Cornudo inconsciente (El hombre de mis mujeres 1) Capítulo 4. Celos y negación
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Capítulo 4. Celos y negación

El teléfono estuvo boca arriba en mi buró tres noches seguidas.

La primera no lo toqué. Me quedé mirándolo hasta que amaneció y me levanté con los ojos ardiendo y una especie de orgullo idiota, como el que sale de un examen sin haber copiado.

La segunda tampoco. La tercera me dije que lo iba a mover de sitio, nada más, que estaba muy cerca de la orilla y se iba a caer, y lo levanté.

Se encendió la pantalla con el movimiento.

Eran las dos y diez de la mañana. Valeria dormía de espaldas a mí. Y en la pantalla no había ninguna notificación, ni un nombre, ni una previa de mensaje: solo la hora, una foto nuestra en la playa que ella había puesto hacía un año, y un teclado numérico pidiendo un código.

Valeria nunca había tenido código.

Eso fue todo. Ni una palabra, ni una prueba, ni un dato.

Cuatro casillas vacías en el fondo de una foto en la que ella salía riéndose con mi camisa puesta.

Probé su cumpleaños, porque a esa hora uno hace cosas que a las diez de la mañana le parecerían impensables, y el teléfono vibró en mi mano con una negativa corta y educada.

No probé más. Lo dejé exactamente como estaba, a la misma distancia de la orilla, con la misma inclinación, y me acosté de mi lado y me tapé hasta el hombro.

Los primeros dos días me lo expliqué. Se lo habían robado a una amiga, había leído algo, la aseguradora se lo pidió.

Le llegué a inventar una compañía de seguros.

El tercer día dejé de explicármelo y descubrí una cosa peor: no quería preguntarle.

Podía haberle dicho, en el desayuno, con toda naturalidad, «oye, ¿le pusiste clave al teléfono?

». Era una pregunta de siete palabras, sin acusación, sin drama, la clase de cosa que se pregunta y se contesta y se acaba.

No la hice porque tenía miedo de la respuesta, sí. Pero también —y esto tardé años en poder escribirlo— porque mientras no preguntara, el código podía significar cualquier cosa, y algunas de las cosas que podía significar me gustaban.

Esa fue mi semana antes de la fiesta de Mauricio.

◆ ◆ ◆

Valeria se puso un vestido que yo no le conocía. Color vino, ceñido, comprado a saber cuándo y para saber qué.

Al verla salir del baño se me secó la boca de una manera que ya no sabía si era deseo o aviso.

La tela le abrazaba el cuerpo como si hubiera sido cortada sobre ella mientras yo no estaba.

Subía desde la mitad del muslo, marcando el grosor de las caderas y el arco firme del culo, y luego se estrechaba en la cintura antes de empujar hacia arriba el peso redondo de las tetas, que se asomaban apenas en el escote profundo, la piel clara contrastando con ese rojo oscuro casi negro bajo la luz.

Cada paso hacía que el vestido se moviera con ella, no encima de ella: se pegaba, se soltaba un segundo y volvía a pegarse, delatando la forma exacta de lo que escondía.

Le pregunté, fingiendo ligereza, de dónde había salido.

«Tenía ganas de estrenarlo», dijo, girando frente al espejo, sin darme más.

Antes, cuando estrenaba algo, lo estrenaba contándome la historia entera: dónde, cuánto, qué pensó, con quién fue, de qué se rieron en el probador.

Ahora estrenaba en silencio. Empezaba a haber, en su vida, prendas sin relato.

El rojo de la cena de La Cava no era nuevo, pero yo había estado ahí: tirado en la cama, viéndola probarse tres, oyéndola tararear, subiéndole el cierre al final.

De este no supe nada hasta que salió del baño con él puesto.

La diferencia no es la prenda. Es que antes yo estaba en el cuarto mientras ella decidía.

—¿Te gusta? —dijo, girando.

—Mucho.

—Es que estaba en oferta.

No le había preguntado el precio.

Subimos las escaleras de casa de Mauricio tomados de la mano.

Antes de tocar me apretó los dedos y me dijo «te ves guapo», y yo me agarré de esas dos palabras como de un pasamanos, porque las necesitaba para entrar.

Así debajo estaba ya el listón de lo que me hacía falta para sostenerme: dos palabras en una escalera.

Llegué a esa fiesta ya derrotado, aunque no había pasado nada todavía.

Sabía que Bruno estaría dentro. Lo supe antes de verlo, por la geografía del cuarto: había una zona de la sala donde la gente se concentraba más, reía más fuerte, se inclinaba hacia un centro, y ese centro era él.

Levantó su vaso al vernos, gritó mi nombre por encima de la música con un cariño que me reconfortó de golpe y me hizo sentir un miserable por todo lo que había estado pensando.

—¡Llegaron los novios! —dijo, y vino a abrazarme, y me levantó el palmo del suelo de siempre.

Esa noche, sin embargo, no logré quedarme en ese segundo de cariño. Esa noche aprendí lo que era no poder dejar de mirar.

◆ ◆ ◆

Valeria se soltó de mí a los diez minutos —«voy a saludar, ahorita vengo»— y se fue a circular por la fiesta, que era lo suyo.

Yo me quedé contra la pared, con el vaso entre las manos como un escudo.

Cada quien hace en una fiesta lo que sabe hacer en la vida: ella, ser el centro; yo, la pared desde la que se ve el centro.

Y empecé a contar, sin proponérmelo, los metros que la separaban de Bruno.

Ahora a cinco, ahora a tres, ahora ella se rio en otro grupo pero giró la cabeza hacia él.

No hacían nada. Esa es la tortura exacta: no hacían nada que yo pudiera señalar, y sin embargo entre esos dos cuerpos había una corriente, una atención de fondo, como dos personas que en medio de una conversación con otros siguen sabiendo en todo momento dónde está el otro en el cuarto.

Aprendí esa noche a leer una fiesta como se lee un mapa.

Dónde estaba ella, dónde estaba él, cuánta gente había en medio, si el hueco entre los dos se abría o se cerraba.

Y aprendí que el hueco se cerraba solo. Nadie caminaba hacia nadie.

Simplemente, cada vez que la sala se movía —alguien que entra, alguien que va por hielo, un grupo que se abre para dejar pasar— el azar los dejaba un poco más cerca que antes, y ninguno de los dos corregía.

Eso era todo. En dos horas no vi un solo paso deliberado.

Yo armaba el caso como un fiscal y no tenía una sola prueba: ni un beso, ni un roce. Solo una física. Un loco con un vaso, señalando el aire que vibraba entre mi novia y mi mejor amigo.

Hubo un momento, eso sí, en que la miré sin que el veneno me alcanzara.

Alguien subió el volumen y Valeria se puso a bailar en medio de la sala, sola, con los ojos cerrados, sin importarle quién la viera ni con quién, entregada a la música con esa hambre suya de exprimirle el jugo a cada minuto.

No bailaba para Bruno ni para mí ni para nadie.

Bailaba para ella. Y por unos compases la vi como el primer día en la cafetería: una criatura libre, viva hasta el borde, que no le pertenecía a ningún hombre porque no era de la clase de cosas que se poseen.

Me dolió y me dio orgullo a la vez. Pensé: nadie va a poder con ella nunca, porque para retenerla habría que enjaularla, y enjaulada se moriría.

Duró lo que dura una canción. Porque entonces moví los ojos y vi que no era el único que la miraba. Bruno la miraba también, desde el otro lado, con el vaso en la mano y una media sonrisa, con una calma de propietario que todavía no firma la escritura, pero ya pasó a ver la casa.

Y yo —esto es lo retorcido— dejé de mirarla a ella para mirarlo a él mirándola. Pasé, sin darme cuenta, del lugar del que desea al lugar del que observa a otro desear.

Me bebí el vaso demasiado rápido. Me serví otro.

◆ ◆ ◆

Fui a la cocina por hielo, más que nada por moverme. Ahí estaba Mauricio, el anfitrión —compañero de Valeria, un tipo simpático al que yo había saludado tres veces en mi vida—, sirviéndose con la generosidad descuidada del borracho amable.

—Tú eres… —chasqueó los dedos, buscándome el nombre.

—Gael. El novio de Valeria.

—¡El novio de Valeria! —repitió, y algo le cruzó la cara, una sorpresa mal disimulada—.

Ah. Qué bueno. Oye, qué agradable tu novia.

Bien linda. —Me quitó el vaso de la mano y me lo llenó sin preguntar, y siguió hablando sin mala intención, con la honestidad bruta del alcohol—.

Pensé que andaba con el grandote. Como los vi tan…

no, nada, perdón. Es que bailan bien juntos. Salud.

«Como los vi tan.» No terminó la frase. No le hizo falta. La terminé yo, esa noche y muchas después, de mil maneras y todas peores.

Sonreí, dije «salud», metí la mano en la hielera y apreté un hielo hasta que dejé de sentir los dedos.

—Bailan bien juntos —repetí, todavía sonriendo, con el vaso lleno en la mano—. ¿Los viste bailar?

—Órale, sí, hace rato, dos o tres canciones. —Mauricio ya estaba en otra cosa, buscando el limón—. Él baila cabrón, ¿eh? Yo no sé de dónde saca esos pasos de baile.

Dos o tres canciones. Yo llevaba dos horas contando metros y no los había visto bailar ni una vez, lo cual quería decir una de dos cosas, y las dos eran malas: o había pasado mientras yo miraba para otro lado, o lo había visto y mi cabeza lo había archivado en el cajón sin abrirlo.

Porque eso era lo nuevo: que no era solo mi cabeza.

Que un desconocido, un borracho que no sabía nada, había estado en esa fiesta media hora mirándolos y había dado por hecho que la pareja eran ellos.

La corriente la veía todo el mundo. El único que se había pasado la noche negándola era el que dormía con ella.

Volví a la sala con las orejas ardiendo y los dedos entumidos.

Hay humillaciones que duelen más por el testigo que por el hecho.

Nadie me insultó esa noche. Nadie me hizo nada.

Un tipo simpático me llenó el vaso y dio por hecho que yo estaba fuera de mi propia pareja, con la mejor de las intenciones, y con eso bastó.

◆ ◆ ◆