Corktown (Thriller del FBI de Abby Kane 1) CAPÍTULO SESENTA Y NUEVE
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CAPÍTULO SESENTA Y NUEVE

Lo peor acababa de suceder. Katherine y Preston se habían escondido. Eso duplicó mi preocupación; eran extremadamente buenos desapareciendo.

Si Reilly se enteraba, sabía que todo se iría al traste y una legión de agentes caería sobre Detroit. No quería eso. Mi lado luchador, terco y testarudo quería el caso para mí sola.

Era evidente que Katherine tenía planes para que su familia desapareciera en cuanto nos presentáramos en la casa. Con Ellen Scott por fin muerta, había alcanzado su objetivo de eliminar a los cinco RR. Había conseguido su venganza.

Pero ¿qué pasaba con Preston?

Su cerebro estaba programado para matar. Tenía necesidades, y eso no iba a cambiar. Dudaba que tuviera el deseo o los medios necesarios para dejarlo de golpe y convertirse en un simple padre futbolero.

Por lo que sabía, los asesinos a sangre fría como Preston no funcionaban así.

No podían contener sus impulsos. ¿Cómo demonios lo mantendría Katherine bajo control?

¿Cómo lo había hecho en el pasado? Katherine había demostrado en aquella habitación que no solo era capaz de matar, sino de orquestar un plan para hacerlo.

Le di vueltas al asunto hasta que de pronto lo vi claro.

—Ella lo alimenta —solté.

Solis y Madero me miraron.

—Le proporciona víctimas. Así es como lo mantiene bajo control.

Solis se rascó la nuca.

—¿Quieres decir como a un animal, con horarios de alimentación y todo eso?

—Es fácil controlar a alguien cuando sabes cómo manipularlo.

Solis se encogió de hombros.

—Entonces, ¿estás diciendo que ella sabía cuánto tiempo podía aguantar sin matar antes de volverse loco?

—Eso es exactamente lo que digo. Días, semanas... quizá un mes. Tenía que saberlo. Preston era un hombre peligroso. En una situación desesperada, mataría a uno de ellos si no le quedaba otra opción.

—Pero ella no dejaría que eso pasara, ¿verdad? —preguntó Solis.

—No, jamás pondría a los dos niños en una situación en la que no pudiera protegerlos. Además, es una maniática del control. Apuesto a que nadie en la familia daba un paso sin que ella lo supiera o, mejor aún, sin que lo permitiera.

—Así que lo alimenta —repitió Solis.

Me balanceé sobre los talones.

—Aunque se hayan escondido, Preston no dejará de matar. De algún modo, consiguen seguir haciéndolo sin que nadie se entere.

Los detectives me miraron fijamente.

—Necesita presas fáciles —dije, rompiendo el silencio—. Un suministro abundante de víctimas. ¿Dónde las conseguiría?

—Fugitivos —dijo Solis.

—Drogadictos, prostitutas —continuó Madero.

Chasqueé los dedos.

—Eso es. Fáciles. Abundantes. Y lo mejor de todo: nadie los echará de menos si desaparecen.

Pero ¿qué hacían con los cuerpos? Tenía el presentimiento de que la residencia de los Carter guardaba la respuesta.