Capítulo 1. El amigo de siempre #3
Así que asentía a Toño con media cabeza mientras la otra media se quedaba atrás, en la mesa, donde Bruno y Valeria se habían quedado solos sin que nadie lo decidiera.
No los oía. Los veía. Y verlos sin oírlos fue, descubrí esa noche, una forma particular de tortura: porque sin las palabras solo quedaban los cuerpos, y los cuerpos contaban otra historia que la conversación educada habría disfrazado.
Vi a Valeria hablar con las manos, animada, contándole algo largo.
Vi a Bruno escucharla con una atención entera, sin interrumpir, asintiendo en los lugares exactos.
Y vi a Valeria hacer entonces algo que me dejó frío: se tocó el pelo.
Se lo recogió detrás de la oreja con dos dedos, despacio, y bajó un poco la barbilla.
Yo conocía ese gesto. Era el gesto que me había hecho a mí la primera noche, en otra mesa, hacía dos años.
—¿Me estás oyendo? —dijo Toño.
—El penal, sí —dije—. Era penal.
No tenía idea de qué penal hablaba. Me costó un esfuerzo físico arrancar los ojos de la mesa. Cuando Toño por fin me soltó y pude volver, llegué a tiempo de oír el final de algo.
—…nunca se lo he contado a Gael —decía Valeria, y se reía, una risa baja, de confidencia—. Te lo cuento a ti y ni te conozco.
—Los desconocidos somos el mejor confesionario —dijo Bruno—. No tenemos con qué cobrártelo después.
Me senté. Pregunté de qué hablaban con una sonrisa puesta, la sonrisa del que llega tarde y disimula.
Y los dos, a la vez, con una sincronía que me dolió más que cualquier secreto, dijeron «nada» y cambiaron de tema.
No un «nada» de culpa. Un «nada» de complicidad, que es peor, porque la culpa al menos sabe que hizo algo.
Ellos no sentían que hubieran hecho nada.
Y tenían razón: no habían hecho nada. Solo habían tenido, en cinco minutos, una intimidad que a mí me costaba meses.
Eso no es un delito. En ningún código del mundo es un delito. Y sin embargo salí de esa mesa robado.
◆ ◆ ◆
Y entonces, en algún momento que no sabría fijar, hubo algo.
Bruno se inclinó otra vez sobre la mesa y dijo algo en voz baja, solo para ella.
Yo no oí qué. Vi a Valeria echar la cabeza hacia atrás y reírse.
No fue la risa cortés que se le regala al mejor amigo del novio.
Fue otra. Una risa sin esfuerzo, abierta, con la garganta descubierta, de las que a mí me costaba semanas arrancarle.
Como si esos dos cuerpos supieran algo antes que sus dueños.
Lo registré como se registra un ruido en la casa por la noche. Un instante de frío en el estómago. La certeza animal de que algo, en alguna parte, no está donde debería.
Y entonces —esto es lo que no le he contado nunca a nadie, y lo escribo ahora con la mano firme porque ya no tengo nada que perder— la piel de los brazos se me puso de gallina, y lo que me subió por la espalda no fue solo frío.
Pedí otra cerveza. Me dije que era mi amigo. Me dije que era mi novia. Me dije que yo los había juntado, que verlos llevarse bien era justo lo que había buscado, y que ese tirón en el pecho era una mezquindad mía, un defecto de fábrica.
No me dije nada sobre lo otro. Para lo otro no tenía palabras todavía.
◆ ◆ ◆
Salimos pasada la una. La calle olía a tierra mojada y a la fritura de la esquina, ese olor a aceite y maíz que en esta ciudad significa que la noche se acaba.
Toño se fue primero, dando tumbos. Quedamos los tres en la banqueta, bajo un farol que parpadeaba, demorando la despedida como se demora lo que fue bueno.
—Oye —dijo Valeria, y lo dijo mirando a Bruno, no a mí—. El sábado hacemos carne asada en la casa. Los amigos de Gael, dos vecinos, nada del otro mundo. Te vienes.
No fue una pregunta y no fue una consulta.
No me volteó a ver antes de decirlo, ni después.
Yo me quedé con la respuesta a medio armar en la boca, esperando un hueco en la frase que no llegó, mientras un pensamiento pequeño y perfectamente razonable me cruzaba la cabeza: que era mi casa, y que a mi casa se invita entre los dos.
—Ahí estaré —dijo Bruno.
Y ya estaba hecho. Tres segundos. Yo pude decir «claro, cáele», y habría sido lo mismo pero mío. No lo dije. Asentí. Es asombroso lo poco que hace falta hacer para dejar de ser el dueño de algo: basta con no decir la frase a tiempo, una sola vez, y el mundo se reacomoda solo.
Bruno nos abrazó a los dos a la vez, uno en cada brazo, y nos levantó un palmo del suelo, esa manera física de querer que yo nunca aprendí.
A mí me daba vergüenza tocar; él tocaba como quien respira.
Olía a su perfume de siempre, madera quemada y algo oscuro y animal por debajo, un olor que yo habría reconocido entre mil porque era el olor de sentirse a salvo.
Por un segundo volví a ser adolescente y volví a estar bajo su sombra enorme, protegido, elegido.
Me habló al oído, bajando la voz, señalando a Valeria con la barbilla.
—Cuídamela. Que esta no se te escapa.
—No se me va a escapar —dije.
Lo dije con la seguridad del que cree que las cosas que ama le pertenecen. Y él lo dijo mirándola a ella.
◆ ◆ ◆
Valeria y yo caminamos al coche de la mano, sus dedos tibios entre los míos.
Iba contenta; lo notaba en el balanceo de su brazo, en cómo tarareaba algo bajito que yo no reconocí.
Una canción que no era nuestra. Le pregunté qué le había parecido Bruno.
Necesité un par de segundos de más antes de preguntarlo, un cálculo del que no me enorgullezco: medí el tono, lo quise casual, ensayé la indiferencia como quien ensaya una firma falsa.
—Es exactamente como me lo describiste —dijo, mirando al frente, a la noche—. Tal cual. No le cambiaría una coma.
Debí quedarme tranquilo. Casi lo hice. Era la respuesta correcta, la respuesta de una novia que aprueba al amigo del novio.
Pero había en su voz una nota de más, un calor que sobraba para un veredicto tan simple, y mi oído ya había empezado a afinarse para esas notas de más.
Iba a aprender a vivir de ellas. A alimentarme de matices, de sílabas, del medio grado de temperatura que separa la cortesía del deseo.
Es una dieta de hambre, pero uno se acostumbra.
Después se quedó callada. Miraba por la ventanilla con la barbilla en la mano y la cara quieta, y en el reflejo del vidrio la vi tocarse el arete que se había puesto y quitado tres veces antes de salir, dándole vueltas, apretándolo.
No era la cara de una mujer contenta. Era la cara de alguien haciendo una cuenta difícil.
Le pregunté si estaba cansada y tardó medio segundo de más en decir que sí.
Luego, en la penumbra del coche, mientras yo buscaba la llave en el bolsillo equivocado, su mano se posó en mi rodilla y subió despacio, sin prisa, con una familiaridad que no pedía permiso.
No era un gesto distraído. Era un mapa que ella ya conocía de memoria.
Me quedé muy quieto, como quien no quiere espantar lo bueno, y la dejé hacer, y traté de no preguntarme de dónde venía ese fuego que claramente no había encendido yo.
—Le caíste bien —dije, porque necesitaba oírmelo decir, porque pronunciarlo lo volvía inofensivo—. A Bruno. Le caíste muy bien.
—¿Tú crees? —dijo ella, y había en la pregunta una alegría que se demoró medio segundo de más en disimularse—. Es agradable. Tiene algo. No sé qué es.
—Yo sí sé qué es —dije—. Lo tiene desde adolescente.
Lo dije con orgullo de dueño, como si la cualidad de Bruno fuera también un poco mía por derecho de antigüedad, por haberlo descubierto yo primero.
Le acababa de confirmar a mi novia, con mi propia boca, que el hechizo que ella empezaba a sentir era real y antiguo y probado, garantizado por el testimonio del hombre que más la quería. Le firmé el permiso sin leerlo.
Arranqué el coche y el motor vibrando me subió por las piernas justo donde la mano de Valeria seguía posada, caliente, los dedos abiertos sobre el muslo como una estrella de mar.
En el primer semáforo en rojo, sin que yo dijera nada, ella deslizó la palma hacia el interior y empezó a trazar círculos lentos sobre la tela del pantalón, justo donde la costura se endurece.
No aparté la mano del volante. No dije que no.
El aire frío que entraba por la ventanilla me pegaba en la cara, pero bajo la ropa el calor subía por tramos, y cada vuelta que sus dedos daban era una vuelta más a la telaraña que yo mismo había empezado a deshacer en la cena.
— Siempre tuvo ese don—dije, y mi voz salió más ronca de lo que quería—. Bruno, digo. Las mujeres lo huelen a distancia.
Ella rió sin ganas, pero su mano no se detuvo. Al contrario: los dedos se cerraron un poco, me apretaron a través de la tela, y yo sentí cómo se me hinchaba la sangre en la parte del pene que ella acariciaba y yo no podía mirar porque no debía apartar los ojos de la carretera.
Su mano subió un palmo más, ahora con la yema del pulgar presionando justo donde el cierre del pantalón hacía una protuberancia.
No llevaba cinturón; noté sus uñas rozando el metal del botón, y el chasquido minúsculo que hizo al desabrocharlo se oyó como una promesa en el silencio del coche.
Ella no dijo nada. Yo tampoco. Pero su mano se deslizó por dentro, con la misma lentitud deliberada de quien sabe que cada milímetro cuenta, y cuando sus dedos encontraron mi ropa interior y me rodearon, tuve que morder el interior de la mejilla para no gemir.
La carretera se hizo borrosa; el semáforo se puso en verde y yo avancé como un autómata, sin acelerar, sin frenar, sintiendo cómo ella me acariciaba con una precisión que no era suya, era de la noche, era del permiso que yo mismo le había firmado.