Corktown (Thriller del FBI de Abby Kane 1) CAPÍTULO NOVENTA
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CAPÍTULO NOVENTA

No conocía personalmente al alcalde de Detroit, pero había visto su foto colgada en la comisaría.

A juzgar solo por ella, parecía carismático.

Pero sabía que las apariencias engañaban.

Tenía un férreo control sobre esa ciudad, y nadie hacía un movimiento sin que él lo supiera.

Era hora de averiguar si el alcalde había enviado a Stevie Roscoe a por mí.

La casa parecía tranquila. Me pregunté si tendría familia, hijos. Si los tenía, a esas horas ya estarían despiertos.

En lugar de llamar a las grandes puertas dobles de roble, me aparté a un lado de la entrada principal y eché un vistazo por una ventana. No pensaba correr riesgos. Saqué el arma de la funda.

Si había tenido algo que ver con enviar a Stevie a por mí, podía apostar a que no había cambiado de opinión. Por lo que a mí respectaba, estaba sola allí fuera. Sería muy fácil hacerme desaparecer.

Ninguna señal de vida hasta el momento. Rodeé la casa por el lado izquierdo y fui mirando por las ventanas que recorrían la fachada; seguía sin haber movimiento en el interior.

Una verja de hierro forjado bloqueaba el paso. No estaba cerrada con llave, así que continué hasta la parte trasera de la propiedad. Un jardín y más senderos conducían a una piscina. Más allá se extendía el río Detroit.

Me mantuve pegada a las paredes de la mansión, intentando pasar desapercibida.

Resultaba extraño haber llegado tan lejos en la propiedad del alcalde sin alertar a nadie.

No había guardias a la vista ni tenía la impresión de haber activado ninguna alarma, pero el estómago había empezado a revolverse, señal inequívoca de que algo no iba bien.

Me detuve justo antes de los ventanales que bordeaban el patio exterior. A unos seis metros había unas puertas acristaladas que daban al interior. Aguardé un momento antes de echar un vistazo. De nuevo, la casa parecía vacía. Empezaba a pensar que no había nadie.

Me incorporé para ver mejor. Esta vez pegué la cara al cristal y me hice visera con la mano para reducir el resplandor.

El patio daba directamente a una amplia cocina abierta.

No había señales de que se hubiera preparado ni comido el desayuno.

¿Quizás estaba fuera de la ciudad? ¿Era esa su coartada?

Me descubrí haciéndome la misma pregunta otra vez: ¿me quedaba o me largaba de allí?

La mano que me agarró del pelo y tiró de mí hacia atrás me dio la respuesta.