Cornudo inconsciente (El hombre de mis mujeres 1) Capítulo 2. Valeria y su risa
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Capítulo 2. Valeria y su risa

El sábado Valeria se despertó antes que yo, y eso no pasaba nunca.

La oí en la cocina a las nueve, moviendo cosas, abriendo cajones que no se abren un sábado.

Cuando salí del cuarto ya tenía una lista escrita en el reverso de un sobre: carne, carbón, cebollitas, tortillas de la tortillería de la esquina y no las del súper, limones, hielo.

La letra apretada, las cantidades anotadas.

Llevaba mi camiseta y el pelo hecho un nudo y estaba absolutamente despierta.

Se veía hermosa, su tez clara, con pecas visibles sobre la nariz y las mejillas.

Su cabello rubio despeinado cayendo por sus hombros, delgada con senos prominentes y esa silueta en forma de reloj de arena, con abdomen plano.

—Somos como ocho —dijo, sin levantar la vista—. Nueve con tu amigo.

Tu amigo. A la cara le había dicho Bruno, el famoso Bruno; conmigo, desde el jueves, era tu amigo, así, como si necesitara ponerle una distancia delante de mí.

—¿Ocho? Dijiste dos vecinos.

—Los de abajo son dos y el niño. Y Toño viene con alguien, siempre aparece con alguien. —Me pasó la lista y me dio un beso rápido, de encargo—. Y tráete de la cerveza oscura —me dijo—.

Me quedé con la hoja en la mano en mitad de la cocina.

—No tomamos cerveza oscura —dije—

—El en la cena pidió oscura —dijo, ya de espaldas, metiendo la cabeza en el refrigerador—. La de etiqueta café. Esa.

No fue nada. Fue un dato de nada, del tamaño de una uña, y sin embargo se me quedó atravesado todo el camino al mercado: que yo no me acordaba de qué había tomado Bruno en la cena y ella sí.

Que había registrado la marca. Yo llevaba años sentándome a la mesa de Bruno y no habría sabido decir qué pedía.

Me dije, mientras hacía fila en la carnicería con la hoja arrugada en el puño, que las mujeres se fijan en esas cosas, que a eso le llaman ser buena anfitriona, que mi madre se acordaba del café de cada visita y nadie hacía de eso una tragedia.

Y era verdad. Todo lo que me dije era verdad.

Es lo que tienen las cosas que uno se dice para no ver: casi siempre son ciertas, y por eso funcionan.

Compré cerveza oscura. Y compré, además, una bebida con alcohol que a Valeria le gustaba, una de manzana, para tener algo que darle yo.

Volví cargado, subiendo las escaleras en dos viajes, y en el segundo me detuve en el descanso de uno de los pisos para recuperar el aire, con las bolsas cortándome los dedos, y me sorprendí ensayando la tarde.

Cómo iba a estar puesta la azotea cuando él subiera.

Qué le iba a enseñar primero. Dónde lo iba a sentar.

Llevaba años enseñándole cosas a Bruno para que me dijera que estaban bien: un examen, un poema malísimo de adolescentes, una moto que compré y vendí después.

Y ahora tenía una hermosa novia, un lugar donde vivir y una azotea, y ahí estaba yo en el descanso de las escaleras, con las manos moradas por cargar las bebidas y la comida, pero acomodando la exposición.

◆ ◆ ◆

A Valeria la conocí por el oído.

Yo estaba en la mesa del fondo de la cafetería de Filosofía, corrigiendo un ensayo que no era mío —le hacía favores a media facultad, era mi manera de pertenecer sin tener que hablar—, cuando del otro extremo del local estalló una carcajada.

No una risa educada. Una carcajada entera, sin permiso, de cabeza echada hacia atrás, que hizo girar tres mesas y me hizo girar a mí, que nunca giraba por nada.

Era rubia, con una melena en capas que se movía cuando reía, los ojos de un marrón cálido, color avellana.

Reía por algo que le había dicho una amiga, con una mano en el pecho y la otra dando golpecitos en la mesa, como si la risa le sobrara y necesitara repartirla en el mobiliario.

Yo, que había construido toda mi vida sobre el arte de no ser notado, sentí de golpe unas ganas absurdas y desesperadas de ser notado por ella.

No hice nada, claro. No hacer nada era mi especialidad.

Bajé la vista al ensayo ajeno y fingí leer.

Pero seguí oyéndola por encima del párrafo: cómo encadenaba una historia con otra, cómo a su mesa la gente se acercaba sola, atraída.

Recogí mis cosas antes de que ella se fuera, para no tener que verla irse, porque ya entonces, sin conocerla, me dolía un poco la idea de su espalda alejándose.

Lo que no entraba en mis cálculos era que fuera ella quien se acercara.

Ocurrió dos semanas después, en la biblioteca. Levanté la vista de mi rincón y ahí estaba, parada frente a mi mesa con una pila de libros y una sonrisa que no pedía permiso para nada.

—Tú eres el que corrige ensayos —dijo. No era pregunta—. Me dijeron que eres el mejor. Y que cobras barato.

—No cobro nada —contesté, y me odié por lo bajito que me salió la voz.

—Peor todavía —dijo, y se sentó frente a mí sin esperar invitación, dejando caer los libros con un golpe que le valió una mirada del bibliotecario y que ella ignoró—. Un genio que regala lo que sabe. Eso es un problema de autoestima, ¿sabías?

—Es eficiencia. Si cobrara, tendría que negociar el precio. Así solo corrijo y me dejan en paz.

Se quedó mirándome, sorprendida de que el callado contestara, y soltó la carcajada de la cafetería, la que hacía girar mesas.

Dos personas nos voltearon a ver. A mí me subió el calor a las orejas y a ella no le importó en absoluto, y yo entendí en ese segundo que eran dos maneras distintas de estar en el mundo.

—Ah —dijo, bajando la voz a un susurro teatral—. Sí tienes risa. Y eres medio cabrón, ahí escondido. Pensé que eras de los que solo asienten.

—Soy de los que solo asienten. Hoy es la excepción.

—Entonces voy a tener que volver —dijo, como quien toma una decisión de logística—. A ver si te saco más excepciones.

Y esa fue toda la conquista. No la mía: la suya.

Fue Valeria quien preguntó, quien insistió, quien volvió al día siguiente con un ensayo que ni siquiera necesitaba corrección —lo entendí después— solo para tener excusa de sentarse enfrente.

Yo me dejé encontrar. Es la palabra exacta y debí prestarle más atención: no la busqué, no di ningún paso.

Me quedé muy quieto, como quien no quiere espantar a un pájaro que se ha posado cerca, y dejé que ella hiciera todo el trabajo.

Al tercer día cerró el libro de golpe, apoyó la barbilla en las manos y me miró con una franqueza que me desarmó.

—¿Sabes qué me gusta de ti? Que me escuchas como si lo que digo importara.

Los demás esperan su turno para hablar. Tú esperas para entender.

Es rarísimo. Casi sospechoso. —Y me miró un segundo de más, midiéndome—.

Nadie escucha gratis, Gael. Todo el mundo cobra de algún modo. Tú todavía no sé cómo cobras.

No supe qué contestar. Nunca había sabido que esa cosa mía —el quedarme quieto, el escuchar— pudiera leerse como un don.

Ella me lo devolvió convertido en virtud, y yo, que cobraba tan barato todo lo que daba, me sentí pagado de más.

No me detuve a pensar que quizá no fuera una cualidad.

Que quizá solo fuera un hueco cómodo en el que los demás encajaban lo que necesitaban poner.

◆ ◆ ◆

La carne asada era en la azotea. En este edificio la azotea es de todos y no es de nadie: tres tendederos, un tinaco, la vista a la avenida y una parrilla de tambo que el señor Nacho, del piso 3, presta a cambio de que le bajen un plato.

Subí el carbón a la una y ya estaban los de abajo con el niño.

Toño llegó a las dos con una hielera y con Karla, que resultó ser la otra muchacha de La Cava, la que no se había ido temprano, y a la que yo, para mi vergüenza, tardé media hora en ubicar.

Alguien puso música. Valeria se movía entre la gente sirviendo, presentando, encendiendo conversaciones y dejándolas ardiendo solas para ir a encender la siguiente.

Era buena en eso de un modo que a mí me parecía sobrenatural.

Yo hice lo que hago: me quedé junto a la parrilla dándole vueltas al carbón, que es el mejor lugar de una carne asada para el que no sabe estar en las fiestas. Tienes una tarea, tienes un motivo para no hablar y todos te agradecen que estés ahí.

A las tres y media Bruno no había llegado.

Y a las tres y media descubrí que llevaba media hora sin voltear a ver el carbón y sí volteando a ver la puerta de la escalera. Cada vez que alguien subía, yo levantaba la cabeza. Me sorprendí haciéndolo y me obligué a parar, y a los dos minutos ya lo estaba haciendo otra vez.

Valeria estaba dándole a Karla una versión muy mejorada de cómo nos habíamos conocido. Se rio, echó la cabeza atrás, y sin dejar de hablar volteó a la puerta de la escalera.

Ella también estaba esperando.

Volví al carbón. Lo piqué con las pinzas hasta que soltó chispas que no hacían falta.

◆ ◆ ◆

Querer a Valeria fue, sobre todo, aprender a correr para alcanzarla.

Vivía como si el tiempo fuera a acabarse esa noche.

La primera vez que subimos a esta azotea fue ella quien me trajo, tres meses después de la biblioteca, por una puerta que entonces estaba cerrada con candado —el señor Nacho la abrió para todos después, cuando subió la parrilla— y que ella abrió con la naturalidad de quien tiene un acuerdo con el mundo.

Nunca me dijo de dónde había sacado la llave.

Se sentó en el borde mismo del edificio, con las piernas colgando sobre cuatro pisos de vacío y la avenida abajo.

Yo me senté un metro atrás, con la espalda contra el tinaco, y ella se rio de mí sin crueldad.

—Gael —me dijo—, hay dos clases de personas. Las que piden permiso y las que piden perdón. Tú llevas años pidiendo permiso. Te vas a morir con el permiso en la mano.

—¿Y tú?

—Yo no pienso pedir ni una cosa ni la otra. Yo pienso llegar tarde a todo y que me lo agradezcan.