CAPÍTULO SETENTA Y DOS
Tras escuchar la reacción de Madero, Solis y yo avanzamos a regañadientes. Dentro había un montón de bolsas de plástico llenas de una masa roja congelada, como gelatina. Es la mejor manera de describirlo.
Madero levantó una bolsa para que viéramos mejor el interior; contenía al menos un brazo. Pero lo más llamativo era que lo habían cortado en rodajas de medio centímetro de grosor, como si fuera salami.
Revisamos las otras bolsas. Cada una contenía partes del cuerpo en su mayoría reconocibles, cortadas en rodajas congeladas.
Madero señaló una sierra de cinta apoyada en la otra pared.
—Ahora sabemos para qué sirve la sierra grande.
—Esto lo hacen en investigación —dijo Solis—. Vi un documental en la tele sobre un asesino en serie que donó su cuerpo a la ciencia. Congelaban el cuerpo y lo cortaban así en rodajas, solo que eran láminas, cortes horizontales casi transparentes para estudiarlo.
—Creo que vi ese —intervino Madero—. Podían cortar miles de rodajas del cerebro y dárselas a otros investigadores, ¿no?
—Sí, ese mismo. ¿Cómo se llamaba el tipo?
—Ni idea, pero era un asesino de los locos. Fue todo un logro conseguir que aceptara.
Qué rápido se me van por las ramas.
—Siento aguarles la fiesta a ustedes dos, pero ¿podríamos concentrarnos?
Había cinco bolsas en total. La víctima era mujer: los pechos extirpados la delataban. Lo más probable es que los Carter no hubieran tenido tiempo de deshacerse del cuerpo. Madero dio el aviso mientras Solis y yo seguíamos hurgando en las bolsas.
—Supongo que esta víctima era una de las comidas programadas de Preston. Cuando termina, la cortan en rodajas, la meten en bolsas y la congelan hasta que pueden enterrarla.
—A menos que alguien cribara la tierra buscando fragmentos de hueso, nadie sabría que hubo un cuerpo ahí una vez descompuesto —añadió Solis.
Levanté el cuaderno que tenía en la mano.
—Apuesto a que esto es terreno privado. Puede que incluso haya una cabaña en la propiedad.
El aullido de una sirena seguido de un chirrido de neumáticos nos llamó la atención.
—Parece que ya ha llegado la caballería.
Madero fue el primero en subir y puso al tanto a los uniformados mientras entraban en la casa. Le oí decirle al sargento que estableciera un perímetro. También preguntó cuánto tardaría en llegar el equipo forense. Sentí un golpecito en el hombro.
—Agente Kane, apuesto a que tiene un GPS en el coche de alquiler —dijo Solis arqueando una ceja.
Antes de que pudiera responder, apareció Madero.
—El sargento de guardia me ha pasado un mensaje. El teniente White viene de camino. No quiere que nos movamos de aquí hasta que llegue.
—Qué lástima —dije—. Tenemos un caso que resolver.