Cornudo inconsciente (El hombre de mis mujeres 1) Capítulo 4. Celos y negación #2
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Capítulo 4. Celos y negación #2

Y me dio un arranque de los que casi no me daban. Crucé la sala, le quité a Valeria de la mano la conversación que tenía y le dije al oído, con una valentía prestada por el alcohol: «báilame». Ella se rio, encantada, sorprendida —«¿tú?, ¿el que no baila?»— y me siguió al centro.

No fue la cura. Yo no sé bailar. Nunca aprendí, como nunca aprendí a abrazar fuerte ni a poner la mano en la espalda baja de nadie ni a llenar un cuarto.

Me moví rígido, contando los tiempos en la cabeza como contaba los metros, pendiente de no hacer el ridículo, que es la manera más segura de hacerlo.

Valeria bailaba alrededor de mi torpeza con una paciencia cariñosa, ajustándose a mí, achicando sus movimientos para que los míos no se notaran, poniéndome las manos donde tenían que ir.

Me hizo quedar mejor de lo que estaba. Y esa generosidad suya —que me sostenía como se sostiene a alguien que se tropieza— fue otra puñalada.

Porque a Bruno no había que sostenerlo. Con Bruno ella no bailaba alrededor de una torpeza: bailaba.

La diferencia entre ser querido y ser cuidado se me hizo carne ahí, en mitad de la sala, moviéndome mal mientras la mujer que amaba me protegía del ridículo.

La canción terminó. Ella me besó, me dijo «¿ves que sí puedes?», y la vida de la fiesta volvió a reclamarla. Me dejó en el centro con el cuerpo todavía marcando un compás que ya no sonaba. Volví a mi pared.

◆ ◆ ◆

Y entonces lo vi. O vi algo. Esa es la trampa de esa noche: nunca sabré si vi lo que vi.

Estaban junto a la mesa de las bebidas. Bruno le servía algo a Valeria, y al pasarle el vaso, en el traspaso, las manos se rozaron y se quedaron rozadas un instante de más.

Y al mismo tiempo se miraron. Una mirada lisa, sin sonrisa, de las que se sostienen, que se cortó cuando ella bajó los ojos al vaso.

Después él le puso, apenas, la mano en la parte baja de la espalda para guiarla por un hueco entre la gente, ese gesto que los hombres seguros hacen sin pensar y que para mí, que nunca lo hice, era de una intimidad insoportable.

El roce, la mirada, la mano. Cada una, por separado, no era nada. Juntas, en treinta segundos, encadenadas, formaban una frase, y la frase decía algo que yo no quería leer.

Y ahí, en medio de la puñalada, pasó la otra cosa.

Semanas antes, a oscuras y con Valeria entre los brazos, me había venido una imagen de los dos y yo la había usado.

Eso ya lo sabía y ya lo había enterrado, y me había dicho que había sido una porquería de la cabeza, un invento, algo que uno se fabrica y que por lo tanto no cuenta.

Uno puede vivir con lo que se inventa. Todos los hombres se inventan cosas.

Esto no me lo inventé.

Estaba a seis metros, con un vaso en la mano y las luces de la sala encima, viendo con mis dos ojos abiertos una mano grande sobre la espalda de mi novia, y por una grieta del dolor se me coló un relámpago.

Un cuarto de segundo. Algo cálido y oscuro, un tirón en el bajo vientre casi llegando al pene que no tenía ningún derecho a estar ahí, mirando eso.

Ahí se acabó la coartada. Lo de la cama podía ser un accidente de la imaginación. Esto pasaba en el mundo, delante de gente, con testigos y música, y mi cuerpo había opinado.

Lo aplasté en el mismo gesto, tan rápido que casi pude convencerme de que no había existido.

Volví al único dolor que sabía nombrar, el de los celos, casi agradecido de tenerlo, porque un hombre celoso es todavía un hombre normal.

Un hombre celoso tiene derechos, tiene razón, tiene incluso una cierta dignidad de ofendido.

Lo otro no tenía nombre que yo me atreviera a usar, ni derechos, ni razón, ni sitio en ninguna conversación del mundo.

Me quedé contra la pared calculando, con una frialdad de contador, cuánto tiempo llevaba pasándome esto. La primera vez fue la madrugada de La Cava. Después la cama. Ahora esto. Tres veces en unas semanas, y cada una más difícil de explicar que la anterior.

Y me hice, por primera vez, la pregunta completa, la que no había querido armar hasta el final: si esto me va a pasar cada vez, ¿qué soy?

No me la contesté. Fui por otro trago.

◆ ◆ ◆

Y empecé a desarmarlo. A los celos. Ahí mismo, contra la pared, monté la operación de demolición que repetiría tantas veces.

Son amigos. Los presenté yo. Bruno le pone la mano en la espalda a medio planeta, lo hace hasta con los hombres.

Valeria es así con todos, te lo dijo ella misma, «me cae bien la gente».

El roce fue del vaso. La mirada te la inventaste.

Lo de Mauricio fue un borracho. Lo del código del teléfono lo hace todo el mundo.

El del problema eres tú, Gael, con tu manía de creer que todo lo bueno se te va a escapar. Relájate. Confía.

Y lo más perverso: funcionó.

La negación, cuando uno la quiere de verdad, funciona.

Me despegué de la pared y fui hacia ellos, decidido a curarme a base de cercanía.

Me metí en su conversación. Bruno me pasó el brazo por el hombro, Valeria me hizo un lugar, y los tres acabamos riéndonos de una historia vieja de la escuela —la del profesor y la confesión, que Bruno contaba siempre igual y mejor—, y por unos minutos benditos volvimos a ser tres personas que se querían y nada más.

Valeria me besó la mejilla en medio de la risa.

Y yo pensé, con un alivio que me llenó los ojos: ¿ves?, exageras, son amigos, todo está bien.

El alivio era verdadero. Eso es lo que nadie te cuenta de la negación: que el alivio es real, que abraza igual de tibio que la verdad.

Por eso uno vuelve a ella siempre. Puesto a elegir entre dormir mintiéndose o despertar a una verdad que lo deja solo, el negador elige dormir.

Yo lo elegí esa noche, contra la pared, con los ojos húmedos de un alivio que sabía igual que la felicidad.

◆ ◆ ◆

Cerca de la una fui al baño y estaba ocupado, y me quedé esperando en el pasillo, que en casa de Mauricio es angosto y da a un cuartito con abrigos.

Valeria salió del baño y no me vio.

Se paró en la puerta del cuartito, con la mano todavía en el marco, y se quedó ahí, quieta, mirando hacia la sala.

La música seguía. Ella no se movía. Tenía la cara que yo le había visto una sola vez en la vida, aquella tarde en la cocina de la carne asada: la cara de nadie, la cara sin encender.

Se pasó los dedos por la frente, despacio, dos veces, como quien intenta alisar algo, y se quedó otro rato así.

Después se dio la vuelta hacia el espejo del pasillo. Se acomodó el pelo. Se estiró el vestido vino, tirando del bajo hacia abajo, un gesto pequeño y práctico. Ensayó una sonrisa en el espejo, la desarmó, ensayó otra.

Y con la segunda salió a la fiesta.

Yo me quedé pegado a la pared del pasillo, con el corazón golpeando, y me pasó una cosa que no esperaba: no sentí triunfo.

No pensé la agarré. Pensé que la mujer que acababa de ver ensayar una sonrisa frente a un espejo estaba trabajando en algo, y trabajando duro, y sola.

Y que fuera lo que fuera lo que le estaba pasando, se lo estaba pasando sin ayuda de nadie, mientras yo contaba metros contra una pared.

Estuve a punto de ir a buscarla, y no supe qué le iba a decir, y no fui.

◆ ◆ ◆

Cerca del final, Bruno me apartó al balcón. Sacó un cigarro, me ofreció y le dije que no con la mano, como siempre, y él se rio como siempre y encendió el suyo.

—Te ves tenso, hermano —me dijo—. ¿Todo bien con la rubia?

Ahí estuvo el momento.

La frase de confrontar me subió entera: ¿qué hay entre tú y Valeria?

La tuve en la boca. La tuve tan cerca que noté el aire que iba a hacer falta para decirla.

Y miré su perfil franco contra las luces de la avenida, los años de amistad, la cara del que se levantó de una banca por mí el segundo día de la escuela, y entendí que esa pregunta no tenía vuelta atrás.

Si él decía «nada, estás loco», yo quedaba como el celoso enfermo, y quedaba así para siempre, porque esas preguntas no se retiran. Y si decía otra cosa, lo perdía a él y la perdía a ella en la misma frase.

Ahí está, creo, el nudo entero de mi vida, expuesto en un balcón a la una y media de la mañana: que yo tenía una pregunta y dos respuestas posibles, y las dos me daban miedo, y en lugar de escoger la peor y sobrevivirla, escogí no preguntar.

Un hombre que no soporta ninguna de las dos respuestas es un hombre que ya decidió vivir sin saber.

—Todo bien —dije—. Cansado nada más.

—Mmm —hizo él, dándole una calada, sin creérmelo del todo, dejándome ver que no se lo creía y que aun así lo dejaba pasar. Ahí estuvo su parte, la única que le tocó esa noche: pudo insistir. Un amigo insiste. Bruno no insistió—. Eres un suertudo, ¿lo sabes? Esa chava te quiere. Se le nota.

—Sí —dije.

—Se le nota mucho —repitió, y se quedó viendo hacia adentro, hacia la sala, hacia donde estaba ella. Y después añadió, casi para sí—: El suertudo soy yo, en realidad. De tenerlos a los dos.

No le pregunté qué quería decir.

Por supuesto que no le pregunté. Me quedé con la frase girando en el pecho —de tenerlos a los dos— buscándole el sentido inocente que con seguridad tenía, y encontrándoselo, además: quería decir que tenía dos amigos, que tenía una casa donde llegar, que después de años fuera había vuelto y nos había recuperado.

Eso quería decir. Estoy casi seguro de que eso quería decir.

Pero la frase no dice ustedes dos. Dice los dos. Y a mí, esa madrugada, en un balcón, me sonó a inventario.

Apagó el cigarro y volvimos adentro, su brazo enorme sobre mis hombros. Desde fuera, dos amigos del alma cerrando una buena noche.

◆ ◆ ◆

Manejé de vuelta y Valeria fue en el asiento del copiloto, el vestido vino arrugado, descalza, una mujer hermosa y cansada y mía en ese instante y completamente ajena durante toda la noche.

La miré en cada semáforo. Y en cada uno volvía la película: el roce, la mirada lisa, la mano de Bruno en su espalda baja. Y, alternándose, la voz de Mauricio, «pensé que andaba con el grandote».