Cornudo inconsciente (El hombre de mis mujeres 1) Capítulo 4. Celos y negación #3
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Capítulo 4. Celos y negación #3

Y me sorprendí pensando una cosa que me dio asco y que no pude evitar: que nunca me había parecido tan deseable como esa noche, justo esa noche, después de verla rozarse con otro.

Que el miedo a perderla la había vuelto, ante mis ojos, más valiosa; y que algo en mí, en el sótano, había aprendido a confundir esa valoración con el deseo.

—Estás muy callado —dijo ella, con los ojos cerrados y la cabeza contra el vidrio.

—Estoy manejando.

Alargó la mano y me la puso en la pierna, sin abrir los ojos, y la dejó ahí el resto del camino.

No fue un gesto de disculpa. Ella no tenía nada de qué disculparse, o no todavía, o no que yo pudiera nombrar.

Fue un gesto de costumbre, de dos personas que llevan dos años volviendo juntas de las fiestas.

Y yo lo cobré como si fuera una prueba.

Subimos las escaleras de los cuatro pisos en silencio.

Ella iba adelante, descalza, con los zapatos colgando de dos dedos, y en el descanso del tercer piso se volteó a esperarme con esa media sonrisa suya de las dos de la mañana.

Yo subía detrás con la película todavía corriendo, la mano de Bruno en la parte baja de esa espalda que ahora tenía a un metro y que iba a ser mía en cinco minutos, y con una mezcla en el pecho que no tenía nombre ni tuvo nombre hasta muchos años después.

Abrí la puerta. Entramos. No encendí la luz.

Ella tampoco la buscó. Tiró los zapatos en el pasillo, uno en cada lado, y se dio la vuelta hacia mí antes de que yo terminara de cerrar, con la espalda contra la pared del pasillo y la respiración todavía alta de subir cuatro pisos.

Traía la fiesta puesta. Eso lo supe enseguida y lo entendí mucho después: Valeria no llegó encendida por mí, llegó encendida, que no es lo mismo, y en ese estado le tocó estar conmigo porque conmigo era con quien vivía.

Y yo, que ya había aprendido a alimentarme de lo que sobraba, tomé lo que había.

Me acerqué en lo oscuro y le busqué el cuello, y lo primero que hice —antes que cualquier otra cosa, con una precisión de perro— fue oler.

Su perfume olor a canela, el jabón del baño de Mauricio, el humo de la sala, el resto dulce de lo que había estado tomando.

Nada más. No había madera quemada por ningún lado, y en el segundo en que lo comprobé sentí un alivio enorme y, debajo del alivio, una decepción tan pequeña y clara que no me atreví a mirarla de frente.

Después dejé de pensar, o creí que dejaba.

Metí la nariz en la curva de su hombro y respiré otra vez, buscando lo que no estaba, y el vacío que encontré se convirtió en una urgencia distinta: no la de borrar, sino la de poner algo propio en su lugar.

Mis manos subieron por sus costillas y encontraron la tela del vestido —ese vestido vino que se había probado frente al espejo, girando para verse de espaldas, y que ahora estaba arrugado del coche, caliente del baile, manchado de algo que no quise identificar—.

La tela era suave bajo mis dedos, pero el cuerpo que cubría no estaba quieto; ella se movía contra la puerta del clóset, abriendo las piernas apenas lo suficiente para que mi rodilla se deslizara entre ellas, y su mano encontró mi nuca y me apretó contra su pecho.

—Tranquilo —dijo, y su voz era una risa contenida, un chiste que yo no entendía—. No me voy a ir.

No era un consuelo. Era una confirmación: ella sabía que yo estaba temblando de celos, y en lugar de espantarse, lo estaba usando.

Sus dedos se enredaron en mi cabello mientras yo bajaba la cremallera de su vestido, y la tela cayó hasta su cintura, dejando sus hombros desnudos contra la madera fría del clóset.

Me incliné sobre ella y mordí su clavícula —no con ternura, con una desesperación que pretendía ser dueña—, y luego uno de sus enormes senos, ella no se quejó.

Alzó la barbilla, ofreciendo más cuello, más piel, más de ese calor que no había encendido conmigo pero que yo podía alimentar.

Su mano derecha viajó por mi pecho y encontró el botón de mi pantalón; lo abrió con una pericia que ya me era familiar, y cuando sus dedos rozaron mi erección, los apretó con una firmeza que me hizo arquear la espalda.

Yo, mientras tanto, había subido sus muslos hasta enganchar sus piernas a mis caderas, y su espalda se deslizó un poco contra la puerta mientras yo la sostenía con el antebrazo, sintiendo cómo se abría para mí, cómo su interior caliente y húmedo ya estaba listo antes de que yo la penetrara.

El vestido seguía enganchado en sus codos, la tela vino arrugada contra sus brazos, y el roce de la gasa contra mi pecho era el único testigo de que ella había estado en otro lado antes de estar aquí.

La penetré sin suavidad, y ella respondió con un gemido que no fue de sorpresa sino de reconocimiento, como si hubiera estado esperando ese empuje desde que subimos las escaleras.

Moví las caderas contra ella, rápido, sin gracia, y en el vaivén sentí que sus dedos se clavaban en mi espalda, que sus piernas se cerraban más fuerte alrededor de mí, que su respiración se rompía en jadeos que no eran para mí —eran para el ritmo, para el momento, para la noche que todavía la tenía prendida.

Yo no estaba haciendo el amor. Estaba tomando posesión de un cuerpo que ya había sido recorrido por otras manos, y esa conciencia me quemaba y me empujaba más hondo.

—No pares —dijo ella, y era la única orden que necesitaba.

Su cabeza se echó hacia atrás y golpeó suavemente la puerta mientras yo bombeaba dentro de ella, y observaba como sus pechos se balanceaban; en la penumbra vi su boca abierta, sus ojos cerrados, su cuello tenso —y supe que no estaba viendo las paredes de esta casa.

Estaba viendo lo que había visto en la fiesta, las luces, los cuerpos, el roce de alguien que no era yo.

Y en lugar de apartarme, me incliné y besé esa boca que se había reído para otros, y supe que no me importaba.

Que incluso prefería que ella guardara esa imagen mientras yo la sostenía, porque ese calor ajeno —ese que ella había traído en el vestido vino— era el que me estaba calentando a mí ahora.

Sintió que me acercaba al orgasmo, y sus caderas se movieron más rápido, más cortas, buscando su propio final contra mi pelvis.

Sus dedos apretaron mi nuca, su boca mordió mi hombro, y su cuerpo se tensó alrededor de mí con un quejido ahogado que la puerta del clóset devolvió en eco.

Yo la seguí un segundo después, y en el instante exacto de correrme dentro de ella, abrí los ojos y vi su rostro —los labios entreabiertos, la respiración rota, el sudor corriendo por su sien— y supe que no estaba viendo la prueba que buscaba.

Solo veía a una mujer que había llegado encendida de la fiesta y que ahora, contra la puerta, se estaba apagando conmigo.

◆ ◆ ◆

Después, con ella dormida contra mi pecho, me quedé despierto mirando el techo.

Son amigos, repetí en silencio, hasta que la frase perdió sentido de tanto repetirla. La negación me arropó, tibia y mentirosa, y me dejé arropar, porque era eso o no dormir nunca más.

Pero antes de caer, en esa tierra de nadie donde uno ya no controla lo que piensa, no fue la mano de Bruno en la espalda de Valeria lo último que vi. Fue la cara de Bruno mirándola bailar.

Y entendí, con el último resto de lucidez del día, que algo había cambiado de sitio dentro de mí sin pedirme permiso: que ya no solo temía lo que él pudiera hacer con ella. Que había empezado, también, a no poder dejar de imaginarlo.

El teléfono de Valeria estaba en el buró, otra vez boca arriba, con la pantalla apagada.

Y esa noche, por primera vez, no me dieron ganas de abrirlo.

Me dieron ganas de que ella lo dejara abierto.