mentir sobre todo: primero el cuerpo, después la vergüenza.

No al revés. No hubo una lucha heroica que perdí por poco.

Hubo un hombre solo en una casa a oscuras, con una cama fría del lado de ella, cuyo cuerpo tomó una decisión y le avisó después.

◆ ◆ ◆

Después vino la parte que nadie te cuenta, que es lo que pasa cuando se acaba.

Lo que yo esperaba era alivio. Lo que hubo fue lo contrario.

Mientras duró, la excitación había tapado todo lo demás como una mano tapa una boca; en cuanto terminó, se levantó la mano y salió entero lo que había debajo, y lo que había debajo era el cuarto, y la mesa recogida, y las doce y media de la noche, y una mujer que no llegaba.

Encendí la luz grande de golpe, como quien espanta a un intruso. Me quedé parpadeando en mitad del cuarto iluminado, jadeando un poco, con la cara ardiendo de una vergüenza que no tenía testigos y que por eso era peor, porque el único testigo era yo, y de mí no me podía esconder.

Y ahí sí me enojé. Con ella, que no llegaba; con él, que no contestaba; con los dos por existir; y sobre todo conmigo.

Anduve por la casa quince minutos con un enojo sin destinatario posible, acomodando cosas que ya estaban acomodadas, apretando los dientes, buscando una discusión con alguien que no había.

Abrí el refrigerador y lo cerré sin sacar nada.

Puse un vaso en la tarja con más fuerza de la necesaria y le salté un pedazo del borde, y me quedé mirando el pedazo de vidrio en el fondo de la tarja como si tuviera la culpa de algo.

En algún punto de esos quince minutos agarré el teléfono y le escribí a Valeria: «Llevo casi tres horas esperándote como un tonto. No me vuelvas a hacer esto.» Lo leí dos veces. Estaba bien escrito. Era, palabra por palabra, lo único cierto que había pensado en toda la noche.

Lo borré.

Después abrí la conversación con Bruno, la que llevaba muerta desde el desayuno, y escribí: «¿Estás despierto?». Dos palabras. Ni una acusación, ni una pregunta de verdad; solo una sonda tirada al agua a la una de la mañana para ver si alguien la mordía.

También lo borré.

Y en el borrado de ese segundo mensaje me di cuenta de que ya no lo estaba borrando por miedo a Valeria.

Lo estaba borrando por miedo a Bruno. Por miedo a que le pareciera raro, a que me preguntara qué me pasaba, a quedarme sin él.

Llevaba semanas midiendo cada palabra que le mandaba a mi novia, y esa madrugada descubrí que también estaba midiendo las que le mandaba a mi mejor amigo.

Dos personas en el mundo con las que uno no debería tener que editarse, y yo me editaba con las dos.

Me miré en el espejo del clóset, de pie, con la camisa limpia que me había puesto para una cena que no ocurrió, y no reconocí del todo al hombre que me devolvía la mirada. Tenía mi cara. Pero detrás de mi cara, por primera vez, asomaba la de otro.

◆ ◆ ◆

¿Qué clase de hombre se enciende con lo que más teme?

Esa pregunta me persiguió el resto de la noche.

La traición de Valeria —si la había, cosa que aún me había prohibido saber— era una herida limpia, un dolor decente que cualquiera entiende y nadie juzga.

Un hombre engañado da una lástima honrosa; tiene de su lado al mundo, a la moral, a las canciones.

Pero esto otro no. Esto no tenía nombre que yo pudiera pronunciar, ni perdón que pedir, ni a quién.

Y noté algo más, y esto es lo que de verdad me quitó el piso: que lo que me daba vergüenza no era la escena.

La escena la había armado mi cabeza y las cabezas arman porquerías todo el tiempo, eso lo sabe cualquiera.

Lo que me daba vergüenza era que me hubiera gustado.

Que no me hubiera dolido lo suficiente. Que en el momento exacto en que un hombre debía estar sufriendo, yo hubiera estado, durante unos minutos, ocupado en otra cosa.

Toda mi vida me había pensado como el sensible, el bueno; y resultaba que en el sótano de ese hombre vivía otro al que el sufrimiento, en la oscuridad, le sabía a otra cosa.

Lo enterré. ¿Qué más podía hacer? Lo empujé hacia abajo con asco, con razones, con vino, con la promesa furiosa de no volver a quedarme nunca a oscuras esperando. Me dije que había sido el cansancio, el alcohol, una avería pasajera.

Pero por debajo seguía la única verdad: que una puerta que se abre una vez, ya no vuelve a ser una pared.

◆ ◆ ◆

Valeria llegó a la una y veinte.

La oí antes de verla, como siempre: la llave que falla dos veces, una risita ahogada, los pasos torpes de quien ha bebido lo justo para estar contenta.

La había visto bajar del taxi desde la ventana, cinco minutos antes: el pelo distinto de como se había ido, recogido a medias, como rehecho a las prisas, y al pasar bajo el poste, un segundo, la cara.

Encendida. Satisfecha. Lejísimos. La cara de quien vuelve de un lugar bueno al que yo no fui invitado.