CAPÍTULO SESENTA Y TRES
Cerca del centro del campus de la Universidad de Oakland se alzaba el inconfundible edificio de espejos conocido como O'Dowd Hall.
Preston Carter había pasado gran parte de su vida allí, enseñando a los estudiantes los entresijos de la biología.
Sus alumnos lo apreciaban por su política de puertas abiertas y su enfoque práctico.
Decían que no les enseñaba: les mostraba.
En el aula del segundo piso, treinta estudiantes permanecían con la cabeza gacha mientras redactaban las respuestas perfectas de sus ensayos.
Algunos murmuraban; otros hacían pausas para reflexionar entre frase y frase.
La asignatura era biología humana, la favorita de Preston.
También era su última clase del día, así que ya había desconectado mentalmente.
Estaba sentado en silencio en una esquina, tecleando en su portátil, y de vez en cuando alzaba la vista hacia la clase para asegurarse de que nadie mirara el examen del compañero.
Preston detestaba que copiaran, sobre todo porque no entendía por qué alguien querría hacerlo en su clase.
Era una materia tan apasionante. ¿Cómo podía alguien no querer saber todo aquello?
Los estudiantes parecían concentrados —treinta bolígrafos arañaban el papel—, así que volvió a su pasatiempo.
Preston tenía un mapa abierto en el portátil y se desplazaba por el barrio de Corktown. Era la manera perfecta de rememorar. Le encantaba repasar sus pasos y volver a familiarizarse con las zonas. Y con la vista de calle, podía recrear literalmente un asesinato. Qué maravilla.
El traqueteo de un temporizador de plástico barato resonó desde el mostrador junto a él. —Suelten los bolígrafos —dijo, alzando la vista un momento—. Si a estas alturas no han respondido las preguntas, es que no saben la respuesta.
Uno a uno, los estudiantes se levantaron, recogieron sus cosas y se dirigieron al frente del aula, donde dejaron los exámenes sobre el escritorio.
—Por favor, repasen los capítulos 42 y 43 —anunció Preston—. Los comentaremos en la próxima clase. Y traigan el material de laboratorio.
Esta vez no se molestó en levantar la vista del portátil. No hasta que oyó a alguien llamarlo por su nombre de pila, algo terminantemente prohibido para los estudiantes.