CAPÍTULO SETENTA Y TRES
Tuve tiempo para pensar durante el trayecto.
Mi compañero volvió a mis pensamientos. Cuando me di cuenta de que Katherine era la otra asesina, supe que ella había matado a Wilkinson aquella noche.
Estaba segura de que no había ocultado su llegada.
Probablemente sabía que él se confundiría al verla allí.
Bajaría la guardia. Así fue como lo pilló desprevenido aquella noche.
Era un blanco fácil y ni siquiera lo sabía.
—¿Cuál es el plan? —preguntó Solis—. Son cuatro contra tres.
Incluyó a los niños en la cuenta. —Debemos asumir que Katherine puede tener más ases en la manga. No los subestimemos.
Madero se aclaró la garganta. —¿Intentamos detenerlos o acabamos con ellos?
—¿Qué quieres decir? —pregunté, mirándolo por el espejo retrovisor.
—Bueno, si asumimos que van armados y son peligrosos, capturarlos vivos podría ser más difícil que acabar con ellos.
No necesité pensármelo. Los dos habían matado a mucha gente inocente, incluido Wilkinson. —No nos la jugamos.
Mi teléfono emitió un pitido.
—¿Quieres que lo mire? Podría ser importante —dijo Solis, señalando mi bolso.
No lo era. Lucy tenía su propio tono de llamada. —Es mi hija.
Ya había anochecido cuando llegamos al lago Loon. Acabábamos de rodear la orilla este y nos dirigíamos al oeste cuando Solis me dijo que redujera la velocidad.
—Nos acercamos a un par de las ubicaciones.
—¿Me estás diciendo que tiraron cuerpos al lado de la carretera? —pregunté.
—No, están tierra adentro, pero apuesto a que hay un pequeño camino de tierra que nos llevará al bosque. Seguro que no fueron caminando.
Unos momentos después, Solis señaló hacia adelante. —Ahí. ¿Ves la abertura?
—La veo. —Reduje la velocidad y giré a la derecha por un camino irregular de dos rodadas. A unos seis metros, nos topamos con una verja de acero. Madero se bajó y la revisó. Negó con la cabeza mientras volvía al coche—. Está bien cerrada. Deberíamos haber traído las cizallas.
—Hay un par de ubicaciones más adelante —dijo Solis—. A ambos lados del camino hay parcelas.
Salí del coche y me estiré un poco. El clima en el norte era más fresco y seco que en la ciudad.
Respiré hondo y mis pulmones se llenaron de un aroma terroso y boscoso: estábamos rodeados de árboles.
El camino de dos rodadas era la única franja que los atravesaba.
Había luna llena aquella noche, pero el bosque seguía siendo oscuro y poco acogedor.
La pequeña linterna que guardaba en el bolso no tenía potencia suficiente para adentrarnos en el bosque, pero me la metí en el bolsillo por si acaso.
—Este camino tiene que llevarnos a algún sitio —dije—. Las parcelas tendrán que esperar.
Encontrar a los Carter era la prioridad. Empezamos a caminar. Unos veinte minutos después, Solis levantó el brazo y nos indicó que nos apartáramos del camino y nos adentráramos un poco en el bosque.
Señaló hacia la curva del camino. —Hay una cabaña más adelante.
Apenas podía distinguir el contorno de la estructura. Solis tenía vista de águila.
Nos pegamos a la línea de árboles junto al camino y avanzamos. No podía saber si había alguien en casa: las luces del interior estaban apagadas. No vi ningún coche aparcado delante, pero aún no habíamos pasado la curva del camino.
A medida que nos acercábamos, los árboles a nuestro alrededor se fueron abriendo y dejaron ver la cabaña de madera con claridad.
Dieciocho metros de terreno abierto separaban la cabaña de nuestra posición.
El edificio no era grande, quizás sesenta y cinco metros cuadrados como máximo.
Parecía tener un pequeño segundo piso, un altillo o un ático.
No había marcas ni dirección, ni un cartel de bienvenida que dijera «Los Carter». Las ventanas estaban a oscuras.
Vi un Range Rover aparcado cerca de la parte trasera del edificio. —Ese es su coche.
—Si están en casa, no hacen ruido —dijo Solis.
—O eso, o nos están esperando.