Capítulo 2. Valeria y su risa #4
Y fue, sobre todo, lo que hice yo: empecé a contar.
A medir los minutos. A registrar la distancia entre los dos cuerpos.
Aquel muchacho no volvió a aparecer nunca en nuestra vida; no recuerdo su nombre y probablemente no lo supe.
Pero la vigilancia que se encendió esa noche no se apagó cuando él se fue.
Se quedó adentro, prendida, esperando a tener a alguien a quien vigilar de verdad.
Esto no nace en la traición. Nace mucho antes, en la cabeza del que ya está contando aunque todavía no haya nada que contar.
Después, en el coche, se lo dije con una ligereza que ensayé tres veces antes de soltarla.
—Te llevas bien con todos, ¿eh?
—Me cae bien la gente —dijo, mirando por la ventana—. ¿Eso es malo? —Y antes de que yo contestara, añadió, medio en broma, con una risa pequeña que no llegó a los ojos—: Gael, no me pongas correa. Es lo único que de verdad no soporto. Prefiero cualquier cosa antes que sentirme encerrada otra vez.
Lo dijo como un chiste. Pero las cosas más verdaderas las decimos siempre como chiste, para poder negarlas si hace falta. Y yo, que presumía de leer a las personas, elegí oír «me cae bien la gente» y no «no me pongas correa».
—Jamás te pondría correa —le dije, y le tomé la mano, y ella me la apretó, agradecida, y volvió a mirar la noche con esa hambre suya de todo lo que aún no había probado.
Y supe dos cosas a la vez y solo me permití saber una.
La que me permití: que la amaba. La que enterré: que acababa de prometerle, sin que ella me lo pidiera del todo, que no le estorbaría el camino hacia nadie.
Le había abierto la puerta con mi propia mano y le había jurado, además, que nunca la cerraría.
◆ ◆ ◆
La azotea se fue vaciando como se vacían estas cosas: primero los de abajo, que tenían niño; después el señor Nacho con su plato; después Toño y Karla, que se fueron juntos y muy pegados, y a los que Valeria despidió con una ceja levantada hacia mí que quería decir te lo dije.
Bruno se quedó al último. Se quedó, además, a recoger, que es una cosa que los invitados dicen y no hacen y que él hizo.
Cuando bajé la tercera carga de basura al contenedor de la calle, ellos dos estaban en la cocina, ella lavando y él secando, hablando de algo con la puerta abierta y la luz encendida, a la vista de cualquiera que entrara.
Tardé seis minutos en la calle. No sé por qué tardé seis minutos. El contenedor está en la esquina.
Cuando volví ya no hablaban. Ella seguía en la tarja y él estaba recargado en el marco con el trapo en la mano, y los dos se voltearon hacia mí al mismo tiempo con la cara tranquila de quien no estaba haciendo nada, porque no estaban haciendo nada.
—Ya me voy —dijo Bruno—. Estuvo buena la carne.
—La hiciste tú —dije.
—Por eso.
Se rio, me abrazó, le dijo a Valeria «gracias, jefa» desde la puerta y se fue. Y yo me quedé en mitad de mi cocina, con mi novia y mi trapo y mis platos, sintiendo con toda claridad que el que acababa de irse de su casa era él y que los que nos quedábamos éramos las visitas.
◆ ◆ ◆
Esa madrugada me quedé despierto mirando el techo.
Tenía a la mujer más viva que había conocido, y me había elegido a mí.
¿Qué clase de idiota lo desperdiciaría buscándole grietas?
Me dije que la frase de la correa era una herida vieja de ella, no una advertencia para mí.
Me dije que el amor era precisamente esto: dejar libre a quien amas y confiar en que vuelva.
Me dije que el carbón estaba bajo de verdad, que la carne se habría quedado cruda, que cualquiera se habría hecho a un lado.
Y casi me dormí en paz.
Casi. Porque debajo de todas esas frases buenas seguía latiendo, pequeñito, terco, el mismo alfiler: la certeza incómoda de que se ama de verdad lo que se teme perder, y de que yo ya tenía miedo.
Antes, cuando el miedo no tenía cara, podía llamarlo carácter.
Podía decirme que era un hombre inseguro y quedarme dentro de esa palabra como quien se queda dentro de un abrigo.
Esa madrugada el miedo tenía cara, tenía estatura, tenía una manera de arremangarse la camisa hasta el codo, y llevaba años sentándose a mi lado.
Valeria se dio la vuelta en sueños, buscó mi hombro y dijo algo con la voz pastosa. Le pedí que lo repitiera.
—Que el jueves viene tu amigo —murmuró, ya casi del otro lado—. Va a ayudarme con lo del examen. Le dije que sí.
Y se durmió.
Yo no sabía que había un examen. No sabía que había un jueves. Me quedé con la pregunta armada entera en la boca, perfectamente formulada, lista para salir —¿cuándo lo arreglaron? —, y del otro lado de la cama solo había una respiración pausada y tibia y un hombro desnudo.
Podía despertarla. Eran dos palabras.
Me quedé mirando el techo hasta que se hizo de día, cuidando de no moverme para no despertarla.
En la mañana no dijo nada del jueves. Ni del examen.
Sirvió el café, se rio de algo del noticiero, se fue a bañar.
Y yo me quedé con la duda de si de verdad lo había dicho o si me lo había puesto yo en la boca de ella, que fue la primera vez en mi vida que preferí no saber algo pudiendo preguntarlo, y la primera vez que descubrí lo cómodo que es.