Cornudo inconsciente (El hombre de mis mujeres 1) Capítulo 1. El amigo de siempre
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Cornudo inconsciente (El hombre de mis mujeres 1)

Cornudo inconsciente (El hombre de mis mujeres 1)

Por Enzo Vermont

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Capítulo 1. El amigo de siempre

Valeria se probó tres vestidos antes de quedarse con el rojo, y esa fue la primera cosa de la noche que vi sin entender lo que veía.

La observé desde la cama, con la camisa a medio abotonar, mientras ella se giraba frente al espejo del clóset buscándose un ángulo.

No era la Valeria de un jueves cualquiera.

Se había recogido el pelo rubio y luego se lo había soltado, descontenta; se había puesto un arete largo, se lo había quitado.

Tarareaba. Había en su cuerpo una atención al detalle que yo no le conocía para nuestras salidas de siempre, para mí.

—¿Tan importante es? —pregunté, y traté de que sonara a broma.

—Voy a conocer al hombre que te salvó la vida —dijo, sin volverse, hablándole a mi reflejo en el cristal—. Quiero estar a la altura del mito.

Me reí. Me reí porque era halagador, porque era verdad, porque era exactamente el tipo de cosa que yo había soñado durante semanas: que mis dos mundos se tocaran, que la mujer que amaba conociera por fin al hombre que me había hecho.

Llevaba un mes preparando esa presentación en la cabeza, ensayándola como se ensaya un examen.

Le había contado a Valeria tantas historias de Bruno que él ya vivía en nuestra casa antes de pisarla: Bruno en el partido, Bruno frente a los tres tipos, Bruno salvándome de mil tonterías.

Sin darme cuenta, yo mismo lo había vuelto un personaje irresistible y se lo había servido a mi novia capítulo a capítulo, noche a noche, como quien le lee a alguien un libro y no advierte que está enamorando a su oyente del protagonista.

El que arma su propia trampa pone mucho cuidado en cada nudo.

Yo até los míos con entusiasmo, orgulloso de mi obra.

Me levanté, fui hasta ella y le subí el cierre del vestido, un gesto pequeño y conyugal que me gustaba hacer porque me daba, por un segundo, la sensación de pertenencia. La piel de su espalda estaba tibia. Olía al perfume nuevo, el de las ocasiones.

—Estás demasiado guapa —dije contra su nuca.

—Esa es la idea.

Debí preguntarle para quién. No lo hice: me gustó demasiado la respuesta para arruinarla con una pregunta.

La miré en el cristal, entera, el rojo y el pelo suelto y los hombros descubiertos, y sentí algo que esa noche me pareció simple felicidad y que era otra cosa.

Unas ganas casi infantiles de que la vieran.

De entrar con ella a un lugar lleno y que el lugar levantara la cabeza.

De que Bruno la viera del brazo del flaco al que le cuidaba la mochila en la prepa y tuviera que hacer, por una vez, la cuenta que hacía yo.

Uno cree lo que le conviene, y a mí me convenía una novia entusiasmada por agradar a mi mejor amigo. Apagué la luz del cuarto y bajamos.

◆ ◆ ◆

Hay hombres que entran a un lugar y el lugar se reacomoda alrededor de ellos. Bruno era uno.

En La Cava, aquel jueves, la mesa entera se inclinaba hacia él sin darse cuenta, los cuerpos ladeados como las plantas que buscan la ventana.

Toño le servía cerveza antes de que la pidiera.

Las dos muchachas que se habían sumado a la mesa reían un compás antes del remate de sus chistes.

Y yo, en la esquina, con un vaso sudando entre las manos, sentía la vieja y cómoda pequeñez de siempre.

La conocía desde los quince años. Cerca de Bruno, yo siempre fui un hombre más pequeño.

No es una metáfora del todo. Él me saca catorce centímetros.

Cuando estábamos de pie uno junto al otro, yo tenía que levantar un poco la barbilla para hablarle, y ese gesto —mínimo, físico, involuntario— me devolvía cada vez a la prepa, a la sensación de mirar hacia arriba para encontrar a quien te protege.

Me había acostumbrado a quererlo desde abajo.

Ni siquiera sabía que había otra manera.

—Y entonces el profesor se da la vuelta —decía, y hacía la pausa exacta, la que tensaba el aire—, y Gael, que es el más decente de todos nosotros, levanta la mano para confesar. ¡A confesar! Como si esto fuera una iglesia.

La mesa rugió. Todos me miraron ese segundo de afecto barato que se reparte a quien sirve de remate.

Sonreí. Me gustaba ser el remate de sus chistes; era una manera de existir dentro de su relato.

Mejor un personaje secundario en la historia de Bruno que el protagonista de la mía, que no le interesaba a nadie.

Valeria, a mi lado, me apretó la rodilla por debajo de la mesa. Su risa fresca me reconcilió con la escena. Si sonríe, el mundo se calma. Era mi regla privada y nunca me había fallado.

—Por el hombre más honesto que conozco —dijo Bruno, alzando la cerveza hacia mí desde el otro extremo—. Que Dios lo conserve ingenuo.

—Te debo una —contesté.

Y era verdad. Le debía tantas que había dejado de contarlas.

Brindamos, y en el hueco que dejó el brindis pasó la primera cosa buena de la noche, la única que fue enteramente mía.

Un tipo de la barra se le quedó viendo a Valeria.

No de reojo: de frente, con el vaso a media altura, sin la cortesía de disimular.

No pidió permiso; fue un acto deliberado.

Simplemente, entre el ruido de las conversaciones y el choque de hielo contra los vasos, dejó de ser un extraño para convertirse en una presencia estática.

Su mirada cayó sobre Valeria como un foco.

Vi el recorrido exacto de sus ojos. Empezó en el nacimiento del cuello, bajó por el vestido rojo —ese rojo que se bebía la luz baja del local— y se detuvo sin prisa en la curva de la cadera.

Subió luego, pesado, demorándose en el perfil del pecho, para terminar en sus labios entreabiertos.

Yo lo vi entero, del principio al final.

Esperé a que un resorte de furia me tensara la mandíbula.

Esperé el golpe seco de la testosterona, las ganas de levantarme y borrarle del mapa esa media sonrisa.

No llegó. En su lugar, sentí un calor denso que me ocupó el pecho y luego bajó, concentrándose en el vientre.

Era una satisfacción tonta y enorme, casi una euforia física, la evidencia palpitante de que un desconocido había interrumpido su noche entera, había dejado de oír a quien tuviera al lado, solo para mirar lo que yo tenía.

Me acomodé en la silla, ganando medio centímetro de altura.

Desplacé mi mano hacia la espalda de Valeria.

No fue un gesto de reclamación; fue una puesta en escena.

Mi palma se abrió sobre la tela tibia, justo donde mi tacto adivinaba el cierre del sujetador, y la mantuve allí.

Quieta. Bien visible. Para que el tipo de la barra no tuviera duda de quién era el dueño de esa espalda y de ese vestido rojo que ahora mismo le estaba secando la boca.

El de la barra dio un sorbo a su copa. Nuestras miradas se encontraron por encima del borde de cristal.

Ahí, en ese cable tenso y mudo que nos conectó de hombre a hombre, ocurrió lo verdaderamente sucio.

Yo no lo reté. No le advertí con el ceño fruncido.

Le sonreí. Fue una mueca leve, casi imperceptible, de complicidad masculina.

Una que decía sin palabras: “Lo sé. Está tremenda. Y está conmigo.” En ese brindis silencioso, él no apartó la vista, y yo sentí un repunte de placer, un cosquilleo en la nuca que no supe nombrar, mientras mi pulgar acariciaba, lento, la tela roja.

Valeria, ajena, se reía en ese momento de algo que había dicho Bruno en el otro extremo.

Pero yo ya me había salido de la mesa. Por un segundo, ya no era solo su novio.

Era su expositor, y acababa de exhibir mi trofeo ante un perfecto desconocido.

El calor en el vientre se extendió como una mancha.

No era solo orgullo. Algo en esa exhibición, en esa mirada ajena devorándola con mi permiso, me había encendido un interruptor que ni siquiera sabía que tenía.

Una sospecha me rozó, incómoda y emocionante, antes de desvanecerse en el ruido de la mesa: quizás el placer no venía de tenerla, sino de que otro la deseara y yo pudiera verlo.

Nunca se lo conté a nadie. Durante años pensé que aquello había sido orgullo y nada más, y quizá lo fue.

Pero fue también la primera vez en mi vida que la mirada de otro hombre sobre mi mujer me hizo sentir más grande en vez de más pequeño, y todo lo que vino después salió de ahí. No de los celos. De eso.

◆ ◆ ◆

Conocí a Bruno cuando éramos adolescentes.

Él llegó tarde el segundo día a la escuela y se sentó a mi lado porque era la única silla libre; no porque me eligiera.

La amistad más importante de mi vida empezó por una silla vacía, y a veces pienso que toda mi vida se explica con eso: yo fui, para Bruno, lo que había a la mano.

Esa misma mañana, en el receso, tres tipos se metieron conmigo. La mochila, el libro que cargaba, mi forma de hablar —decían que hablaba como diccionario—. Yo bajé la cabeza a esperar que pasara, porque esperar era lo único que sabía hacer.

Bruno no esperó. Se levantó, los miró con esa sonrisa enorme y blanquísima, casi amistosa, y preguntó: «¿Es con él o es conmigo?

». No gritó. No amenazó. Solo dejó que los tres calcularan, en un segundo, lo que iba a costarles cada respuesta.

Se largaron. Y yo entendí algo que me marcó para siempre: que en el mundo había gente a la que las cosas malas simplemente no le ocurrían, porque el aire a su alrededor se ordenaba para evitarlas.

Decidí, ahí mismo, que quería vivir bajo esa sombra. No ser esa sombra: vivir bajo ella.

Desde ese día caminamos juntos. Él ponía el cuerpo, la voz, la certeza; yo ponía los apuntes, las respuestas, la cabeza que él copiaba con un descaro tan alegre que era imposible negárselo.

Quedó pactado sin que nadie lo dijera: Bruno era el fuerte y yo era el listo.

Me pareció un reparto generoso. Tardé años en entender que el que reparte siempre se queda con la mejor parte.