Cornudo inconsciente (El hombre de mis mujeres 1) Capítulo 3. Sospechas #2
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Capítulo 3. Sospechas #2

Lo cubrí enseguida, por ella y por mí. Pero por dentro algo había hecho clic.

La inconsistencia estaba ahí, desnuda, y peor todavía: ahora había dos mujeres mintiéndome para proteger una misma ausencia, lo cual quería decir que la ausencia tenía nombre y que el nombre valía la pena de una mentira coordinada.

Me quedé sentado en la escalera del pasillo un rato largo después de que Sofía se fuera, con la mochila entre los pies.

No era rabia lo que sentía, o no todavía.

Era una cosa más chica y humillante: la vergüenza de haber sido el único de esa conversación que no sabía de qué estaba hablando.

Dos mujeres se habían puesto de acuerdo sobre un tema y el tema era yo, y me habían dejado afuera con una versión resumida y amable, como se le deja afuera a un niño o a un enfermo.

Esa noche la vi llegar contenta y me contó del trabajo de equipo inventado con todo lujo de detalles —una tal Pau que no había hecho su parte, cuatro horas rehaciéndola entre todas, «te juro que la próxima la mato»—.

Demasiados detalles. Los mentirosos siempre dan demasiados detalles: una persona que dice la verdad dice «me quedé en la escuela» y se acabó; una que miente te trae a Pau, las cuatro horas, la amenaza en broma, todo un decorado montado para que no te quedes mirando el vacío del fondo. Yo miré el decorado y aplaudí la obra.

◆ ◆ ◆

Al día siguiente las oí pelear.

Yo iba subiendo la escalera con las bolsas del súper y ellas estaban en el descanso del piso tercero, y una escalera de edificio funciona como una bocina: la primera vez que supe algo verdadero de esa temporada, lo supe por acústica.

No alcancé el principio. Alcancé a Sofía diciendo, en voz baja y furiosa:

—…no, no, es que no me avisaste. Yo no sabía qué decir. Me dejaste parada ahí como tonta.

—Ya sé. Perdón. De verdad, perdón.

—Es que no te estoy pidiendo perdón, Valeria, te estoy pidiendo que no me vuelvas a meter en esto —y hubo una pausa larga—. Y no me hagas preguntarte qué es esto, porque no quiero saber.

Silencio. Después la voz de Valeria, y la voz de Valeria no era la de siempre. Era una voz de la que yo no tenía copia: baja, plana, sin ninguna de sus vueltas.

—No es nada, Sofi.

—Ajá.

—Todavía no es nada.

Subí dos escalones y las bolsas sonaron, y las dos se callaron de golpe, y cuando aparecí en el descanso Sofía ya se estaba despidiendo con un beso rápido en la mejilla y una sonrisa puesta, y Valeria me quitó una bolsa de la mano y dijo «¿compraste el pan?

», y subimos el piso que faltaba hablando del pan.

Todavía no es nada. Me llevé esas cuatro palabras a la cama y las estuve dando vuelta hasta las tres de la mañana, y cada vez que las volteaba decían lo mismo, que es lo peor que podían decir.

No decían que no pasaba nada. Decían que había un calendario.

Que existía una cosa que aún no era nada y que, por lo tanto, iba camino de ser algo, y que las dos únicas personas del mundo que sabían de qué se trataba eran la mujer con la que yo dormía y una muchacha a la que yo le había preguntado por un trabajo de equipo.

Y de todas las cosas que sentí esa noche, la que más me duró no fue la sospecha.

Fue la envidia. Envidia de Sofía, que sabía.

Habría dado cualquier cosa por estar del lado de adentro de ese secreto, aunque el secreto me destruyera.

Ya entonces —y esto no lo entendí hasta muchos años y muchas camas después— lo que peor llevaba no era que ella hiciera algo. Era que lo hiciera sin mí.

◆ ◆ ◆

Esa noche, además, hice algo que me avergüenza más que cualquier sospecha.

La busqué en la oscuridad y la besé con una urgencia rara, casi rabiosa, que no era del todo deseo.

Era otra cosa: la necesidad de reclamarla, de borrar de su piel —con mis manos, con mi boca— el rastro de madera quemada que creía oler todavía, de comprobar que ese cuerpo seguía respondiéndome a mí y a nadie más.

Me puse sobre ella sin pedir permiso, por primera vez, con el peso de mi pecho aplastando su espalda contra el colchón y mis rodillas abriéndole las piernas en la penumbra.

Olía a champú, a sábanas limpias, a la crema que se ponía en los codos antes de dormir —y debajo de todo eso, o no debajo sino dentro, en algún pliegue de su piel que yo no podía alcanzar, seguía el humo de la parrilla, el sudor de la banqueta.

Metí la nariz en su nuca y respiré hondo, buscando el olor ajeno, y no lo encontré.

O lo encontré, y no quise admitirlo. Sus manos subieron a mi espalda, perezosas, casi dormidas, y sintió mi erección contra su muslo y se abrió un poco más, sin despertarse del todo, como quien concede un favor por inercia.

La penetré sin besarla, sin mirarla, con los dientes apretados y la frente pegada a su hombro, y su interior húmedo y tibio me recibió con una familiaridad que ya no me consolaba.

Moví las caderas en un ritmo mecánico, rápido, sin gracia —no estaba haciendo el amor; estaba haciendo un inventario: mis manos en sus caderas, sus grandes tetas contra mi pecho, su respiración ahogada en la almohada.

Pero mientras bombeaba dentro de ella, mi cabeza no estaba en el calor que la rodeaba.

Estaba en la imagen que no había invitado, la misma que llevaba tres días acechándome en los bordes de la vigilia: él y ella, en algún cuarto que no era este, con las piernas de ella enredadas en su espalda y los dedos de él hundidos en sus costillas.

Y entonces, sin que yo decidiera nada, la imagen se hizo nítida.

Vi el arco de su cuello, vi la mano de él en su nuca, vi el sudor corriendo por la columna de ella mientras él se movía dentro con una lentitud que yo no había aprendido.

Y en el mismo segundo en que la vi, supe que no la iba a apartar.

No la aparté porque descubrí, en el mismo instante en que la tuve delante, que me servía.

Que con la imagen ahí todo iba mejor, más hondo, más rápido; que el apretón de su interior a mi alrededor se hacía más intenso, que mi ritmo se volvía más firme, que mi propia respiración se rompía en jadeos que ella no compartía.

Me sostuve en esa imagen igual que un hombre se sostiene en el barandal de una escalera, y la usé, y funcionó.

Sentí que el orgasmo llegaba no por ella —no por la mujer que tenía debajo— sino por la mujer que imaginaba debajo de otro; y cuando me corrí dentro de su cuerpo, fue el cuerpo de él, no el mío, el que la mantenía abierta.

Después me quedé tieso en la oscuridad, con la respiración aún rota y el peso de mi propio cuerpo aplastándola contra el colchón, y ella, medio dormida, movió una pierna para liberarse y dio media vuelta sin decir palabra.

En la penumbra, mientras ella se acomodaba contra la almohada, olí de nuevo la madera quemada —esta vez en mis dedos, en la nuca de ella, en el aire que habíamos agitado—, y supe que no había borrado nada.

Solo había añadido otra capa de humo a lo que ya ardía.

Me levanté sin mirarla, fui a la cocina, abrí la llave y me dejé correr el agua fría por las muñecas hasta que el frío me llegó a los huesos.

No me sequé. Volví a la cama con las manos mojadas, sin haber entendido nada, y me acosté en el borde del colchón, a una distancia que ya no sabía medir.

La lluvia no caía. No había música. Solo el silencio de una casa donde dos cuerpos habían compartido un espacio y ninguna palabra.

Sentí asco. Pero no del asco que yo esperaba.

No me daba asco lo que ella pudiera estar haciendo.

Me daba asco lo bien que me había ido pensándolo.

Para el fin de semana ya me había convencido de que no había pasado. Es asombroso lo que uno puede desaparecer con tres días de trabajo honesto.

◆ ◆ ◆

Necesitaba limpiarme la chamarra de encima. Y supe, con una lógica retorcida, cuál era la única manera: ver a Bruno. Comprobar con mis propios ojos que mi amigo era mi amigo, que el olor era casualidad, que el monstruo que yo armaba no tenía su cara.

Lo busqué yo. Esto quiero que conste: en toda esta historia, las veces que Bruno y yo nos vimos a solas, casi siempre fui yo quien lo buscó. Él nunca tuvo que venir. Le bastaba con estar disponible, ancho y soleado, en el lugar donde yo, tarde o temprano, iba a ir a buscar consuelo.

Quedamos a desayunar. Llegó tarde, llenando la puerta del local, y me abrazó con esa fuerza que me levantaba medio palmo, y me llegó el olor —madera quemada, lo de abajo— y se me revolvió el estómago de un modo que disimulé sonriendo.

Habló de su trabajo, de un viaje, de una mujer con la que salía y de la que no dijo el nombre.

Me preguntó por la facultad, por mi madre, con una atención entera, esa generosidad suya que siempre me había parecido la prueba mayor de que me quería.

Y en algún momento, limpiándose la boca con la servilleta, dijo:

—Oye, ¿y Valeria? Qué mujer te conseguiste. En serio. No la sueltes. De esas hay pocas.

Lo miré buscando la grieta. Una micro expresión, un parpadeo de más, el brillo de quien sabe algo y disfruta callándolo.

No la encontré. Bruno me sostenía la mirada con la misma cara del que a los quince preguntó «¿es con él o es conmigo?

», limpio, sólido, de mi lado. Y entonces hizo lo peor que pudo hacer, que fue ser bueno conmigo:

—¿Estás bien? Te noto raro. ¿Problemas con ella?

—No —dije rápido—. Cansado, nada más.

—Cualquier cosa me dices —puso su manaza sobre mi hombro, cálida, pesada—. Sabes que aquí estoy.

Pedimos más café. Y ya con la cuenta en la mesa, mientras sacaba la cartera y sin levantar la vista, dijo la frase que de verdad importaba de ese desayuno, y la dijo con el tono con que se comenta el tránsito: