Corktown (Thriller del FBI de Abby Kane 1) CAPÍTULO SESENTA Y CUATRO
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CAPÍTULO SESENTA Y CUATRO

Tuve que esperar hasta el lunes para localizar al profesor, pero una vez en la universidad, no tardé en dar con él gracias al nombre que me había facilitado el agente Ton.

Preston Carter era profesor de biología.

En lugar de interrumpir su clase, esperé en el pasillo.

Los estudiantes parecían estar haciendo un examen.

Mientras tanto, estuve hablando con Lucy por mensaje de texto.

Respondí diez preguntas de «por qué» seguidas.

Mi favorita fue por qué no debería tirarse un pedo en clase para llamar la atención.

Vaya, esa sí que es la llamada que todo padre sueña con recibir del colegio de su hijo.

Aunque disfrutaba intercambiando mensajes con Lucy, odiaba estar lejos.

La noche anterior, Lucy había llorado durante toda nuestra conversación telefónica.

Me desgarraba el corazón y me cabreaba a partes iguales.

Miré el teléfono esperando otra pregunta de «por qué», pero no llegó ninguna. Habíamos terminado de hablar.

Sonó un timbre en el pasillo y los estudiantes salieron en tropel de las aulas.

Entré en la clase del profesor Carter cuando salió la última persona.

Parecía un laboratorio escolar típico: largas filas de mesas con encimeras negras, grifos mezcladores y válvulas de gas.

Había peceras llenas de anémonas de mar y armarios de cristal repletos de tarros con mamíferos muertos.

Por un momento pensé que el profesor se habría escabullido con los estudiantes, pero entonces vi a un hombre en la esquina, sentado en una silla de estudiante. Le quedaba pequeña, como dos tallas menos. Debía de estar muy concentrado en su portátil porque no me oyó carraspear.

—¿Preston... Preston Carter?

El hombre rubio levantó la vista de su portátil. Frunció el ceño y me escrutó con la mirada.

—Sí, soy yo. ¿La conozco?

Saqué la placa mientras me acercaba a él.

—Soy la agente Kane, del FBI. Me gustaría hacerle unas preguntas. ¿Tiene un momento?

—¿De qué se trata? ¿Alguno de mis estudiantes se ha metido en problemas?

—No, se trata de usted. Si mi información es correcta, fue uno de los dos rehenes que sobrevivieron al atraco del Comerica Bank hace siete años.

Soltó un suspiro ruidoso antes de cerrar el portátil de golpe.

—Mire, pasé horas respondiendo preguntas a las autoridades en aquel entonces. Lo único que quiero es olvidar y seguir adelante, y no puedo hacerlo si ustedes siguen volviendo a hacer las mismas preguntas una y otra vez —dijo alzando la voz. Vi cómo se le encendía el rostro y apretaba los labios.

—¿Ha venido alguien más recientemente a interrogarle?

El profesor estaba alterado. No paraba de pasarse la mano por el pelo.

—Sé que me estaban vigilando entonces. No creían lo que dije, así que me siguieron a todas partes. ¿Y sabe qué? Nada. Estaba diciendo la verdad.

De haber sabido que se iba a alterar por unas cuantas preguntas, le habría traído una manzana roja y brillante.

—Sé que esto es difícil, pero me sería de gran ayuda...—

—¡De gran ayuda! Resolvieron el caso. El hombre está entre rejas. ¿Qué está haciendo exactamente?

«Estoy investigando un crimen, imbécil». Apreté los dientes.

—En primer lugar, aquí las preguntas las hago yo. Su único trabajo es responderlas. Es como un examen. Sabe lo que es un examen, ¿verdad?

Echó la cabeza hacia atrás. El profesor no esperaba esa respuesta.

—Creemos que el hombre arrestado no fue responsable de todos los asesinatos que tuvieron lugar en ese atraco al banco ni de los que ocurrieron antes. Usted estuvo allí, profesor. ¿Vio a Michael Garrison matar a toda esa gente?

Se le relajaron los hombros y su voz se calmó al ceder a mi interrogatorio.

—Sí, los mató. Les disparó. Y su novia también.

—¿Novia? ¿Ella mató a algunos de los rehenes?

—Claro. Mató a dos cajeros del banco.

Eso era nuevo. En ninguna parte de las notas de la investigación había visto mención de que la novia matara a nadie. Tampoco recordaba ninguna mención de otra arma.

—¿Por qué mató a su novia?

—No lo sé —dijo encogiéndose de hombros—. El hombre no parecía tener todos los tornillos bien puestos. Me dio la impresión de que era bipolar. Un momento estaba tranquilo y al siguiente, como una cabra.

—¿Y qué hay de las víctimas a las que les rajaron el cuello? ¿Vio al señor Garrison matar a esas personas?

Levantó los brazos.

—Por supuesto que sí. Todos lo vimos. El hombre era un psicópata.

Mantuve la compostura profesional, pero por dentro sentí como si alguien acabara de darme un puñetazo en el estómago.

¿Podría Garrison haberme mentido aquel día que hablamos?

De ser así, significaría que Detroit había capturado al tipo correcto.

Y yo necesitaba atrapar a un imitador. ¿Cómo podía haberme equivocado tanto con este caso?

Me quedé mirando la libreta con la mirada perdida, tratando de asimilar lo que el profesor acababa de decirme. Era demoledor, por decirlo suavemente.

—Bueno, si esas son todas las preguntas que tiene, debo irme.

El profesor se levantó y se acercó al escritorio para recoger sus cosas. Yo seguía sumida en una especie de aturdimiento mientras lo seguía. Metió el portátil en el maletín. Cuando se puso la chaqueta deportiva marrón, algo metálico se deslizó y cayó cerca de mi zapato.

Me agaché y recogí una llave de Mercedes con su llavero. Miré al profesor y reparé en su altura y en su largo cabello rubio, que le llegaba a los hombros.

Me devolvió la mirada y extendió la mano.

—Gracias.

Miré la llave que sostenía y luego lo miré a él antes de preguntarle qué tipo de Mercedes conducía.