Capítulo 1. El amigo de siempre #2
Había también, desde entonces, otro reparto que nunca discutimos.
En la escuela hubo una muchacha, Marian, que me gustó durante un curso entero.
Le pasaba mis apuntes, le explicaba ecuaciones que ella entendía mejor que yo, ensayé durante semanas la frase con la que iba a invitarla a salir.
Una tarde, en una fiesta, junté por fin el valor y la fui a buscar.
La encontré en el jardín, riéndose contra la pared con Bruno, que ni siquiera la había mirado dos veces hasta esa noche.
Él no me la quitó. Yo no había llegado a tenerla.
Solo ocupó, sin esfuerzo, el espacio que yo tardaba un curso entero en atreverme a ocupar.
Volví a casa y archivé a Marian donde archivaba todo, y al día siguiente le pasé a Bruno los apuntes como si nada, porque era mi amigo, porque así éramos, porque prefería su compañía a mi orgullo.
Había vuelto a la ciudad hacía un mes, después de la universidad fuera.
Más alto, si eso era posible. Más ancho.
Con una seguridad que ya no era la del muchacho que protege, sino la del hombre que sabe que nunca tendrá que protegerse de nada.
Cuando me llamó para vernos, sentí el mismo brinco de adolescente: que me eligieran, otra vez, entre todos los demás.
Y se me ocurrió, con el orgullo tembloroso del que enseña su tesoro al único cuya opinión le importa, que tenía que presentarle a Valeria.
—Así que tú eres la famosa Valeria —dijo, y le tomó la mano con las dos suyas, envolviéndola entera. La mano de ella desapareció ahí dentro.
—Y tú el famoso Bruno —contestó—. Gael habla de ti como de un hermano. O como de un dios griego, según el día.
—De los dos —dije—. Depende de cuánto haya bebido.
Reímos. Fue fácil, fue cálido, fue exactamente la noche que yo había imaginado.
Lo que no había imaginado —lo que no se me pasó por la cabeza ni una vez en todas las veces que ensayé esa presentación— era que ellos dos no iban a necesitarme para entenderse.
Yo creí que iba a ser el puente. No se me ocurrió que un puente, cuando cumple su función, se vuelve algo por encima de lo cual se pasa.
◆ ◆ ◆
Una de las muchachas de la mesa se llamaba Diana.
Había llegado con un primo de Toño, se había sentado lejos de Bruno y llevaba media hora contestando con monosílabos, aburrida, revisando el teléfono debajo de la mesa.
Digo todo esto porque quiero ser justo con lo que vi: no era una mujer buscando nada.
Bruno no se le acercó. Esa es la parte que tardé años en poder explicar y que esa noche solo pude presenciar.
No cambió de lugar, no le habló aparte, no le pidió el número.
Lo único que hizo fue empezar a contar algo —un viaje, un accidente en carretera, la historia de un perro que se subió a un camión y viajó cuatrocientos kilómetros— dirigiéndose a mí.
A mí primero. Me buscaba a mí con los ojos, me hacía a mí las preguntas, me ponía a mí de testigo: «Tú te acuerdas, Gael, tú estabas».
Y como me hablaba a mí, la mesa entera se giró hacia donde él miraba, y en esa mesa estaba también Diana, y estaba Valeria.
Es un truco muy viejo y limpio. No cortejas a nadie: pones a todos dentro del mismo cuarto y esperas a ver quién se acerca a la puerta.
A la mitad de la historia tiró la primera carnada. Habló de una mujer que en el camión se había sentado a su lado y no le había dirigido la palabra en cinco horas, y dijo, sin bajar la voz, con la naturalidad de quien comenta el clima:
—Hay mujeres que no dicen nada en cinco horas y te lo dicen todo en el primer minuto. Es cuestión de saber qué estás oyendo. —Y luego, girándose hacia mí—: ¿Tú qué opinas, Gael? Tú eres el que estudia esas cosas.
Yo estudiaba filosofía. Bruno lo sabía perfectamente y sabía perfectamente que no tenía nada que ver.
Me estaba dando una salida y una entrada al mismo tiempo: podía reírme, podía seguirle el juego, podía decir cualquier cosa que le devolviera la pelota.
Pero la pregunta no era para mí. La pregunta era una piedra tirada a un estanque para ver dónde se movía el agua.
No dije nada. Levanté el vaso y me encogí de hombros, con la sonrisa del que no se mete. Fue mi respuesta: nada. Doce segundos de silencio, quizá menos, y eso fue todo lo que hice.
El agua se movió en dos lugares. Diana levantó la vista del teléfono. Y Valeria, a mi lado, se rio por lo bajo y se acomodó el pelo detrás de la oreja.
Después vino lo demás, y lo demás fue rápido y cortés.
Diana empezó a preguntar. Bruno contestó como quien concede audiencias, sin dejar de incluirnos, repartiendo la atención con una generosidad que hacía imposible acusarlo de estar haciendo lo que estaba haciendo.
Le puso a Toño una mano en el hombro. Le rellenó el vaso a Valeria sin preguntar y a mí me preguntó, con la mano en mi hombro, si no me estaba aburriendo.
Cada gesto era un gesto de buenos modales. Todos juntos eran otra cosa.
Diana se fue antes que nadie. Se levantó, se colgó la bolsa, dio la vuelta a la mesa para despedirse y, al pasar junto a mí, hizo lo único de esa noche que no supe leer entonces y que no he podido olvidar después.
Me sonrió. A mí. Una sonrisa breve, cálida, agradecida, la sonrisa que se le dedica al anfitrión cuando la fiesta estuvo buena. Me apretó el antebrazo y dijo «gracias, ¿eh?», y se fue.
Me quedé con el brazo tibio y sin entender qué me estaba agradeciendo. Yo no había hecho nada. No había dicho nada, no había servido nada, no había abierto ninguna puerta. Ese era, exactamente, el motivo.
Valeria la siguió con la mirada hasta la calle. Después se volvió hacia mí, con la barbilla apoyada en la mano y una curiosidad tan abierta y tan sin culpa que todavía hoy me cuesta llamarla traición.
—¿Te fijaste como estuvo con Bruno? —dijo—. No hizo nada. Nada de nada. No se paró, no le habló, no le sirvió una copa. Y ella se le acercó sola.
No lo dijo para herirme. Estoy seguro. Lo dijo como se comenta una jugada de futbol o un truco de cartas: con admiración técnica, sin comparar, sin ponerme a mí en ningún lado de la frase.
Ni siquiera aparecí en la frase. Y sin embargo yo hice la resta ahí mismo, en silencio, mientras asentía.
A Valeria la había tenido enfrente un año entero antes de atreverme a nada.
Fue ella la que se sentó en mi mesa, la que volvió al día siguiente, la que hizo todo el trabajo; y aun así yo necesité doce meses de cafés, de apuntes, de ensayos ajenos corregidos a las tres de la mañana, un cumpleaños con un libro que ella no había pedido, cuatro intentos de decirle lo que sentía y tres retiradas. Un año entero de trámites.
Bruno llevaba veinte minutos sin hacer ninguno.
—Es que no le hace falta —dije, y lo dije con orgullo, como quien presume un caballo.
◆ ◆ ◆
Fui por otra ronda. Fue una decisión sin importancia: la barra estaba a seis metros, había fila, tardé acaso cinco minutos. Pero cuando volví con los vasos haciendo equilibrio entre los dedos, encontré una escena que no había dejado.
Bruno había rodado su silla al lugar donde yo estaba sentado.
Mi lugar. Tenía el codo en la mesa, el cuerpo inclinado hacia Valeria, y le decía algo en voz baja, una de esas frases que se construyen para que nadie más la oiga.
Y ella lo escuchaba con la barbilla apoyada en la mano, los ojos fijos en él, esa quietud atenta que las mujeres reservan para lo que de verdad les interesa.
Me quedé un segundo de pie con los tres vasos, sin saber dónde ponerlos, sin saber dónde ponerme. Fue una sensación rara, ridícula: la de llegar tarde a tu propia mesa.
—Aquí viene el cantinero —dijo Bruno, y rodó la silla de vuelta a su sitio con una naturalidad que borró la escena, como si yo la hubiera imaginado—. Te tardaste. Le estaba contando a Valeria lo de Acapulco.
—No le cuentes lo de Cancún.
—Demasiado tarde —dijo ella, riéndose—. Ya sé que vomitaste en el camión.
—Eso fue por el camino, no por la cerveza —protesté, y me senté, y repartí los vasos, y por un momento todo volvió a su sitio. Yo en mi lugar, Valeria a mi lado, Bruno al frente. El triángulo en orden.
Pero algo había cambiado de temperatura.
Lo notaba en cómo ella seguía riéndose de las cosas que él decía, una risa por adelantado, una risa de crédito, como quien ya decidió que el otro le cae bien y solo espera el pretexto.
Y lo notaba en mí: en que había empezado a medir.
A contar los segundos que duraba cada mirada.
A registrar hacia quién giraba ella el cuerpo cuando hablaba el grupo.
Es una vigilancia que, una vez que empieza, ya no se apaga.
—¿De qué hablaban? —pregunté, ligero, sirviéndome.
—De ti —dijo Bruno—. Siempre hablamos de ti, Gael. Eres nuestro tema favorito.
Y lo dijo con tanto cariño que me desarmó.
Esa es la cosa con Bruno: nunca le pude reprochar nada, porque cada vez que sospechaba algo, él ponía sobre la mesa una ternura tan grande y evidente que sospechar se volvía una mezquindad.
Me hacía sentir sucio por dudar. Y entonces yo, para limpiarme de la duda, lo quería todavía más.
◆ ◆ ◆
Cerca de medianoche el lugar cambió de piel.
Alguien subió la música, las mesas se mezclaron, la gente empezó a hablarse de pie, y el grupo ordenado de antes se deshizo en conversaciones sueltas.
Toño me atrapó por el codo y me arrastró a una discusión sobre futbol que no me interesaba y que él necesitaba ganar, y yo me dejé arrastrar, porque dejarme llevar es lo que mejor sé hacer, y porque negarme habría sido un gesto y yo no hago gestos.