Capítulo 3. Sospechas #3
—Ah, oye. Le voy a estar escribiendo a Valeria por lo del examen, tiene otro en dos semanas. Para no andar de mensajero contigo. ¿Va?
Seis palabras. Para no andar de mensajero contigo.
Era razonable. Era, de hecho, lo más razonable del mundo: dos adultos que se ponen de acuerdo para una hora de estudio sin usar a un tercero de intermediario, cuando el tercero además soy yo, que no tengo nada que ver con su examen.
Cualquier persona sensata habría dicho que sí.
Yo dije que sí. Dije «claro, obvio», y lo dije rápido, y lo dije con una sonrisa, y —esta es la parte que todavía me despierta— lo dije con alivio.
Con orgullo, incluso. Porque decir que sí me colocaba, por un segundo, en el lugar del hombre que no tiene nada que temer.
El que no es celoso. El que confía. Pagué yo el desayuno para rematar el gesto.
Y así fue como el jueves dejó de necesitarme.
Nunca hubo una conversación en la que yo entregara algo.
No hubo pacto, ni ruego, ni chantaje. Hubo un tipo sacando la cartera y una pregunta de una sílaba al final de una frase larga, y hubo un hombre que contestó que sí porque contestar que no lo habría dejado en ridículo delante de sí mismo.
La puerta no la abrió Bruno. Bruno preguntó si podía pasar por una puerta que yo estaba sosteniendo desde hacía semanas, con el brazo ya cansado, esperando a que alguien tuviera la amabilidad de entrar.
Salí de ese desayuno curado. Esa es la palabra.
Como quien sale de la enfermería con una venda nueva sobre una herida que sigue abierta debajo.
Me convencí de que un hombre capaz de mirarme así, de pedirme que no la soltara, no podía ser el dueño del olor de la chamarra.
No quise que se me ocurriera que las dos cosas podían ser ciertas a la vez.
Que Bruno podía quererme de verdad y estar ya, despacio, sin destruir nada, ocupando el sitio que yo dejaba vacío cada jueves que no preguntaba.
Él no me mintió en ese desayuno. No le hizo falta. Yo me mentí solo, y él solo tuvo que dejarme hacerlo, que era, descubriría con los años, su única y perfecta forma de traicionarme: no impedírmelo.
◆ ◆ ◆
La calma que compré en ese desayuno duró hasta el sábado.
Estábamos con su grupo en un café, una sobremesa larga, y se habló de una fiesta de la semana anterior a la que yo no había ido. Y Valeria, riéndose, soltó al pasar, con una ligereza que ensayó tan bien que casi no se le notó el ensayo:
—Ay, sí, y ahí estaba Bruno, ¿lo puedes creer? Qué chico es el mundo. Nos topamos como tres veces ese día.
Estuve a punto de decir algo. Tenía la frase formándose: «¿ah, sí?, no me contaste». Una pregunta del tamaño de un alfiler, que habría obligado a la conversación a detenerse un segundo sobre ese nombre. La sentí subir hasta los dientes. Y la tragué.
Porque me fijé en dos cosas en el segundo en que lo dijo, y las dos me dolieron más que la noticia.
La primera: que no me había contado que se topó con Bruno, mi Bruno, el hombre del que yo le hablaba como de un hermano.
Algo tan inocente, y se lo había callado.
Uno solo se calla lo que de algún modo ya sabe que no debería estar pasando.
La segunda: cómo lo dijo. El nombre soltado al aire del grupo y no a mí, diluido entre seis personas para que perdiera peso.
Lo dijo para que yo lo oyera sin que pareciera que me lo decía. Y yo lo oí exactamente así.
Del otro lado de la mesa, Sofía se llevó el vaso a la boca y no me miró.
Bruno. En una fiesta a la que yo no fui.
Topándose con ella «como tres veces». Todas las piezas estaban sobre la mesa, una junto a otra —el perfume de la chamarra, la cancelación del martes, la cara de Sofía tapando el hoyo, el brillo a deshoras, las dos tazas del mismo lado, todavía no es nada—, y yo, que era capaz de armar el argumento más complejo de la facultad, tenía delante una suma de dos más dos y elegí, con todas las fuerzas de mi alma, no hacer la cuenta.
Porque hacer la cuenta era perderlos a los dos.
A ella y a él, a mi novia y a mi mejor amigo, en el mismo movimiento.
Y yo prefería —entonces lo entendí, y entenderlo fue lo más vergonzoso— seguir teniéndolos a los dos a medias y mentidos, antes que tener la verdad y quedarme solo.
La soledad me daba más miedo que la traición.
Esa fue la grieta verdadera: no que ellos se vieran, sino que yo ya estuviera dispuesto a no saberlo.
Prefiero no saber, si al callar la conservo. Por primera vez la frase tenía un objeto concreto, y el objeto tenía nombre.
Esa noche, ya en la cama, Valeria dejó el teléfono cargando en el buró, de mi lado, porque el contacto bueno está de mi lado, y lo dejó boca arriba y no boca abajo, como venía haciendo desde hacía semanas. A la vista. Confiada, o cansada, o probando algo.
Me quedé mirándolo en lo oscuro, con la pantalla apagada a cuarenta centímetros de mi mano.
Y esa fue la primera noche que no dormí por una razón que no era la duda, sino la tentación.