Capítulo 1. El amigo de siempre #4
Manejé de vuelta con la ventanilla baja y el aire frío en la cara, su mano sobre mí encendiéndome con una lentitud deliberada que apenas podía sostener al volante.
Y aun así —esto es lo que no me perdono— mientras ella me tocaba, yo no estaba con su mano.
Estaba repasando la velada. El chico de la barra que me sostuvo la mirada, la sonrisa de Diana.
La silla rodada hasta mi lugar. El sábado.
Tenía el deseo de Valeria entero en la palma y yo lo gastaba en hacer cuentas, como un avaro que pasa hambre sentado sobre el oro.
—Llegamos —dijo ella, y su voz era neutra, como si no hubiera pasado nada—. ¿Entramos?
—Sí —respondí, y mi mano temblaba al apagar el motor—. Pero déjame un minuto. Necesito... no sé. Acomodar esto.
Se rió y bajó del coche sin mirarme. Yo me quedé a oscuras, con el pantalón abierto y el olor de ella, repitiéndome que el verdadero lujo era tenerla.
◆ ◆ ◆
Subimos a oscuras. Ella se metió al baño y se quedó adentro más de lo necesario.
Por la rendija de la puerta la vi un momento: no se estaba desmaquillando ni lavándose las manos.
Estaba frente al espejo, muy cerca, con la barbilla levantada, revisándose la cara como se revisa una mancha en la ropa antes de entrar a una casa ajena.
Buscando algo. Comprobando si se le notaba.
No supe qué. Todavía no.
Cuando salió, apagó la luz atrás de ella y la casa se quedó otra vez a oscuras.
Se pegó a mi espalda y me rodeó con los brazos, impaciente, y respiré sin querer su perfume —el nuevo, el de la ocasión, con olor a canela— mezclado ya con algo más: un rastro tenue de madera quemada que no era suyo ni mío y que solo podía venir del abrazo de la banqueta, del abrazo de despedida de Bruno.
Un detalle de nada. El roce de un perfume ajeno en la ropa de quien amas.
No le di importancia. Me dije que era el mismo aire que habíamos respirado los tres toda la noche.
Pero lo registré, como se registra todo lo que después no te deja dormir, y me quedé con ese olor prendido en la nariz.
Valeria me arrastró hacia ella en la oscuridad y yo la seguí como se sigue una corriente.
La besé con una urgencia que no era del todo deseo; era otra cosa, más fea y honda.
Era la necesidad de comprobar que seguía ahí, que ese cuerpo que esa noche se había reído para otro seguía siendo el que yo conocía, el que respondía a mis manos y no a las de nadie más.
La sostuve como quien sostiene algo que teme que se le escurra entre los dedos.
Pero cuando sus manos se clavaron en mis hombros para empujarme contra el marco de la puerta, supe que ella no buscaba ternura.
Buscaba la continuación de algo que había empezado.
La empecé a tocar, sintiendo el frío de la madera en los nudillos mientras mis palmas subían por sus costillas y encontraban sus pechos bajo la tela, mis dedos apretaron el pezón derecho de sus grandes senos con una brusquedad que ella contestó con un gemido ahogado, la cabeza echada hacia atrás, ofreciendo el cuello.
Bajé la cremallera de su vestido con una mano torpe, y la tela cayó hasta su cintura, dejando su piel desnuda contra la pared.
Me incliné sobre ella, mordí su clavícula, chupé la curva de su hombro, y supe, por el modo en que su pelvis se pegó a la mía, que no estaba mordiendo lo que buscaba.
Su cadera se movió contra mi entrepierna con un vaivén que yo no le había enseñado, un ritmo nuevo que no conocía.
Metí la mano entre sus muslos, y encontré una tela húmeda.
Mis dedos avanzaron un poco más, la sentí caliente, abierta.
No era la humedad de la noche ni la del baile; era la de la anticipación, la de una mujer que había estado guardando ese fuego y ahora me lo cobraba a mí.
Mis dedos entraron en ella —dos primero, luego tres, hundiéndome hasta los nudillos— y sentí cómo se cerraba a mi alrededor de que me pertenecía del todo.
Le metí un cuarto dedo. Era mía, sí, pero la forma en que sus caderas cabalgaban mi mano, el arco de su espalda, el modo en que su boca se abría en un silencio blanco y sus uñas se rajaban en mi nuca, no lo conocía.
Apreté el ritmo, moviendo los dedos dentro de ella con una velocidad que no sentía mía, y el sonido de su humedad contra mi palma llenó la oscuridad con un chasquido obsceno y líquido.
Su rodilla subió, rozándome el costado, y sentí que ella se deslizaba, que su peso se rendía contra mi pecho mientras yo la sostenía con el brazo libre y seguía bombeando con mis dedos dentro de ella, buscando ese punto que la hiciera olvidar, que explotara.
Pero su respiración no se rompía. Había un susurro inacabado, una vocal sin consonante, ¡un ohhhh!
exquisito, en la forma de un gemido que yo ya había oído antes.
La apreté contra mí, los dedos aún dentro de ella, el pulgar por afuera presionando su centro, hasta que sentí cómo se tensaba, cómo se rompía.
Y en el instante exacto en que su vientre se contrajo, su boca se abrió contra mi cuello y sus líquidos me empaparon la mano; entonces supe que había encontrado ese lugar.
Su cuerpo temblaba contra mi palma y su respiración se hacía jadeo, supe que dentro de ella —en esa humedad que yo sentía— ya estaba muy adentro.
Escuchaba su voz a mi oído jadeando, pero a la vez olía ese perfume de madera quemada que ahora me impregnaba la nariz mientras retiraba mis dedos lentamente.
Aunque la tenía toda, su calor, su respiración contra mi cuello, sus manos clavadas en mi espalda, la sentía un poco lejos.
Es lo más extraño que me ha pasado: tenerla entera en los brazos y echarla de menos al mismo tiempo. Cuanto más la apretaba, más se me iba.
Pero incluso ahí, en lo más hondo, me di cuenta algo me estorbó.
Eso fue lo que me dejó despierto, aún después ella me dio placer con su mano.
◆ ◆ ◆
Después, con Valeria dormida y su respiración pausada llenando el cuarto, me quedé mirando el techo.
Su mano descansaba sobre mi pecho, tibia, confiada, sin sospechar nada de lo que su dueño rumiaba debajo.
Yo tenía todo lo que un hombre puede querer: a la mujer que amaba a mi lado y al mejor amigo del mundo de vuelta en mi vida.
Era el inventario de un hombre feliz. Lo repasé despacio, pieza por pieza, como quien cuenta su dinero para convencerse de que es rico.
Y volvió el frío. Más pequeño ahora. Un alfiler.
Valeria echando la cabeza hacia atrás, la garganta descubierta, riéndose de algo que yo no dije.
Me la hice otra vez en silencio: ¿de qué se rio?
Y otra vez no hubo respuesta, solo el alfiler, entrando despacio, en un punto exacto debajo del esternón.
Y debajo del alfiler, una imagen que no había pedido y que no pude apagar: los dos cuerpos, el de él y el de ella, juntos en algún cuarto que no era este. No la busqué. Llegó sola, completa, con una nitidez que me asustó. Cerré los puños. Se me revolvió el estómago.
Y se me empezó a poner dura de nuevo.
Me quedé así, en lo oscuro, con las dos cosas al mismo tiempo y sin manera de ponerlas de acuerdo, sintiendo la mano tibia de Valeria subir y bajar sobre mi pecho con la respiración de su sueño.
No me toqué. Ni siquiera se me ocurrió: en ese momento no había placer, había un descubrimiento, y el descubrimiento no era la imagen, era yo.
Podía levantarme. Podía despertarla y preguntarle.
Podía, al día siguiente, decirle a Bruno cualquier cosa que pusiera una distancia, o inventar un pretexto y cancelar el sábado.
Tenía, esa noche, todas las salidas abiertas, y ninguna me iba a costar todavía demasiado caro.
Esa es la parte que más me duele recordar: que al principio era barato. Que bastaba con una pregunta.
No la hice. A un hombre lo educan para pelearse en el receso, para defenderla, para plantarse; a mí nunca me educaron para nada de eso, a mí me enseñaron a esperar sentado a que las cosas pasaran, y esa noche la enseñanza me sirvió perfectamente.
Cerré los ojos y me dije que mañana no me acordaría.
Que era la cerveza. Que el amor también es esto, confiar, no escarbar, dejar que el otro tenga sus risas con quien quiera.
Prefiero no saber, si al callar la conservo.
Me construí, ladrillo por ladrillo, en la oscuridad, la pequeña casa cómoda donde pensaba vivir los años siguientes: la casa del que prefiere no saber.
Me dormí tarde. Antes de dormirme hice una sola cosa, y la hice sin darme cuenta de que la hacía: calculé cuántos días faltaban para el sábado.
Faltaba uno.