CAPÍTULO CUARENTA Y UNO
Flint estaba a poco más de una hora en coche del centro de Detroit.
Había poco tráfico, así que llegamos a las afueras diez minutos antes de lo previsto.
El GPS volvió a parlotear cuando nos acercamos a la salida de la autopista.
Tras otros diez minutos serpenteando por la ciudad, acabamos en un barrio donde todos los jardines delanteros parecían vertederos públicos.
Los coches abandonados y los electrodomésticos eran los adornos favoritos.
La casita blanca de Campbell Road tenía dos coches en el jardín delantero, ambos sin neumáticos ni cristales. El porche con mosquitera estaba invadido por macetas con plantas muertas y trastos electrónicos viejos. Desde fuera se oía el televisor a todo volumen.
Wilkinson tuvo que llamar dos veces antes de que alguien abriera.
Abrió la puerta una mujer blanca embutida en unos shorts vaqueros y varias camisetas de tirantes superpuestas. Le colgaba un cigarrillo de la boca.
—¿Sí? —dijo, ajustándose la camiseta.
—Soy la agente Kane. Él es el agente Wilkinson. Somos del FBI. ¿Podemos hacerle unas preguntas?
Nos miró como si tuviera elección, como si hubiera alternativas que sopesar. Al final, se dio la vuelta y se alejó, dejando la puerta abierta.
Entré primero. Ojalá no lo hubiera hecho.
El hedor a orina de gato casi me destroza la nariz.
Ni me molesté en disimular mi reacción. Wilkinson tuvo algo más de autocontrol.
Conté ocho gatos peludos, unos paseándose y otros tumbados en los muebles.
Nuestra anfitriona ya se había sentado frente al televisor.
—¿Es usted Lisa Bass? —pregunté. No respondió, así que cogí el mando y apagué el televisor.
—Eh, estaba viendo eso.
La peste a orina me había puesto de mal humor y me había dejado sin paciencia. Lo intenté de nuevo, esta vez con un toque de mala leche en la voz.
—¿ Usted es Lisa Bass?
—Qué va —dijo, echando la cabeza hacia atrás. Se le marcaron todas las papadas.
—Nos dijeron que podría vivir aquí.
—Hace más de quince años que no vive aquí. Éramos amigas, pero no hemos vuelto a hablar desde que se mudó. ¿Por qué la buscan?
—¿Sabe dónde está, señora...?
—Llámenme Michelle. Y no, no sé dónde está. Joder, no he visto a Lisa desde que se largó.
Un gato blanco y negro se enroscó en mi pierna. Notaba su ronroneo vibrando contra la pantorrilla, pero aun así el bicho me daba asco.
Wilkinson intervino:
—Es importante que hablemos con ella, Michelle. Cualquier información que tenga sobre su paradero nos sería de gran ayuda.
Cogió un gato y le rascó detrás de las orejas.
—Bueno, cuando se fue, dijo que iba a estudiar.
—¿Dónde?
Michelle me miró.
—¿Por qué necesitan hablar con ella? ¿Se ha metido en algún lío?
—No, qué va. Pero creemos que tiene información que puede ayudarnos en una investigación —dije en tono conciliador, acompañándolo de una sonrisa. Me di cuenta de que con Michelle convenía ir por las buenas si queríamos sacarle algo más. Trágalo, Abby.
—Bueno, mencionó Oakland, pero no sé si acabó la carrera.
Todavía no teníamos una identificación positiva de Lisa. Con Claire Bass no habíamos sacado nada. Esperaba que con Michelle fuera diferente.
—¿Tiene alguna foto de Lisa?
—Puede que sí. Aunque si la tengo, me llevará un rato encontrarla.
Eché un vistazo al salón. Michelle era firme candidata al programa Acumuladores . Le creí cuando dijo que le llevaría un rato.
—Por cierto, ya no se llama así. Se lo cambió a Katherine.
—¿Katherine Bass?
—No. Katherine Carter.