Corktown (Thriller del FBI de Abby Kane 1) CAPÍTULO SETENTA Y UNO
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CAPÍTULO SETENTA Y UNO

Dentro del libro había fechas que se remontaban al menos cinco años. Junto a cada fecha, con la misma caligrafía pulcra, aparecían coordenadas GPS. ¿Qué has estado tramando, Katherine?

Me dirigí al sótano donde estaban Solis y Madero.

—He encontrado algo interesante —dije.

—Nosotros también —respondió Solis.

Él y Madero estaban de pie junto a una mesa de carnicero tan grande que Madero habría podido tumbarse en ella.

Solis señaló las cuatro esquinas.

—Enganches en las cuatro esquinas. Se podría inmovilizar a alguien sin problema.

Me acerqué a examinarla. La madera parecía desgastada, como si la hubieran fregado una y otra vez. Había pequeñas astillas y muescas en los bordes. Y cientos de surcos poco profundos en la superficie, que solo podían ser obra de las herramientas del oficio de Preston. ¿Su guarida?

—Bueno, ya sabemos dónde cometían los asesinatos mientras estaban escondidos —dije.

Solis señaló mi mano.

—¿Qué es eso?

Abrí el cuaderno y lo hojeé, mostrándoles a Solis y Madero las fechas y las coordenadas.

—¿Hasta cuánto tiempo atrás se remonta? —preguntó Solis.

—Al menos cinco años. Debe de haber cientos de entradas.

Solis se rascó la barbilla.

—¿Y cada entrada tiene una ubicación diferente?

—Eso parece.

—Apuesto a que es donde enterraban los cuerpos. Si los mataban aquí, aún tenían que deshacerse de los cadáveres.

—¿Por qué no miramos detrás de la cortina número uno? —dijo Madero, señalando un gran arcón congelador con candado—. Tengo cizallas en el coche. Vuelvo enseguida.

Solis hojeó las páginas del cuaderno.

—Son muchos cuerpos. ¿Por qué llevarían un registro de dónde los enterraron?

—Es cuestión de mantener el orden. Supongo que cada cuerpo tiene su propia parcela. Todo limpio y ordenado.

—Solo hay una forma de saberlo con certeza —dijo Solis, alzando el cuaderno—. Seguir las coordenadas.

Madero regresó con las cizallas. Un gruñido y el candado cayó al suelo de cemento con un golpe seco. Los tres nos quedamos mirando el congelador, preguntándonos quién lo abriría. Finalmente, Madero se ajustó la chaqueta y dio un paso adelante. Agarró la puerta con ambas manos y la levantó.

—¿Qué demonios es eso? —dijo.