CAPÍTULO CUARENTA Y DOS
Con un poco más de insistencia y algunas sonrisas, conseguí sacarle a Michelle la dirección de Katherine. Resultaba que las dos hablaban, pero no a menudo. Michelle admitió que se habían distanciado con los años.
—Mmm, creo que este es el barrio del que hablaba el detective Solis aquella noche —dijo Wilkinson.
—Impresionante —dije mientras miraba a mi alrededor. Las casas podían datar de principios del siglo XIX, pero todas parecían renovadas y restauradas a su antiguo esplendor.
Cuando nos detuvimos frente a la casa de dos plantas de estilo federal con un Range Rover aparcado delante del garaje, entendí por qué Michelle y Katherine habían perdido el contacto. Su amiga había ascendido de nivel económico.
Toqué el timbre. No oímos ladridos de perros ni el olor a orina impregnaba el aire.
Un segundo después, se abrió la puerta y apareció ante nosotros una mujer hermosa.
Llevaba una blusa blanca pulcramente metida en una falda negra hasta la rodilla, con zapatos de tacón a juego.
Su cabello brillaba y su maquillaje parecía recién aplicado.
—¿Katherine Carter?
—Sí, soy yo.
Levanté mi identificación.
—Soy la agente Abby Kane. Este es el agente Trey Wilkinson. ¿Podemos hacerle algunas preguntas?
—¿Ocurre algo?
—Estamos investigando un caso y pensamos que podría tener información que nos ayude.
Esperamos en la sala de estar mientras Katherine iba a la cocina a por agua embotellada. La decoración era vintage pero moderna, con muchos tonos neutros cálidos. Me preguntaba si habría contratado a un diseñador o si veía HGTV.
Las fotos se alineaban en la repisa de la chimenea. Me acerqué para verlas mejor. La mayoría eran de dos niños pequeños, pero en algunas aparecía ella. ¿Dónde estaba el marido? Katherine llevaba un anillo, y muy bonito, además. Nota mental: programar un retrato familiar.
Todavía estaba junto a la repisa cuando Katherine volvió desfilando, con la espalda recta y su largo cuello esbelto manteniendo la cabeza en el ángulo perfecto.
—¿Son sus hijos? —pregunté.
Colocó con suavidad las botellas de agua sobre posavasos de cerámica.
—Sí, Lorenzo tiene ocho años y Jackson, cuatro. Llevo años intentando incluir a mi marido en nuestra sesión de fotos anual, pero todavía no lo he conseguido.
—Tiene unos hijos preciosos. Los míos tienen edades parecidas. Ryan tiene ocho y Lucy, cinco.
Katherine sonrió y volvió a la sala sin decir nada sobre mis hijos. ¿No es esa la etiqueta entre padres? De repente no me apetecía beber su agua.
Luego la vi sentarse frente a Wilkinson. Cruzó las piernas, dejando que la falda le subiera lo suficiente como para captar la atención de Wilky. Me aclaré la garganta de inmediato.
—¿Es usted Lisa Bass, hija de Eddie Bass, de Flint, Michigan?
Katherine no respondió de inmediato.
—Lo siento. Hace mucho que no oigo ese nombre. Siempre me ha gustado el nombre de Katherine, y...
—Katherine, no estamos aquí para preguntarle por su cambio de nombre —dijo Wilkinson—. Queremos hablar con usted sobre su padre, Eddie.
—¿Mi padre?
—¿Alguna vez le mencionó a los Redline Rogues o RR? —pregunté.
Katherine se quedó mirando a lo lejos antes de negar con la cabeza.
—No, no recuerdo haberle oído hablar de eso. ¿Es el nombre de una empresa?
—Los RR eran un grupo de jóvenes ejecutivos que trabajaban para GM en los años ochenta. Eran muy influyentes en aquella época. Algunos creen que fueron los responsables del cierre de la planta.
—¿Qué tiene eso que ver con mi padre? —preguntó, arrugando la nariz—. Él trabajaba en la fábrica, en la cadena de montaje.
—Mucha gente conocía a su padre —dije—. Era una persona muy querida, siempre charlando, especialmente de GM. Tanto que la gente lo llamaba El Motor.
Una sonrisa asomó en el rostro de Katherine.
—Sí, amaba la empresa, hasta que...
—Hasta que cerraron la planta en la que trabajaba —dije.
Katherine asintió lentamente.
—Dado que su padre sabía tanto sobre la empresa, pensamos que podría haber oído hablar de los RR y quizá se lo mencionara a usted.
Katherine dejó su botella sobre un posavasos.
—Y si lo hizo, ¿por qué me hablaría de ellos? Yo era solo una niña.
—Fueron los responsables del cierre de la planta de Flint. Es un tema importante.
—Esa planta era el sustento de la ciudad. Cerrarla arruinó la vida de muchas familias en Flint.
—¿Incluida la suya? —pregunté.
Katherine me lanzó una mirada.
—Mató a mi padre.
La tensión en la habitación subió de golpe.
—Lo siento. Debió de ser muy duro.
—Lo fue. Sigo sin entender qué tiene esto que ver con mi padre.
—Creemos que alguien está matando a los RR. Tres de ellos ya han muerto. Estamos intentando localizar al resto antes de que sea demasiado tarde. Claire Bass nos dijo que él le mencionó a los RR. Esperábamos que a usted también le hubiera dicho algo.
—Claire Bass es una mentirosa. Solo alentaba a mi padre al hablar continuamente de la planta; eso lo enfurecía más. Bebía más por su culpa.
Katherine se había alterado visiblemente. Calculé que nuestras posibilidades de sacarle más información se estaban esfumando rápidamente.
—No tengo nada más que decir. Ahora, si no les importa, estoy ocupada.
Se levantó y señaló hacia la puerta con el brazo.
Le agradecimos su tiempo y le entregué mi tarjeta. —Si recuerda algo, llámeme.