Corktown (Thriller del FBI de Abby Kane 1) CAPÍTULO CINCUENTA Y SIETE
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CAPÍTULO CINCUENTA Y SIETE

—¿Quién se cree que es? —se quejó Madero—. Soy un hombre hecho y derecho. No puede decirme cuándo puedo o no puedo comer. Eso es una mierda.

Solis bajó la ventanilla.

—Cuanto antes cerremos este caso, antes dejará de meterse en nuestros asuntos.

—Eso lo dices tú. A ti te cae bien. La muy zorra ni me dirige la palabra.

—Quizá sea porque la tratas con aires de superioridad.

—Que le den. Trato así a todo el mundo. Eh, nuestra chica acaba de girar a la izquierda. Parece que va hacia su casa.

Madero giró bruscamente a la derecha para meterse en el autoservicio de un Taco Bell.

Solis se agarró al reposabrazos para no salir despedido.

—¿Qué haces?

—Pillar comida de los míos.

—¿Taco Bell es comida de los tuyos?

—Más o menos. Entramos y salimos. Además, tú tienes la dirección.

Taco Bell solía tener un servicio de autoservicio bastante rápido. Por desgracia, la señora de delante parecía estar haciendo su primera visita a un restaurante de comida rápida. El menú la dejó completamente perdida.

Después de lo que pareció media hora, Madero tocó el claxon.

—Venga, señora. Son los mismos putos ingredientes, solo que colocados de otra manera. Joder, tío.

—Siempre me lo he preguntado. La única diferencia entre una tostada y un taco es que la tostada es plana. ¿Para qué tener las dos?

—Es más fácil comer un taco —dijo Madero.

—Entonces, ¿para qué conservar la tostada si es solo un taco plano difícil de comer?

—Oye, los italianos hacen lo mismo. ¿Qué diferencia hay entre un fideo recto y uno rizado? Saben igual, pero hacen como si fueran platos distintos.

—Es la salsa lo que marca la diferencia.

—Todas las salsas llevan tomate.

—Qué va.

Por fin Madero llegó al menú y se concentró en él. Se volvió hacia Solis.

—¿Ya sabes lo que quieres?

—Sí. Un burrito supremo de carne, dos tacos supremos de bistec y una Coca-Cola grande.

Madero volvió a mirar el tablero del menú.

—Vale, ponme dos burritos supremos de carne, un burrito de siete capas, cuatro tacos supremos de bistec, una gordita, unos nachos, unos twists de canela y un meximelt. Ah, y dos Coca-Colas grandes.

—¿Estás pidiendo comida para toda tu gente también?

Madero se encogió de hombros.

—Me gusta la variedad.

—Los mismos cuatro ingredientes.

—¿A qué viene esa bilis? Eres mexicano como yo.

—En realidad, soy español. Los españoles tenemos otra comida.

—Lo que tú digas.

Cuando Madero y Solis se metieron en un Taco Bell, Katherine Carter obtuvo exactamente lo que esperaba: los dos detectives se habían tomado la vigilancia a la ligera. Era como si estuvieran de su lado, ayudándola a ganar.

Se prometió a sí misma y a Preston que volverían a esconderse en cuanto se deshicieran de los RR. Estaban tan cerca. Pero con la presión policial en aumento, tendría que acelerar las cosas para ir siempre por delante.

De camino a casa de Ellen, Katherine sopesó sus opciones.

Lo más obvio era acabar con la fulana ella misma.

Con los detectives entretenidos en el Taco Bell, tenía un pequeño margen de maniobra.

Qué alegría sería verla sufrir, dejarle claro cuánto había herido a mi padre haciendo que su muerte fuera dolorosa.

La otra opción era llevarse a Ellen a su casa para que Preston hiciera lo suyo con ella: un poco más de esfuerzo, pero factible. Tenía las herramientas. Además, las necesidades de su marido eran reales. Las suyas eran puro rencor. Decisiones, decisiones.

Katherine aparcó una casa más abajo y salió de su Rover.

Acarició la porra retráctil que llevaba en la mano mientras caminaba hacia la puerta de Ellen.

Sabía que a su marido le encantaría que le llevara a Ellen.

Además, de todos los RR, Ellen era la que más merecía los métodos de Preston.

Le diría que se esmerara especialmente con esa mujer y que lo alargara todo lo posible.

Sabía todo sobre los escarceos de Ellen con su padre y cómo había jugado con sus emociones sin el menor escrúpulo.

Cuando bebía demasiado, su padre no paraba de hablar de Ellen.

Katherine no entendía mucho en aquel entonces, hasta que él empezó a contárselo a su tía.

Fue entonces cuando supo cómo Ellen le había hecho creer que él le gustaba, que quería una vida juntos.

Todo fueron sucias mentiras. El padre de Katherine murió por el alcohol, pero también murió con el corazón roto.

Esa mujer atormentó a su padre en sus momentos más vulnerables, y por eso Katherine quería verla castigada.

Plantada ante la puerta, Katherine echó un vistazo al vecindario. No se acercaba ningún coche ni había peatones a la vista. Tocó el timbre y esperó.