CAPÍTULO SETENTA Y CUATRO
Desde el interior de la cabaña, Preston vigilaba a los tres individuos. Había empezado a llamarlos los tres amigos. La idea de tener a tres con los que jugar lo excitaba y le daban ganas de poner en marcha el plan.
Katherine bajó las escaleras y se puso junto a su marido. Parecía un niño pequeño en la mañana de Navidad, esperando para abrir sus regalos bajo el árbol. No tardó en localizarlos. Qué listos se creen.
Preston siguió observando su lento avance hacia la cabaña. Paso a paso, se arrastraban por el borde del camino, sin saber que los tenían en el punto de mira en todo momento.
Arriba, en el diminuto ático, los niños dormían tras una puerta cerrada con llave por su seguridad.
No formaban parte del plan. Katherine no podía arriesgarse.
Ya habían hecho un gran trabajo antes, distrayendo al agente de policía.
No le había quedado más remedio entonces.
Era el peor escenario posible, pero lo había previsto con esmero.
Igual que el escenario al que se enfrentaban ahora.
Katherine se sorprendió un poco cuando solo aparecieron los tres; había esperado más refuerzos.
Revisó las dos armas para asegurarse de que los cargadores estuvieran llenos.
Las dos SIG Sauer 228 habían sido un regalo de Katherine, en respuesta a las compras de Preston.
Él había reaccionado a estos regalos igual que ella a los suyos: ¿para qué?
Adoraba su bisturí; le había servido bien durante mucho tiempo.
¿Para qué quería un arma? A su manera, él era más letal.
Pero Katherine dijo que todo formaba parte del plan. Así que aprendió a dispararla, a cargarla, incluso a limpiarla. Lo hacían juntos; muchas veces era su cita de pareja.
Vestidos de negro de pies a cabeza, con las armas sujetas a los muslos y las gafas sobre la cabeza, estaban listos. Preston dio un beso tierno a su hermosa esposa. Cuando se separaron, quiso darle otro, pero ella lo detuvo.
—Ya habrá tiempo de sobra para jugar cuando terminemos.
La pareja planeaba salir por la parte trasera de la cabaña y refugiarse entre los árboles. Desde allí, se separarían para flanquear a los tres amigos. Antes de salir, Katherine encendió una lamparita para dar a entender que había alguien en casa.
En el linde del bosque, la pareja se despidió. Acordaron intentar mantener viva a la agente, si era posible. Sería un juguete excelente para Preston, y a Katherine simplemente no le caía bien esa zorra. La idea de ver sufrir a Kane a manos de su marido la hizo sonreír.