Capítulo 6. Evidencias veladas #2
Y no la solté. La besé con el olor de él en la boca, y por unos segundos las dos cosas fueron la misma cosa y no supe separarlas ni quise.
Su lengua sabía a su saliva de siempre, pero el aire que me devolvía al respirar estaba viciado con un rastro agrio y dulzón que no le pertenecía.
Algo en mi estómago se contrajo, una arcada diminuta que me recorrió la garganta al tiempo que mi pene se endurecía contra la bragueta, rozando su cadera sin que ella se moviera.
Me sentí el hombre más patético y excitado del mundo, las dos cosas exactamente iguales, y la besé más hondo para castigarme con ello.
La agarré del pelo, que era lo que olía, y me quedé ahí.
Mi puño se cerró en su nuca y jalé apenas lo suficiente para que su cabeza cediera hacia atrás.
Ahí estaba. En las raíces, en el nacimiento del cabello, el perfume de él no era ya un recuerdo: era un hecho físico.
Madera quemada. Almizcle animal. El rastro químico de un tipo que se había frotado contra ella durante horas.
Hundí la nariz en el hueco detrás de su oreja y aspiré tan fuerte que me raspó la garganta.
Mi otra mano se clavó en la tela áspera de su abrigo, justo en la curva de la cintura, apretándola contra mí para que sintiera cómo me ponía duro oler a otro en su piel.
Quería lamer esa mancha de olor, arrancarla con los dientes.
Un gemido sordo me subió desde el pecho y lo ahogué contra su cuello.
Por un instante, dejé de ser yo y fui un animal oliendo.
Me separé con una brusquedad que disimulé en un bostezo y fui al baño. Me eché agua en la cara. Me miré en el espejo y no supe del todo a quién miraba.
—¿Estás bien? —gritó ella desde el cuarto.
—Cansado —contesté al espejo.
Cansado. Era mi palabra para todo. Cansado de fingir, de oler, de desearla justo cuando más me dolía.
Y una cosa más, que registré esa noche y que era el verdadero hallazgo de aquellos días: que las pruebas no me estaban curando.
Yo había empezado a buscar creyendo que encontrar me iba a devolver la cordura, que un dato duro iba a matar la fantasía.
Era al revés. Cada prueba que encontraba le daba a la fantasía un detalle más para trabajar.
La blusa le dio prisa. El olor le dio cuerpo.
Un hombre normal busca pruebas para dejar de imaginar. Yo estaba buscando pruebas para imaginar mejor.
◆ ◆ ◆
Pero Valeria, esas mismas semanas, no era solo un olor en mi nariz ni una pantalla boca abajo. Estaba viva, y luchaba, y yo lo vi una tarde sin que ella supiera que la veía.
Crucé el patio de su escuela para darle una sorpresa y la encontré sentada sola en una banca, lejos de su grupo, con el teléfono en las manos.
No reía. Tenía el ceño fruncido, se mordía el labio.
Escribió algo. Lo borró —lo supe por el barrido del pulgar—.
Volvió a escribir. Volvió a borrar. Estuvo así un buen rato, librando con la pantalla una guerra que yo no entendía, redactando y deshaciendo un mensaje que no terminaba de mandar.
Y me reconocí.
Ese era yo la noche de la pasta, con el reclamo escrito entero y borrado letra por letra.
El mismo pulgar, el mismo barrido, la misma cara.
Los dos redactando y deshaciendo, cada uno de su lado de la casa, mensajes que no se atrevían a mandar.
Con la única diferencia de que ella estaba peleando por decidir algo y yo estaba peleando por no decidir nada.
Luego cerró los ojos, respiró hondo, guardó el teléfono, y cuando los abrió ya era otra vez la Valeria luminosa, la que no le debe nada a nadie. Se levantó y fue hacia sus amigas con la risa puesta como quien se pone un abrigo.
No me acerqué. Me fui sin que me viera, con esa imagen que no encajaba con mi teoría.
Yo la imaginaba ligera, frívola, traicionándome sin que le costara. Y lo que vi fue lo contrario: una mujer peleándose consigo misma. Eso no me consoló. Me asustó más. Lo que se hace sin pensar no compromete a nadie; lo que cuesta tanto decidir es lo que ya tiene raíz.
◆ ◆ ◆
Y unos días después fue ella la que abrió la puerta. Casi entera.
Estábamos en silencio, ella mirando por la ventana con una taza enfriándose en las manos. Y de pronto, sin volverse:
—Gael… ¿tú qué harías si yo hiciera algo malo? Algo que te doliera mucho.
Se me detuvo la sangre.
—¿Algo malo como qué? —Mi propia voz me sonó lejana, cobarde ya en la pregunta, formulada para que ella pudiera retirarse sin costo.
—No sé. —Seguía de espaldas, la taza temblándole apenas—. Una cosa de la que después me arrepintiera. Una que no supiera cómo deshacer. —Una pausa larga—. ¿Me dejarías? ¿O…?
Y dejó el «o» colgando en el aire.
Ese «o» es la palabra más importante de este libro y tardé años en entender por qué.
No estaba preguntando si la dejaría. Estaba preguntando qué otra cosa había.
Estaba tanteando, sin saber que tanteaba, si existía en el mundo un hombre que se quedara.
Y yo tenía la respuesta en el cuerpo desde la noche de la pasta fría, y no la dije, y esa fue la única vez en toda la historia en que decirla habría sido una decisión mía y no una rendición.
Se volvió por fin. Y la cara que tenía no era la de una mujer pidiendo absolución barata.
Tenía los ojos brillantes, la mandíbula tensa, las manos apretadas a la taza como a un salvavidas.
Estaba ahí, entera, ofreciéndome la conversación que yo llevaba semanas esquivando, tendiéndome el hilo para que yo tirara desde su lado.
No me estaba confesando. Me estaba pidiendo, a su manera torcida, que la obligara a confesar, porque ella sola no podía con su secreto, ni con la cobardía de soltarlo.
Dio un paso hacia mí.
—Contéstame en serio —dijo, y le tembló la voz, pero no la bajó—. Por una vez no me digas lo bonito. ¿Qué harías?
Era la mujer más valiente de los dos. Esa es la verdad que me cuesta. Ella, partida en dos, daba la cara; yo, que presumía de lucidez, miraba la salida y elegía no usarla.
—No harías nada malo —le dije, y fui hasta ella, y le quité la taza fría de las manos—. Tú no eres así. Deja de pensar tonterías.
Y la abracé por detrás, mirando con ella la misma ventana, para no tener que verle la cara.
Vi en el reflejo del vidrio —afuera ya estaba oscuro, el mismo vidrio de la otra noche— cómo algo se le apagaba. Una luz que se retira. La decepción de quien tiende una mano sobre un precipicio y no encuentra otra. Asintió despacio contra mi brazo y no dijo más.
Le había fallado. Me había ofrecido la verdad casi suplicando, y yo la rechacé con una caricia para poder seguir sin saberla.
Y hay algo que no supe entonces y que se me quedó clarísimo con los años: que a partir de esa tarde ella dejó de tener que decidir.
Yo decidí por los dos. Una mujer que pregunta «¿qué harías?
» todavía está de este lado; una mujer a la que le contestan «no pienses tonterías» ya no tiene ninguna obligación de volver a preguntar.
◆ ◆ ◆
El encendedor llegó un jueves, y esa vez estuve a un paso de romperlo todo.
Se le cayó de la bolsa cuando la levantó del sillón.
Plateado, de hombre, pesado, con un golpe en una esquina.
Valeria no fuma. Lo levanté del suelo y, cuando ella entró a la cocina, abrí el puño y se lo mostré.
Sin decir nada. Solo sosteniéndolo en la palma, con el corazón retumbándome en los oídos.
Lo miró. Y yo, que ya era un perito, le leí el medio segundo de susto: la pupila que se dilata, el cálculo veloz detrás de los ojos.
—Ah, es de Sofi —dijo, y alargó la mano—. Se lo guardé en la fiesta. ¿Por?
Sofía no fuma tampoco. Lo sabía. Lo supe en el acto. Tenía la mentira agarrada de la cola.
—Qué raro —dije, y oí mi propia voz salir más firme de lo que esperaba—. No sabía que Sofi fumara.
Algo pasó en la cocina. El aire se puso de otro grosor. Valeria bajó la mano que había estirado. Se quedó muy quieta, mirándome, y por un instante —el más largo de aquellas semanas— ninguno de los dos dijo nada y los dos lo dijimos todo.
Yo tenía la mentira en mi mano, literalmente, pesando. Bastaba con cerrar el puño y no devolvérselo. Bastaba con sostenerle los ojos un segundo más.
—Gael. —Dio un paso. Tenía la voz distinta, sin coartada ya, casi pidiendo—. Si me vas a preguntar algo, pregúntamelo.
Y ahí estaba. La puerta abierta de par en par, por segunda vez en una semana, y esta vez de golpe, sin rodeos. Ella aguantándome la mirada, lista, asustada, esperando.
La pregunta me subió entera hasta los dientes: de quién es el encendedor, Valeria, de quién es el perfume, quién es la letra, qué son esos cuatro números.
La sentí en la boca. La saboreé. Y la tragué.
Abrí el puño. Le puse el encendedor en la palma.