Capítulo 2. Valeria y su risa #3
Sintió mi erección contra su entrepierna y se rió —no con burla, sino con un reconocimiento animal, como quien encuentra lo que buscaba—, y sin soltarme las muñecas, bajó la cadera y frotó su vagina contra la tela de mi pantalón en un vaivén lento que me hizo arquear la espalda sin mi permiso.
Yo no la estaba besando: ella me besaba.
Yo no la estaba desnudando: ella se desnudaba sola, tirando de la cremallera del vestido con una mano mientras la otra seguía firmemente en mi muñeca, y cuando la tela cayó y sus enormes pechos quedaron libres contra mi pecho, sentí el calor de su piel como una plancha caliente, húmeda de sudor y deseo.
—No te muevas —dijo. Era la primera palabra que pronunciaba desde el beso, y no era una petición.
Sus dedos viajaron por mi torso, encontraron el botón de mi pantalón y lo abrieron con una pericia que yo no le había enseñado, y cuando su mano envolvió mi sexo, la sentí firme, segura.
Ella sabía lo que quería. Me sacó del pantalón con un tirón, me montó sin mirarme, y se enterró mi pene, su humedad me rodeó —caliente, apretada, ya abierta para mí— no fue un acto de amor.
Fue una toma de posesión. Se hundió sobre mí hasta el fondo con un gemido que la lluvia apenas cubrió, y entonces empezó a moverse.
No arriba y abajo. No. Era un movimiento circular, lento, implacable, como si estuviera moliendo algo dentro de ella con mi cuerpo, y sus manos, libres ahora, se clavaron en mi pecho y me mantuvieron quieto mientras ella cabalgaba.
Yo no podía hacer nada más que sostenerla.
Mis manos subieron a sus caderas, buscando el ritmo, pero ella las apartó sin esfuerzo, las volvió a clavar en la cama, y su torso se inclinó hacia adelante hasta que sus pezones rozaron mi boca y yo los lamí —porque era lo único que podía hacer, lo único que ella no me había prohibido—.
Pero incluso eso lo dictó ella: su mano en mi nuca, apretándome contra su pecho, guiando mi boca donde quería, con la misma autoridad con que guiaba mi sexo dentro de ella.
El sonido de su humedad contra mi pelvis se mezcló con el de la lluvia.
Cada vez que ella se alzaba, el frío de la habitación me mordía la piel; cada vez que caía, su calor me envolvía entero.
Y en la penumbra, iluminado apenas por el relámpago que se filtraba tras la cortina, vi su rostro: los ojos cerrados, la boca entreabierta, el cuello arqueado hacia atrás.
Sentí que me corría antes de tiempo, y quise detenerme, pedirle que bajara el ritmo, pero ella lo sintió y aceleró, apretó los músculos de su interior alrededor de mí con una precisión de relojero, y me obligó a estallar dentro de ella mientras sus caderas y culo seguía moviéndose, bombeando cada gota de mí con un hambre que no se saciaba.
Apreté los dedos contra las sábanas, gimiendo su nombre, y ella no contestó.
Solo siguió moviéndose, ahora más lento, más profundo, hasta que su propio cuerpo se tensó y se rompió sobre el mío con un quejido ahogado, los dedos enterrándose en mi costado, dejándome marcas que no vería hasta la mañana.
A la mañana siguiente me descubrí en el espejo una pequeña marca en el labio inferior, mínima, que no recordaba haberme hecho. Ella la vio mientras desayunábamos. La miró un segundo con algo parecido al orgullo antes de bajar la vista a su café, y sonrió para adentro, para nadie.
No dijimos nada. Pero entendí, sin querer entenderlo, que la noche anterior yo había creído darle un refugio y ella había tomado, en cambio, otra cosa; y que entre lo que yo ofrecía y lo que ella necesitaba había una distancia que ningún amor mío iba a cerrar.
◆ ◆ ◆
Cuando bajé a la cocina por más hielo, Valeria estaba ahí.
Estaba sola, recargada en la tarja, con la hielera vacía a los pies y las manos apoyadas atrás en la orilla.
Tenía los ojos cerrados. No hacía nada. La mujer que no se quedaba quieta nunca llevaba, calculé, tres o cuatro minutos parada en una cocina sin hacer absolutamente nada, y en la cara no tenía nada de la fiesta que sonaba arriba: tenía el gesto de alguien que se sienta un momento porque le duelen los pies.
—¿Estás bien? —dije desde la puerta.
Abrió los ojos y se encendió de golpe, en un cuarto de segundo, como se enciende un foco.
—Perfectamente. Se acabó el hielo. —Se despegó de la tarja y me pasó por al lado con la hielera—. Súbete los limones.
Ese cuarto de segundo entre la cara sin nadie y la cara para mí es la cosa más honesta que le vi a Valeria en años. Entonces no supe qué hacer con él. Lo guardé.
Arriba, la fiesta estaba en el punto exacto en que las fiestas dejan de necesitar anfitrión.
Encontré a Valeria contándole a Karla, con la bebida en la mano, la historia del mar.
La contaba bien. La había contado otras veces y esta vez la contaba mejor, porque Bruno estaba a tres metros y escuchaba.
—…y el pobre se metió con todo y zapatos —decía—. Con los zapatos, Karla. No se los quitó. Y no dijo nada en todo el camino de vuelta, iba manejando chorreando, con la cara así, y yo muerta de risa.
Todos se rieron. Yo también. Es una anécdota que a mí siempre me había gustado que contara, porque en mi versión de esa noche yo era un hombre que se había metido al mar.
Bruno preguntó, desde la parrilla, sin voltearse:
—¿Y por qué no te los quitaste?
Fue una pregunta amable. La hizo con curiosidad de verdad, sin doble fondo, mientras le daba la vuelta a un trozo de arrachera.
Y yo abrí la boca para contestar y me di cuenta, ahí de pie con un vaso en la mano, de que no tenía respuesta.
No me los quité porque agacharme a desamarrar unas agujetas en ese momento me pareció una cobardía disfrazada de sensatez, y porque tenía miedo de que en esos veinte segundos a ella se le pasara el impulso y ya no fuéramos a meternos.
—Se me hizo que si me paraba, se le quitaban las ganas —dije.
Bruno se rio y no le dio importancia. Nadie le dio importancia. Valeria sí. Valeria se me quedó viendo un segundo largo por encima del vaso, con una expresión que no supe leer y que no era burla, y después se rio con los demás y siguió con otra cosa.
Fue la única vez en toda la tarde en que dije algo verdadero, y me sentí en calzones.
◆ ◆ ◆
Debí prestar atención a una cosa que me dijo, meses atrás, pero la guardé donde guardo lo que no quiero mirar.
Fue en una fiesta de su facultad. La vi del otro lado de la sala hablando con un compañero de su carrera, alto, fácil, de los que ríen con todo el cuerpo.
Le tocó el brazo al reírse, un gesto mínimo, el mismo que repartía por el mundo como repartía su risa.
No fue eso. Fue cómo se le iluminó la cara, esa disponibilidad suya hacia lo nuevo, hacia cualquier cosa que prometiera una experiencia que aún no había tenido.