Cornudo inconsciente (El hombre de mis mujeres 1) Capítulo 5. El vacío
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Capítulo 5. El vacío

Fui yo el que le dijo que fuera.

Esto es lo primero que hay que anotar de esa noche, antes de la mesa puesta y de la vela y de todo lo demás, porque si no queda escrito al principio, después parece que a mí me pasaron cosas. No me pasaron. Las hice.

Valeria llevaba tres días diciendo que no iba a ir.

Que estaba cansada, que tenía que leer, que sus amigas siempre acababan a las tres de la mañana y ella al otro día no servía para nada.

Lo dijo el miércoles y lo repitió el jueves, y el viernes en la tarde seguía tirada en el sillón con el libro sobre la cara, quejándose de que le insistían.

Y yo, de pie en la cocina, con el trapo en el hombro, le dije:

—Ve. Sales poco últimamente.

Era mentira. Salía más que nunca. Pero llevaba una semana con la frase del teléfono dándome vueltas —me dieron ganas de que ella lo dejara abierto— y me había despertado el sábado con la resolución furiosa de ser otro hombre: uno tranquilo, uno que confía, uno que no cuenta metros en las fiestas.

Y a ese hombre nuevo le tocaba decir «ve, diviértete» y decirlo de corazón.

Ella se quitó el libro de la cara.

—¿Seguro?

—Segurísimo. Yo cocino. Cuando llegues cenamos.

Se quedó un segundo mirándome desde el sillón, y hubo algo en esa mirada que no supe leer y que he leído mil veces desde entonces. No era agradecimiento. Era el gesto rapidísimo de quien acaba de recibir un permiso que no pidió y está calculando qué hacer con él.

— Ok —dijo, y se levantó de un salto—. Pero a las diez estoy aquí. Te lo prometo. Cocina algo rico.

Lo dijo desde la puerta, ya con un pie afuera, radiante de ese brillo a deshoras que yo había aprendido a temer y que esa tarde había encendido yo, con mis propias manos, en cuatro palabras.

◆ ◆ ◆

Y yo cociné algo rico.

Una pasta que le gustaba, con el vino malo de siempre, dos platos en la mesa y una vela que me pareció, mientras la encendía, un gesto cursi y esperanzado.

Camisa limpia, la casa recogida, la música baja.

Había planeado la noche como se planea una emboscada de amor: que llegara, que oliera la pasta, que sintiera que conmigo el mundo era tibio y previsible y suyo.

Era mi única estrategia: competir con la intemperie ofreciendo techo. No entendía aún que a una mujer con hambre de intemperie no se le gana ofreciéndole un techo. El techo es de lo que huye.

A las diez y cuarto la vela seguía entera y la pasta empezaba a enfriarse. No pasaba nada. Valeria nunca en su vida había llegado puntual. Me serví una copa. Esperé.

◆ ◆ ◆

A las diez y media le escribí. Y aquí confieso lo más revelador de la noche, una cosa que entonces no vi.

Antes del mensaje ligero, escribí otro. Escribí: «Son las diez y media.

Llevo una hora con la mesa puesta. ¿Dónde estás?

». Lo escribí entero, con el reclamo y la hora exacta.

Y lo borré. Letra por letra, viéndolo desaparecer de derecha a izquierda, con esa sensación rara de estar deshaciendo algo verdadero.

Después escribí la mentira amable: «¿Todo bien? La pasta está lista», con un emoji al final para quitarle peso, calculado para no sonar a reclamo, porque ya medía cada palabra que le mandaba como quien camina sobre hielo delgado.

Ese es el trabajo verdadero de un hombre en mi situación, y nadie lo cuenta porque no se ve: la edición.

Yo no me pasé esos meses sufriendo. Me los pasé redactando.

Cada mensaje escrito dos veces, cada tono medido, cada pregunta desactivada antes de mandarla.

Un hombre que tiene que corregirse tres veces antes de escribirle a su propia novia, ya no está en una relación: está en una negociación en la que solo una de las partes sabe que está negociando.

Se entregó. Dos palomitas. No se pusieron azules.

Y ahí volvió el código, entero, con sus cuatro casillas vacías.

Mi mensaje estaba en su pantalla de bloqueo, encima de nuestra foto de la playa, y para leerlo ella tenía que meter cuatro números que yo no sabía.

Cuatro números que existían desde hacía semanas y que yo no le había preguntado ni una vez.

Me serví más vino.

A las once las palomitas seguían grises.

Le marqué. Sonó, sonó, sonó, y entró el buzón con su voz grabada en otro día feliz que no tenía nada que ver con este.

Colgué antes del pitido. Soplé la vela. Me quedé a oscuras, porque encender la luz grande me pareció una forma de admitir que la cena se había acabado.

◆ ◆ ◆

A las once y cuarto le escribí a Sofía.

«Hola Sofi, perdón la hora. ¿Andas con Valeria? No me contesta y ya me dio pendiente.»

Tardó nueve minutos. Los conté.

«Hola! No, yo no salí hoy. Pero no te preocupes, seguro se le acabó la pila, siempre le pasa. Cualquier cosa me dices.»

Leí ese mensaje unas veinte veces esa noche y todavía lo tengo grabado, coma por coma, porque es un mensaje perfecto.

No dice una sola mentira. No dice tampoco una sola verdad.

«Yo no salí hoy» contesta una pregunta que no hice; «seguro se le acabó la pila» es un consuelo ofrecido antes de que yo lo pidiera; y «cualquier cosa me dices» es lo que se le dice a un enfermo.

Sofía sabía. Llevaba semanas sabiendo, desde aquella escalera en la que le pidió a Valeria que no la volviera a meter en esto y le advirtió que no la obligara a preguntar qué era esto.

Y esa noche, a las once y veinticuatro, decidió no decírmelo y decidió, además, ayudarme a no saberlo.

No la culpo. Nunca la he culpado. A ella la habían metido en esto sin preguntarle y no le tocaba a ella romperme la vida.

Pero cuando dejé el teléfono en la mesa entendí una cosa nueva y peor que todas las anteriores: que ya éramos tres los que estábamos administrando mi ignorancia. Valeria, Sofía y yo. Y de los tres, el que más trabajaba en ella era yo.

◆ ◆ ◆

A las once y media hice algo de lo que todavía me avergüenzo, no por lo que hice sino por lo que averigüé.

Le marqué a Bruno. Con un pretexto idiota preparado —algo de un partido, de unos boletos—, solo para oír su voz y comprobar que estaba en su casa, solo, viendo la tele, lejísimos de donde mi cabeza lo había puesto.

Sonó. Sonó. Y entró su buzón también.

Los dos teléfonos mudos a la misma hora. Los dos silencios cayendo sobre mí al mismo tiempo, y yo de pie en mitad del cuarto a oscuras, con el celular caliente en la mano, sintiendo cómo dos ausencias separadas se juntaban en mi pecho para formar una sola sospecha con forma de cuerpo.

No probaba nada, me dije con la voz de la negación que ya me sabía de memoria: Bruno duerme con el teléfono en silencio, Valeria se quedó sin pila, son dos cosas sin relación, el del problema eres tú.

Pero esa noche la negación era una manta demasiado corta. La estiraba para taparme la cabeza y se me destapaban los pies. Y por debajo de la manta, despierto, el animal nuevo del sótano ya olfateaba la noche.

◆ ◆ ◆

Me asomé a la ventana. Es lo que hace el que espera: volverse centinela de una calle vacía.

Nuestra ventana da a una avenida de segunda fila, con un poste de luz parpadeante, y me quedé ahí con la frente pegada al vidrio frío, vigilando cada par de faros que doblaba la esquina, jugando a un juego cruel: este sí, este es el taxi, ahora baja ella. Y no bajaba ella.

Abajo, el señor Nacho salió en chanclas a dejar la basura en la esquina y volvió a meterse.

Un perro ladró tres veces y se calló. Pasó un coche con la música altísima y las ventanas abiertas, lleno de gente que iba a algún lado.

En esa media hora vi cuatro taxis y ninguno era el suyo, y entendí que estaba haciendo, sin darme cuenta, exactamente lo mismo que había hecho el jueves del examen en la biblioteca: convertir la espera en un trabajo, para no tener que llamarla por su nombre, que es miedo.

Recogí los platos. Tiré la pasta fría a la basura con un cuidado absurdo, como si hacer las cosas despacio pudiera ordenar algo de lo que se me desordenaba por dentro. Lavé los platos. Sequé los platos. Guardé los platos.

Volví a la ventana.

◆ ◆ ◆

Y a las doce, en el fondo del pozo, me dio un arranque.

Tomé las llaves del coche. Bajé las escaleras de dos en dos, por una vez con el cuerpo por delante de la cabeza, me metí al coche y arranqué el motor.

Iba a buscarla. Iba a manejar por los lugares de siempre, y si no estaba en ninguno, a casa de Bruno, sí, a la de Bruno, a tocar el timbre a la medianoche y a acabar de una vez con la duda, aunque acabar con la duda fuera acabar con todo.

Tenía el motor encendido. Tenía la mano en la palanca. Por un instante glorioso y aterrador fui un hombre a punto de actuar.

Y no actué.

Me quedé con el motor andando y los faros iluminando una pared, calculando.

¿Y si llegaba a casa de Bruno y no estaba ella, y él me abría somnoliento, en calzones, con cara de qué te pasa, y yo quedaba para siempre como el novio loco que va a tocar timbres de madrugada acusando a su mejor amigo?

Esa escena la vi completa, con diálogos.

Vi la cara de Bruno al día siguiente. Vi cómo se lo iba a contar a Valeria, con cariño, sin maldad, y cómo ella se iba a reír y después no.

¿Y si estaba ella?

Esa escena no la vi. Esa se me quedó negra, sin imágenes, como una película a la que le falta un rollo.

Y me di cuenta ahí mismo, con las manos en el volante, de que llevaba semanas siendo capaz de imaginarlo todo menos el único momento que importaba, y de que esa ceguera no era casual: era mantenimiento.

Apagué el motor.

Subí las escaleras despacio, derrotado por el único enemigo que de verdad me ha vencido siempre: yo. Esa fue toda mi rebelión de la noche. Doce minutos con un motor encendido y ningún destino.

◆ ◆ ◆

Y entonces, a oscuras, sin nada que hacer salvo esperar, la mente se me soltó de la correa.