Cornudo inconsciente (El hombre de mis mujeres 1) Capítulo 2. Valeria y su risa #2
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Capítulo 2. Valeria y su risa #2

Le dije que se bajara de ahí. Se lo dije tres veces, con un tono cada vez más razonable, y a la tercera ella se recostó hacia atrás, sobre el vacío, sosteniéndose solo con las manos en borde del edificio, y se quedó así mirando el cielo boca arriba y riéndose de mi cara.

Yo tenía el corazón en la garganta. No me levanté.

No fui por ella. Me quedé sentado contra el tinaco calculando la distancia y sin moverme, y eso —lo pienso ahora, con la parrilla encendida en ese mismo lugar— fue el retrato entero de todo lo que vino después.

En otra ocasión, una madrugada me hizo parar el coche frente a una playa oscura y se bajó descalza.

«¿Cuándo vas a volver a meterte al mar de traje?

Nunca. Y cuando seas viejo vas a contar que una loca te lo pidió y dijiste que no por la tintorería.

» Me metí. No sé cómo, pero me metí, con el agua helada subiéndome por las piernas, y ella riéndose y salpicándome y gritándole cosas al mar negro.

Y por un rato fui un hombre que se metía al mar vestido a las cuatro de la mañana. Fui, prestada, su clase de persona.

Cada plan suyo era una pequeña transgresión, y yo, el que pedía permiso, la seguía agradecido de que alguien me obligara por fin a vivir.

No se me ocurrió entonces lo que se me ocurriría demasiado tarde: que quien necesita que otro lo obligue a vivir le está entregando, en el mismo acto, el mando de su vida.

◆ ◆ ◆

Bruno llegó a las cuatro con cerveza oscura bajo el brazo y un ramo de flores de mercado envuelto en papel de estraza.

Las flores no eran para Valeria. Fue lo primero que dijo, en voz alta, para que lo oyera toda la azotea: «Esto es para la casa», y se las dio a ella con las dos manos, como se entrega un documento.

Después me abrazó a mí y me levantó del suelo, y le dio la mano al señor Nacho, y saludó a Toño por su nombre completo y a Karla como si la conociera de años.

En cuatro minutos había tocado a todo el mundo y no le había dicho a Valeria nada que yo no pudiera oír.

Es la parte que nadie me cree cuando la cuento: que Bruno se portó impecablemente. Que se portó impecablemente siempre.

Fue a la parrilla, se asomó al carbón, y sin ninguna intención hizo el único comentario del día que era verdad.

—Está bajo. Se te va a quedar cruda la carne.

Tenía razón. El carbón estaba bajo. Yo llevaba tres horas cuidándolo mal, distraído, mirando la puerta.

—Ya sé —dije.

—Déjame.

Y lo dejé. Eso fue todo lo que hice. Le pasé las pinzas, me limpié las manos en el pantalón y me hice a un lado; y Bruno se arremangó la camisa hasta el codo, apiló el carbón de otro modo, sopló dos veces y en cinco minutos tenía una brasa pareja y anaranjada que yo no había conseguido en tres.

La azotea entera se movió hacia la parrilla.

No hubo un momento en que alguien dijera «ahora Bruno hace la carne».

Simplemente, a las cuatro y cuarto la carne era mía y a las cuatro y media era suya.

Él la volteaba, él decía cuándo, él repartía.

Le puso sal a mi carne, en mi asador, con mi sal.

Y todos comieron de su mano y le dieron las gracias a él, que era lo justo, porque la había hecho él.

El primer taco lo hizo él y se lo dio a ella.

No fue un gesto: fue lo que hace cualquiera que está en la parrilla, cortar un pedazo y dárselo al primero que tenga cerca para que le diga si va bien de sal.

Valeria lo tomó con las dos manos, se agachó un poco para que no le escurriera, y se lo comió ahí de pie, junto a él, con la cabeza ladeada y los ojos cerrados un segundo.

—Mmm.

Eso fue todo. Una sílaba. Yo estaba a cuatro metros con el paquete de tortillas abierto en la mano y la conté como se cuenta el dinero que le falta a uno.

Yo repartí las tortillas. Es lo que hace, en una carne asada, el que ya no tiene la parrilla.

Pero yo, desde mis cuatro metros de distancia, con el paquete de tortillas abierto y tibio en las manos, no veía la carne.

Veía sus dedos. Los dedos de Bruno, gruesos, manchados de jugo y grasa, apretando el lomo contra la parrilla con una firmeza que yo no tenía.

Veía cómo sus nudillos se blanqueaban al girar un trozo, cómo la yema de su pulgar presionaba la superficie para comprobar el punto, cómo se llevaba un pedazo a la boca y se chupaba los dedos después, lento, con los ojos entrecerrados, saboreando su propio trabajo.

Aprecié como él soplaba el carbón y avivaba la llama, buscando el punto justo de cocción.

Sentí raro en mi estómago cuando mi novia se acercaba a la parrilla, atraída por el olor, y se plantaba a medio metro de él, tan cerca que la manga de Bruno rozaba su brazo desnudo cada vez que él se inclinaba para girar una pieza. Ella no se apartaba. No se apartó en toda la tarde.

Más tarde, cuando ya todos comían sentados, Valeria se recargó en mí con el plato en las rodillas y dijo, mirando su taco, sin dirigirse a nadie en particular:

—Le puso limón antes de la sal. ¿Viste? Yo no sabía que se podía hacer eso.

No lo dijo para herirme. Lo juro por lo que quieran.

Ni siquiera me nombró; en esa frase yo no aparecía.

Era una observación de cocina, de esas que una persona curiosa hace en voz alta porque acaba de aprender algo.

Pero yo llevaba dos años haciéndole la carne a Valeria de la única manera que sé hacerla, que es la manera en que la hacía mi padre, y en dos años ella nunca había dicho mmm con los ojos cerrados.

—Se le pone al final —dije—. El limón.

—Pues así también sabe rico —contestó, encogiéndose de hombros, y le dio otra mordida.

Así también. Dos palabras que no significaban nada y que estuve masticando el resto de la tarde.

Y me gustó. Esa es la parte que tardé años en poder escribir.

Me gustó verlo ahí, con el humo y el cuchillo, haciéndolo bien; me gustó verlo arremangándose su camisa, con sus antebrazos velludos moviendo la brasa, con su boca chupándose los dedos; me gustó que mi fiesta estuviera saliendo bien porque él había llegado; me gustó, sobre todo, que Valeria lo estuviera viendo hacerlo.

Era otra vez como el día de cena y el vestido rojo: la vieja alegría idiota de que lo mío se luciera.

Solo que esa tarde lo mío ya no era solamente ella.

◆ ◆ ◆

Hubo una noche, meses antes, en que Valeria dejó de correr.

Estábamos en el cuarto que entonces era solo mío, tarde, después de una de sus aventuras.

Llovía. Ella, que nunca se quedaba quieta, estaba quieta por una vez, con la cabeza sobre mi pecho y un dedo trazando círculos en mi camiseta.

Y de pronto, en voz muy baja, me contó cómo había sido su casa.

El padre que medía las faldas con una regla, literalmente, una regla de plástico que todavía podía describir.

Las puertas que se cerraban con llave por fuera.

Una adolescencia entera mirando por la ventana la vida de los demás, prometiéndose que en cuanto pudiera no se iba a perder absolutamente nada, nunca más.

—Por eso soy así —me dijo—. Tú crees que soy valiente. No soy valiente. Estoy huyendo. Llevo huyendo desde los quince. La gente confunde correr con ser libre. No es lo mismo.

—¿Y de qué huyes ahora? —pregunté, porque por una vez me atreví—. Conmigo no hay reglas que medir faldas.

Se quedó callada, mirando la lluvia resbalar por el cristal.

—No huyo de ti —dijo despacio—. Huyo de la idea de que esto sea todo. De despertar un día y descubrir que ya viví lo que me tocaba y que fue poco. —Y entonces, como arrepentida de una verdad tan grande, sonrió y me dio un golpecito en el pecho—. No me hagas caso. Es la lluvia, que me pone trágica.

Debí oír lo que acababa de decir. «Que esto sea todo.» Yo era, en esa frase, el «esto». Pero la abracé y dejé que la lluvia se llevara la sílaba que sobraba.

—Conmigo no tienes que huir —le dije al oído—. Conmigo te puedes quedar quieta.

Ella levantó la cara y me besó. Y el beso no fue lo que yo esperaba.

Yo le ofrecía un refugio y ella no buscaba un refugio.

Lo que me llegó por la boca no fue gratitud ni calma; fue hambre, una urgencia sin fondo que no se parecía a la ternura que yo le tendía.

No me besaba para quedarse quieta. Me besaba para no quedarse quieta nunca, para tapar con mi boca el silencio que acababa de abrir al confesarse, como quien apaga un incendio con otro.

Me dejé llevar, porque debajo del susto había algo que me dio vergüenza sentir y que sentí igual: que esa hambre suya me empequeñecía y me encendía a la vez, que ser arrasado por una mujer así era una forma de existir que yo no conocía.

Y entonces me empujó contra la cama, con la lluvia golpeando el cristal como un acompañante ciego, y su peso cayó sobre mí antes de que yo pudiera preguntar si quería luz o silencio.

No necesitaba preguntar. Ella ya lo había decidido todo.

Sus rodillas se clavaron a cada lado de mis caderas y sus manos encontraron mis muñecas, las apretaron contra la almohada, inmovilizándome con una fuerza que yo no le conocía.

El vestido que se había puesto para la cena —esa tela negra que yo había admirado en el espejo, imaginando que la quitaría con cuidado— ahora se arrugaba bajo sus muslos mientras ella se inclinaba sobre mí, y su boca volvió a la mía, pero esta vez sin pausa, sin el titubeo del primer beso.

Esta vez era un mordisco, un desgarro, un reclamo.