Cornudo inconsciente (El hombre de mis mujeres 1) Capítulo 3. Sospechas
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Capítulo 3. Sospechas

La duda no llega de golpe. Es una corriente de aire que entra por debajo de una puerta cerrada, y uno pasa días con frío en los tobillos antes de entender que en algún lado hay una rendija.

Así empezó. Y la rendija, de existir, daba a la habitación de mi mejor amigo, así que mi primer reflejo no fue buscarla: fue taparla con su nombre, porque cualquier cosa que tuviera que ver con Bruno era, por definición, buena.

Valeria había cambiado de ritmo. No de cariño —me besaba igual, se reía igual—, sino de ritmo, como una canción que sigue siendo la misma pero que alguien toca medio compás por delante.

Empezó a justificar tiempos que nadie le pedía: «estaba con las muchachas», «se me fue la hora en la biblioteca», explicaciones que sobraban porque yo no había preguntado nada.

Y esa es de las primeras cosas que aprendí de la sospecha: que las excusas que más inquietan son las que responden preguntas que uno no hizo.

Una noche, cenando, el teléfono le vibró sobre la mesa y ella lo volteó boca abajo con un gesto rápido, casi reflejo, sin mirar quién era, y siguió hablándome como si nada. Medio segundo. La clase de cosa en la que nadie repararía. Yo reparé. No dije nada. Pero lo archivé.

Y estaba más radiante. Eso fue lo peor. No la veía apagada ni esquiva, que habría sido más fácil de nombrar.

La veía encendida, con un brillo nuevo, una prisa alegre en el cuerpo, como quien tiene un plan secreto que le ilumina el día.

Y debo confesar algo que solo confieso aquí: que ese brillo, encendido por una causa que quizás no era yo, no solo me dolía.

También, en un rincón sucio de mí que descubrí esas semanas, me intrigaba.

Verla arder por algo que yo no le daba abría en mi pecho, junto al miedo, una curiosidad caliente y vergonzosa que apartaba de un manotazo cada vez que asomaba.

La apartaba. Pero asomaba. Y un hombre que tiene que apartar la misma idea muchas veces es un hombre que ya empezó a vivir con ella.

◆ ◆ ◆

Del jueves no volvimos a hablar.

Ella no lo mencionó por la mañana, y yo no pregunté, y así se instaló entre nosotros la primera cosa que ninguno de los dos nombraba: un día de la semana.

Pasó el domingo, pasó el lunes. El miércoles, cenando, dijo de pasada que mañana se le iba a hacer cansado por lo del examen, y lo dijo con la naturalidad de quien retoma una conversación que sí tuvimos, y yo contesté «ah, sí» con la misma naturalidad, como si en efecto la hubiéramos tenido.

Ese «ah, sí» es la primera mentira que dije en esta historia.

No mentí sobre un hecho: mentí sobre lo que sabía.

Le confirmé a Valeria que yo estaba enterado y de acuerdo, y con eso le ahorré el trabajo de contármelo.

A veces pienso que si hubiera dicho «¿cuál examen?

», con esas dos palabras, todo lo demás no habría cabido.

Pero decir «¿cuál examen?» habría sido admitir que ella me ocultaba algo, y a las nueve de la noche de un miércoles yo no estaba dispuesto a admitir eso ni en voz alta ni por dentro.

El jueves me fui a la biblioteca.

Nadie me lo pidió. Nadie insinuó que estorbara.

Fui yo quien, a las cinco de la tarde, metí tres libros en la mochila y le dije desde la puerta que se me había juntado el trabajo, que no me esperaran, que aprovechaba el silencio de la sala.

Valeria estaba acomodando la mesa. Levantó la cara y me dijo «va, cuídate», y volvió a lo suyo.

Podría escribir aquí que me fui porque tenía que trabajar.

Sería mentira. Me fui porque quería que la casa fuera un lugar cómodo, porque me imaginé a los tres sentados a la mesa con los apuntes y yo sobrando, haciendo la conversación pesada, y la escena me dio una vergüenza física.

Y me fui, sobre todo, para poder decirme después que yo no era la clase de hombre que se queda vigilando.

En la biblioteca no leí una línea. Tenía el libro abierto en la misma página desde las seis y estuve calculando: a qué hora habría llegado, cuánto dura estudiar para un examen, si habrían cenado.

A las nueve y media me obligué a esperar media hora más para no llegar antes de que se fuera, porque llegar y encontrarlo ahí me pareció, no sé por qué, la peor de las opciones posibles.

Cuando volví, a las diez y cuarto, ya no estaba.

La mesa tenía los apuntes de Valeria apilados, un plumón sin tapa y dos tazas.

Ella estaba bañándose; se oía el agua. Las dos tazas estaban una junto a la otra, del mismo lado de la mesa, no enfrentadas.

Me quedé viéndolas más tiempo del que me gustaría admitir, buscándoles un significado que dos tazas no pueden tener, y después hice lo que hago: las lavé, las sequé y las guardé.

Valeria salió del baño con el pelo mojado y de un humor excelente.

—¿Cómo te fue? —dije.

—Bien. Bien, bien. Es más fácil de lo que pensé.

—Se sentó en la orilla de la cama a untarse crema en las piernas, y siguió hablando sin que yo preguntara, contenta, con una energía que a las diez y media de la noche no le conocía—.

Explica rarísimo, ¿eh? Te dice el final primero y luego te lo desarma para atrás. Nunca lo había visto así.

—Siempre explicó así.

Levantó la cara.

—¿Cómo sabes?

—Le pasé apuntes muchos años —dije—. Sé cómo explica.

Se rio y no contestó, y siguió con la crema, y yo me quedé de pie en mitad del cuarto, con las dos tazas ya limpias escurriendo en la cocina, y con una sensación exacta que tardé años en poder nombrar: la de haber llegado a mi propia casa como quien llega a una fiesta a la que no fue invitado, y de haber recogido, además, los vasos.

◆ ◆ ◆

El perfume llegó un martes.

Me había llevado su chamarra por error —teníamos casi la misma talla de prendas anchas, ella se reía de eso—.

«Somos del mismo tamaño, Gael, qué tierno.

» Lo decía sin ninguna intención, con la ternura con que se dice una casualidad graciosa; lo había dicho veinte veces en dos años y las veinte veces me había parecido una broma cariñosa.

Esa temporada empezó a sonarme distinto.

No porque ella cambiara el tono: lo decía igual.

Cambió la mesa donde caía. Yo llevaba unas semanas haciendo, sin querer, una aritmética privada de tallas y de centímetros, y en esa aritmética somos del mismo tamaño dejaba de ser una ternura y se volvía un dato.

Un dato que ella no comparaba con nada. La comparación la ponía yo, cada vez, solo, en silencio, y después me odiaba por ponerla.

La traía puesta y no noté nada, o no quise notarlo.

Fue al colgarla, con la nariz encima de la tela, cuando me llegó.

Un perfume de hombre. No el mío; yo casi no uso.

Madera quemada con algo de resina debajo, algo oscuro y animal en el fondo, una colonia que reconocí en el cuerpo antes que en la memoria.

Y el olor hizo lo que hacen los olores: me arrancó del cuarto y me dejó en otro sitio.

En una banqueta, bajo un farol, a la salida de un bar, en unos brazos enormes que nos levantaban a Valeria y a mí un palmo del suelo.

«Cuídamela. Que esta no se te escapa.» Ese olor.

El de sentirme a salvo, que llevaba años queriendo, ahora prendido en la ropa de mi novia un martes cualquiera, lejos de cualquier banqueta.

Y aquí está la diferencia, la única que importa, la que me pasé toda esa semana tratando de no ver: aquella noche de la cena yo había estado ahí.

Había visto el abrazo, había estado dentro del abrazo, el olor me había llegado a mí también y me había gustado.

Esta vez no. Esta vez el olor estaba en la tela y yo no estaba en ningún lado de la escena en que se había pegado.

No lo nombré. Tuve el nombre en la punta de la conciencia, completo, con sus cinco letras, y aparté la cabeza antes de que terminara de formarse.

Solté la chamarra como si quemara. Abrí la ventana.

Me dije que los olores se pegan en cualquier lado, en el transporte, en un abrazo de saludo.

Que un perfume no es una prueba de nada.

Y tenía razón: un perfume no prueba nada.

Pero hay cosas que uno no necesita probar para saberlas, y la diferencia entre saber y querer saber fue, esa tarde, todo el espacio que me quedaba para seguir respirando.

Volví a colgar la chamarra en su lugar. La colgué mirando para otro lado, como se acomoda algo que uno no quiere tocar. Y esa noche, cuando ella se la puso para bajar por algo a la tienda, la vi salir con ese olor encima y le dije que se abrigara.

◆ ◆ ◆

La primera grieta concreta fue un martes también, una semana después.

Habíamos quedado en vernos al salir de su última clase. Le escribí desde la cafetería. Tardó en contestar lo que nunca tardaba, y cuando contestó fue para cancelar: le había salido un trabajo de equipo de último momento, no iba a poder, me compensaba el fin de semana.

Le creí. Uno cree siempre lo que necesita creer. Pero esa misma tarde, sin buscarlo, me crucé en el pasillo con Sofía, una de «las muchachas», el coro con el que Valeria supuestamente pasaba todas esas horas. Le pregunté por el trabajo de equipo, por hacer conversación.

—¿Cuál trabajo? —dijo Sofía, frunciendo el ceño con una inocencia que me heló—. No tenemos nada entregable esta semana.

—El de equipo —insistí, con una sonrisa que me costó sostener—. Valeria me dijo que se quedaban hasta tarde hoy.

Sofía me miró un segundo de más. Y vi pasarle por la cara, rapidísimo, algo que no era confusión: era cálculo. El instante en que una amiga entiende que ha metido la pata por su amiga y corre a tapar el hoyo.

—Ah, ese —dijo, recomponiéndose mal—. Sí, no, es que yo no entro en ese, son otras. Ya ni sé en qué anda metida Valeria, esa hace mil cosas. —Y se rio, una risa nerviosa, y se despidió demasiado rápido.