Corktown (Thriller del FBI de Abby Kane 1) CAPÍTULO SESENTA Y OCHO
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CAPÍTULO SESENTA Y OCHO

—Es ella —dije—. Da la vuelta.

Solis me miró.

—¿Eh?

—Katherine —dije—. ¡Es la otra mitad del equipo! Tiene que serlo. Su padre sabía lo de los RR. Ellen Scott admitió que conocía al padre de Katherine.

—¿No dijo que nunca había oído hablar de los RR cuando la interrogaste? —preguntó Solis.

—Dijo que su padre nunca los mencionó, pero ¿y si ha mentido en todo lo que nos ha contado hasta ahora, igual que podría estar mintiendo sobre el profesor Burroughs? —Me volví hacia Madero—. Tu hombre acaba de llamar para decir que no encontró nada, ¿verdad?

Asintió.

—Piénsalo. Si su padre le habló de los RR y de Ellen Scott, teóricamente podría culparlos de la muerte de su padre. Quería venganza.

—Entonces, ¿estás diciendo que ella cometió todos los asesinatos?

—Seguro que está involucrada en las muertes de los RR. No estoy tan segura respecto a las otras víctimas, las que se remontan a la primera encontrada en Corktown. Obviamente, Katherine no estaba casada con Preston en aquel entonces. Él es el verdadero asesino. Mató a toda esa gente.

—¿Estás diciendo que esta mujer se enamoró de un asesino en serie? —añadió Madero.

—¿Por qué no? Las mujeres hacen estupideces cuando están enamoradas. Tal vez no lo sabía al principio, o tal vez tenía una corazonada pero se inventaba excusas…

—Como una esposa maltratada.

—Exacto. O tal vez está tan trastornada como él y tiene esos impulsos, pero sabe controlarlos. Algunos asesinos pueden hacerlo. No creo que Preston sea uno de ellos; el impulso sería demasiado fuerte para él, pero ella... ella es diferente. Creo que es el cerebro de la operación.

Madero accionó un interruptor y el aullido de la sirena surtió efecto: los coches se apartaban de la carretera frente a nosotros. Solis llamó a los dos agentes que vigilaban a Katherine y a sus hijos.

—No contesta ninguno de los dos.

Parecía tan normal. Era una madre como yo.

Katherine era la matriarca de aquel retorcido negocio familiar. Sabía cómo controlar a su marido. No solo alimentaba la necesidad de él, sino también la suya propia.

Salimos del ascensor y recorrimos el pasillo a toda prisa. Un agente salió de la habitación justo cuando llegamos.

—Los dos agentes están fuera de combate. La mujer y los niños han desaparecido.

Enseguida vi el primer cuerpo desplomado sobre un sofá de lino blanco. Otro agente salió del dormitorio, señalando hacia atrás.

—El otro está ahí dentro.

Entré en el dormitorio. Tendido sobre la alfombra empapada de sangre, junto a la cama, estaba el segundo agente. A los dos les habían rajado el cuello. ¿Cómo había logrado hacer esto? ¿Cómo? Tenía dos niños con ella. ¿Así que esta era la nueva definición de supermamá?

Volví a la sala de estar, negando con la cabeza.

Solis propuso una teoría.

—Vale, pongamos que atrae a uno de nuestros hombres al dormitorio: su hijo está enfermo o algo así. Él se agacha para ver al niño. Ahí es cuando ella se acerca por detrás y le raja el cuello.

—Tú fuiste quien la cacheó. ¿Se te escapó el cuchillo?

Solis se encogió de hombros, consciente del fallo en su teoría.

—Aunque de alguna manera se hubiera deshecho de uno en la habitación —hice un gesto—, me cuesta creer que dominara al segundo. Él la habría estado mirando directamente cuando salió del dormitorio.

—Tal vez tuvo ayuda —añadió Madero.

—Preston —dije.

—¿Cómo? Desconectamos el teléfono de la habitación y le confiscamos el móvil.

Volviendo a mi idea de la supermamá, ¿qué habría hecho ella? Era el cerebro de la familia; lo habría planeado todo. ¿Habría usado a sus hijos?

—¿Registraron a los niños? —pregunté.

Solis y Madero intercambiaron una mirada antes de volverse hacia mí. Ya sabía la respuesta.

—Usó a sus hijos. Tuvo que hacerlo; seguramente les escondió cosas encima, como un móvil o incluso un arma. Se arriesgó a que no los registraran. Luego se puso en contacto con Preston, le dijo dónde estaban y orquestaron un doble asesinato.

—Todos tienen la descripción de Preston. No le abrirían la puerta sin más para dejarlo entrar tan tranquilo —dijo Solis.

Me quedé callada un momento, preguntándome cómo habría usado yo a mis hijos para salir de esa situación.

—Vale, estoy improvisando, pero supongamos que Katherine encontró una buena excusa para que uno de los agentes entrara en el dormitorio. Él entra y los dos niños salen al mismo tiempo. Uno corre enseguida hacia el otro agente para distraerlo mientras el otro corre hacia la puerta para abrirla.

Me acerqué a la puerta de la habitación.

—Solis, haz como que eres el agente; estás sentado en el sofá.

Solis se acercó al sofá y se sentó.

—Vale, ahora ves al niño pequeño correr hacia la puerta. Te levantas para detenerlo, pero el otro niño salta sobre ti para jugar antes de que puedas hacerlo. Mientras intentas quitarte a este niño de encima, el otro abre la puerta.

—¿Debería levantarme? —preguntó Solis.

—¿Qué harías si un niño pequeño saltara sobre ti?

—Me lo quitaría de encima y detendría al otro para que no abriera la puerta.

—Vale, te quitas al niño de encima bastante rápido. Te levantas y te diriges hacia la puerta, pero el otro niño la abre antes de que llegues. Entra Preston. Antes de que puedas reaccionar o sacar el arma, te ataca.

Caminé hasta donde empezaban las primeras salpicaduras de sangre en la alfombra. —Aquí es donde te corta y te empuja hacia atrás, atacándote sin parar hasta que caes en el sofá y mueres desangrado. Mientras tanto, Katherine se ocupa del agente en la habitación.

—Estás suponiendo mucho —dijo Madero—, pero parece plausible si de verdad aleccionó a sus hijos para que participaran en su enfermizo juego.

—Nunca subestimes la capacidad de una madre para que todos hagan lo que ella quiere.

Los dos detectives me miraron confundidos.

—Es una supermamá. Cocina, limpia, cría a los niños y planea los asesinatos. Los aleccionó, créanme.

El teléfono de Solis pitó. Lo sacó de la funda que llevaba en la cadera y pulsó unos botones. —Tengo la foto de la tarjeta de la agente inmobiliaria. —Giró el teléfono. La persona que sonreía en la tarjeta era Katherine Carter.