CAPÍTULO OCHENTA Y NUEVE
Dos horas más tarde, cumplí mi promesa y entregué personalmente el kit al detective Russo en la comisaría central.
Por supuesto, lo grabé todo: yo entregándole el kit y él registrándolo como prueba.
No le hizo ninguna gracia, por decirlo suavemente.
A mí me traía sin cuidado; no pretendía caerle bien.
Habían vaciado la sala por completo: ni rastro de los archivos del caso ni de que Wilkinson y yo hubiéramos trabajado allí. Ahora era el despacho de otra persona, perfectamente instalado. Y parecía que esa persona llevaba años allí. ¿Qué demonios estaba pasando?
Había un único escritorio con una silla de cuero detrás.
Las paredes estaban forradas de archivadores y en una de ellas colgaba un calendario del año en curso.
Incluso había fotos familiares. Por lo que pude deducir, el despacho pertenecía a un tal oficial McCormack.
El nombre no me sonaba de nada. Sabía que estaba cansada, pero desde luego no me lo estaba imaginando.
Era el despacho correcto. Seguro. El día anterior me había sentado justo donde ahora estaban esos archivadores.
Mi primer impulso fue ir directamente al despacho de White, pero entonces recordé que ya lo había intentado. Escribí una nota pidiéndole que se pusiera en contacto conmigo y la deslicé por debajo de su puerta. «No te fíes de nadie, Abby».
Salí de la comisaría cansada y confundida. El sol ya había empezado a salir y su calor en la piel me resultaba reconfortante. Era una de las pocas veces que agradecía el clima.
«¿Qué hago todavía aquí? Mi investigación ha terminado. Ayer tendría que haber cogido un avión de vuelta a casa. Esta no era mi guerra. Ni mi problema». Debería haberme hecho caso aquel día. Tenía toda la razón.
Seguro que quien había enviado a Stevie Roscoe a por mí ya sabía que estaba muerto y podría volver a intentarlo. Normalmente eso no me habría amedrentado, pero la situación en casa era distinta. Tenía dos hijos y una suegra que contaban con que volviera.
Paré un taxi que pasaba y me metí en el asiento de atrás. Tenía que tomar una decisión. Podía largarme de la ciudad o ir directa hacia la bestia.